Contra Armada, la revancha española que Inglaterra ocultó

Luis Gorrochategui presenta en un libro «la mayor victoria de España sobre los británicos». Un hito en el que, primero, María Pita y los suyos rechazaron el envite de los barcos ingleses en La Coruña y, luego, en Lisboa se les obligó a la retirada

Montaje de la silueta de María Pita sobre un mapa con el ataque de la Contra Armada a La Coruña en 1589La RazónLa Razón

Con el desacertado nombre de «contrarmada», reproducido de la historiografía inglesa –«Counter-Armada»– y de difícil encaje en nuestra léxico, que, en todo caso, podría denominarla «contra-armada», se conoce hoy entre el público español en general a la contraofensiva inglesa de 1589. Se trata de una de las facetas –mayores y menores– del poliedro episódico de la confrontación entre España e Inglaterra de veinte años de duración y que llevaría, por agotamiento, a la paz de1604: «The Somerset House Conference». Pese a lo que se viene afirmando, la historiografía británica más cualificada –Corbett, Hume, Elliott, Wernham...– ha analizado este evento con objetividad y en su verdadera dimensión, desestimados ya los chovinismos victorianos y los primeros informes destinados a obtener el perdón por el fracaso.

Desaparecida entre temporales la Armada española del año anterior, el Private Council inglés, convencido de que Felipe II no se iba a dar por vencido en su intento, ya que su superior poder lo permitía, mostró a su reina la necesidad de aprovechar la oportunidad de responder, porque los buques españoles supervivientes, muy dañados, tendrían necesidad de carenar de firme en sus bases, atacando éstas, sirviéndose de su escuadra y de unas dotaciones y guarniciones ya dispuestas sin necesidad de nuevas levas. Las Provincias Unidas holandesas ofrecían colaborar con sus «naves largas e baxas» –sus filibotes–, sus curtidos soldados y sus «gulden» o florines en oro, y hasta el jerife marroquí prometía una importante suma si la armada organizada para este propósito despejaba el Estrecho de Gibraltar, dominado por las galeras de España.

Por si estos argumentos no fuesen bastantes para decidir a la cautelosa Isabel, Dom Antonio de Avis, el antiguo prior de Crato en la orden sanjuanista y perpetuo candidato al trono portugués que Felipe II ostentaba desde 1580, garantizaba que los portugueses se levantarían en masa al comprobar su presencia a bordo y que, una vez en el poder, convertiría el reino y sus riquezas ultramarinas en una auténtica dependencia inglesa, concediendo, además, una base en las Azores.

Lucrativos saqueos

Razones de Estado para llevar a cabo el proyecto no faltaban, pero ni el erario ni los buques reales bastaban para semejante empresa, por lo que sus capitanes, los afamados Francis Drake y John Norris, fueron comisionados para atraer capitales y armadores con la promesa de que, además de cumplir con los objetivos estratégicos, se llevarían a cabo lucrativos saqueos. Los acaudalados Chidley y Powell iniciaron una larga lista de inversores, encabezada, una vez más, por la propia reina, la corte y los sumisos gremios.

A Drake se le reservaba el mando naval y a Norris el de la fuerza de desembarco, pero en las decisiones, además de los inconvenientes derivados de un mando bicéfalo, iba a pesar también la opinión de los armadores, de la oposición portuguesa y de los banqueros y demás asociados.

En primavera, cuando había menos que temer de las borrascas, una división de 150 velas, con cerca de 24.000 hombres a bordo, se hacía a la mar en Plymouth hacia las costas españolas, pero sin un plan pormenorizado y riguroso como el que había tenido la «Invencible», a cuya rigidez se había achacado su fracaso. Entre los embarcados se contaba un millar de «caballeros de fortuna» y aventureros, y el favorito de Isabel, el conde de Essex, con gran indignación de ésta. La desobediencia de sus órdenes iba a ser una constante en la campaña.

La mayor parte de los grandes buques españoles: los galeones de Portugal –los temibles «cagafogos»– con la capitana «San Martín» y buena parte de las escuadras de Valdés, Flores, Oquendo y Recalde, se hallaban aún en reparación en Santander, de buena infraestructura portuaria, y en otros puertos, pero la perspectiva de tomar La Coruña y, con esta dársena de reembarque asegurada, adentrarse hasta Santiago para hacerse con el mayor tesoro votivo de la Cristiandad, sedujo a los expedicionarios, aunque no a todos, ya que, con anterioridad al desembarco, una veintena de navíos desertaron para volver a Inglaterra.

Mientras tanto, el servicio de espionaje español –por medio de los «confidentes» de Alejandro Farnesio en Flandes y del embajador Bernardino de Mendoza en París– ya había dado cuenta de los preparativos, que se interpretaron, erróneamente, como una intentona contra los reinos de Indias.

Al aparecer, con la flota frente al cabo Prior, se despertaron las alarmas y en todas partes se organizaron refuerzos y suministros para enviar a la plaza. Durante toda la primera quincena de mayo y bajo el certero mando del marqués de Cerralbo, la muralla resistió contra todo pronóstico los sucesivos ataques, defendida con gran tesón por sus milicias y voluntarios –María Pita pasaría al panteón de los héroes en esta ocasión– hasta que Drake, temeroso de la ira real, ordenó levar anclas en el momento en que los refuerzos, llegados de todas partes y una vez agrupados, amenazaban con sitiar a los sitiadores, cantando Góngora en su «Dragontea» la ilusión de todo el reino por acudir a la plaza: «Que entonces de la Corte a La Coruña/ por la ocasión que como el tiempo calvo/ suele ofrecer las hebras de la frente, /iba la juvenil ilustre gente». El coronel inglés Anthony Wingfield, cronista, en otras ocasiones parcial, de la gesta, reconocería por su parte la resistencia ejemplar.

Desanimados y menguadas sus fuerzas, el tiempo perdido en La Coruña resultaría esencial para aprestar la defensa de Lisboa, donde el factor sorpresa había desaparecido y el acatamiento a don Felipe –Felipe I para ellos– era generalizado y donde se demostraría la poca consistencia y actualidad de los interesados informes de Dom Antonio.

El 26 de mayo los ingleses desembarcaban en Peniche con gran riesgo, pero también con grandes perspectivas, pues su fuerza duplicaba la de los defensores de la capital lusitana. De esta defensa llevada a cabo de forma muy señalada por portugueses hablan el archivo de Simancas y los portugueses de la Biblioteca Nacional y la Academia das Ciencias de Lisboa, que tienen aún mucho que aportar sobre los pormenores de la misma. Tras un intento fallido de obligar a luchar a los defensores en campo abierto, el 18 de junio comenzaba a reembarcar la expedición con graves pérdidas y el inicio de una terrible peste que acabaría con la vida de un número de hombres equivalente al de la jornada de Medinasidonia.

«Harto daño en tierra»

Felipe II se jactaría, con toda razón de haber recibido el enemigo «harto daño en tierra y también en la mar, cuajado de enfermedades». El terrible cuadro de tener que echar por la borda, día tras día, a los fallecidos, acabó por minar la voluntad de combate y, perdida la oportunidad de sorprender a la flota de Indias, reforzada ya por los galeones de Santander, una vez rehabilitados, y rechazada una división naval en Porto Santo, se desistió de atacar Bayona, que se sabía alertada y defendida por tropas veteranas. Resulta sorprendente comprobar cómo todos los objetivos posibles estaban bien defendidos.

Antes del regreso, Drake, Norris y Essex, hubieron de movilizar a sus amistades más influyentes para asegurar sus cabezas. Inglaterra cambiaría de estrategia, enfocando su agresión contra los puertos del Caribe y el istmo de Panamá, dado que un ataque al suelo peninsular se demostraba inviable. España, que había aprendido la lección un año antes, lo haría con respecto al «vientre blando» de su rival: Irlanda.