Juan Mayorga recomienda: «Hoy, la gente se siente como Segismundo»

El dramaturgo asegura que «La vida es sueño», de Calderón de la Barca, es «un océano al que vuelvo una y otra vez» y no deja de sorprenderle

Juan Mayorga bebe de cada detalle que sucede a su alrededor, incluso de la forma más tonta. De esas pequeñas e insignificantes anécdotas para el resto surgen piezas como «El chico de la última fila», que se acaba de estrenar en el Teatro María Guerrero a cargo de Andrés Lima. Sin embargo, nunca olvida la importancia de los clásicos a la hora de formar la base de todo buen dramaturgo. En su caso, dos: «El Quijote», su favorito, y «La vida es sueño».

–¿Por qué se decanta ahora por el segundo?

–Para animar a leer teatro y porque creo que la aventura de Segismundo, siempre actual, lo es hoy de un modo particularmente intenso.

–¿Lo es por esa ensoñación/pesadilla en la que vivimos?

–Un motivo central de la obra, por la que esta encierra un gran potencial crítico, es la manipulación que un ser humano ejerce sobre otro. Basilio hace trasladar a su hijo, habiéndolo dormido, de una prisión a un palacio en el que vivirá como príncipe, para luego, tras dormirlo otra vez, devolverlo a su encierro, de modo que Segismundo no acierta a saber qué parte es vigilia y qué sueño. Creo que su confusión se parece a la que muchas personas sienten estos días, en los que, rodeadas de relatos interesados y contradictorios, cuesta distinguir la realidad de las ficciones.

–¿Qué nos enseña esta obra?

–Decía Walter Benjamin que para Calderón el sueño no es lo opuesto a la vigilia, sino una esfera que lo envuelve. Por otro lado, es una pieza sobre la dificultad de ser hijo –lo son Segismundo y Rosaura– y sobre la dificultad de ser padre –lo son Basilio y Clotaldo–, ambos asuntos enormes. Finalmente, cuánto da que pensar la extraordinaria transformación de Segismundo... Ese «compuesto de hombre y fiera» experimentará una humanización que es victoria del hombre sobre sí mismo. Si, al poco de despertar como príncipe, arroja a alguien por la ventana solo para demostrar que puede hacerlo, luego comprende que ser humano es ponerse límites, y renuncia a la mujer que desea y perdona a su padre, el cual, en vez de rodearlo de amor, lo castigó sin tener culpa apartándolo de sí y de los demás. Al final, Segismundo sigue inseguro de si vive o sueña, pero ha aprendido que «aun en sueños / no se pierde el hacer bien».

–¿Recuerda su primera lectura?

–De niño tuve la suerte de encontrar en la biblioteca familiar aquella modesta pero preciosa colección RTVE, uno de cuyos ejemplares reunía «La vida es sueño» y «El alcalde de Zalamea». Ahí leí la pieza siendo un chaval. Y, desde luego, recuerdo la primera vez que asistí a su representación, a los dieciséis años, en el Teatro Español, en montaje de José Luis Gómez. Todavía tengo en la cabeza la imagen del espectador que ocupaba, a mi derecha, la butaca vecina: un barbudo que movía los labios en silencio como si, al tiempo que los actores, dijese para sus adentros los versos de Calderón.

–¿La revisa con frecuencia?

–Es un océano al que vuelvo una y otra vez. Nunca deja de asombrarme el talento de Calderón para explorar asuntos muy complejos a través de un relato trepidante, personajes que emocionan y una palabra bellísima. He tenido el honor de adaptarla dos veces para puestas en escena de Helena Pimenta en la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

–¿Dónde encontramos hoy a Segismundo?

–Segismundo es cualquiera que se halle ante el vértigo de tener que actuar en un mundo en que todo parece incierto. Es signo de nuestro tiempo la incertidumbre sobre si lo que experimentan nuestros sentidos es verdad o ilusión, sobre si tomamos por hechos ficciones cuyos autores se esconden, sobre si podemos conocer a los otros y a nosotros mismos, sobre qué mundo nos encontraremos mañana cuando despertemos.

–Alimenta sus futuros textos de cada anécdota que vive, ¿cuántos proyectos de piezas se han formado en estos meses pandémicos?

–He conseguido concluir «La colección» y reescribir «El Golem». Aunque ninguna tenga por tema la pandemia, sin duda, se han visto afectadas por ella. Además, he escrito dos piezas breves ligadas a lo que hemos vivido: «La distancia» y «Noli me tangere». Y mis libretas se han llenado de experiencias vividas u observadas que quizá un día lleguen a escenario