Un día en el teatro de Augusta Emerita

Tragedia, comedia, mimo, pantomima, poesía, danza... todo cabía en el teatro, uno de los espectáculos preferidos de los romanos

Las representaciones teatrales en el mundo romano reflejan un aspecto del entretenimiento menos espectacular que el de las carreras del circo o los combates de gladiadores en la arena del anfiteatro. Pese a ello, se trataba igualmente de acontecimientos lúdicos tan apreciados por las masas como aquellos. Al igual que ocurriera en la misma Roma y en todas las ciudades de provincia de cierta entidad, en Augusta Emerita, capital de la Lusitania, el teatro era uno de los monumentos destacados, a la vez que un lugar ineludible para cualquier ciudadano de la provincia cuando, en fechas señaladas, se celebraban los festivales o juegos públicos.

No hay duda de que el teatro de Mérida es todavía hoy, recuperado tras un deterioro milenario, uno de los símbolos más vivos de la antigua colonia. Aunque son todavía muchos los interrogantes acerca de varios detalles relevantes, las excavaciones –algunas muy recientes– realizadas en el frente escénico («scaena frons») y su reconstrucción en alzado a partir de los elementos hallados entre los escombros han dado un nuevo aliento de vida a este espléndido monumento, que hoy revive parte de su antiguo esplendor a través del Festival de Teatro Clásico que allí se celebra anualmente.

El teatro emeritense fue construido en época de Augusto (16/15 a. C.), y por entonces ya acogía a 6.000 espectadores, aunque el estado actual de su monumental frente escénico –con sus dos pisos columnados y un complejo conjunto escultórico presidido, a juzgar por las investigaciones más recientes, por una gran estatua togada de Trajano que fue hallada en estado muy fragmentario– se debe a su reforma de la época de Flavio-Trajanea, en torno a finales del siglo I y comienzos del II d. C.

Este tipo de representaciones solo se realizaban en el marco de «ludi scaenici» realizados en los festivales religiosos que marcaba el calendario. Cuando se abría el telón («auleum»), que en este caso era una estructura de madera con unos paneles de tela que se alzaban y quedaban ocultos bajo el entablado del «proscenium», daba comienzo el espectáculo.

Apto para despistados

Por supuesto, el tipo de representaciones que allí habrían de verse a lo largo de la jornada estaba anunciado con antelación, pero si algún despistado llegaba a sentarse en las gradas de la cavea sin saber muy bien qué iba a presenciar, enseguida se percataría de qué tipo de obra se recreaba a partir del aspecto y la vestimenta de los actores. En el teatro romano se llevaban a cabo representaciones de tragedias, comedias, mimo o pantomima, recitación de poesía y espectáculos visuales de todo tipo. La tragedia solía contar historias de personaje aristocráticos, mientras que la comedia trataba generalmente sobre situaciones cotidianas de la gente de a pie, y por ello gozaba de mayor favor en la cultura popular romana. A la vista, por ejemplo, de actores equipados con grotescas máscaras con grandes bocas abiertas en una gran sonrisa caricaturizando a algunos de los personajes típicos de las clases sociales más bajas (tales como soldados, esclavos, cocineros y parásitos), no cabría duda de que lo que allí se representaba era una comedia. En cambio, si uno se hallaba ante actores vestidos con máscaras de expresión seria y gesticulando de forma exagerada, sin duda esto indicaría que se estaría ante una obra trágica. En la moral romana, los actores se consideraban gente de baja estofa («infames») por el hecho de tener que ganarse la vida a través de su cuerpo («corpore quaestum facere»), aunque esto no evitaba que pudieran ganar muchísimo dinero si es que trabajaban duro y se labraban cierta fama destacando en algunos ludi.

Siguiendo la tradición griega, en las representaciones dramáticas eran actores masculinos los que representaban a personajes femeninos. Las características máscaras con altos peinados («onkos») y los coturnos que calzaban les dotaban de mayor altura, de forma que se les podía distinguir desde las gradas más alejadas de la escena. A su vez, la máscara ayudaba a proyectar la voz, sobre todo porque creaba cierta resonancia y porque, a falta de expresividad en el rostro, se adoptaba una actitud más declamatoria. A todo ello se refiere Luciano de Samósata con actitud crítica hacia mediados del siglo II, haciéndose eco de la decreciente popularidad que había ido adquiriendo la tragedia, un tipo de espectáculo quizá demasiado culto y algo pasado de moda entonces: «Es al mismo tiempo repulsivo y terrible el de un hombre disfrazado con una estatura desproporcionada, montado en elevados zuecos, con rostro alargado por encima de su cabeza y una boca enorme abierta como si fuera a tragarse a los espectadores. Paso además por alto los rellenos del pecho y de la tripa para fingir una gordura añadida y artificial, para evitar que la estatura desproporcionada choque más en un cuerpo enclenque» («Sobre la danza», 27).Cuando el teatro de Mérida estaba en su apogeo, sin duda las representaciones más apreciadas por los lusitanos locales habrían sido el mimo y la pantomima. Esta última era una especie de combinación de danza, canto, recitación y escenografía que requería de una gran habilidad, y normalmente intervenían solo uno o muy pocos actores (o actrices, porque en este caso sí actuaban mujeres) con máscaras sin aperturas bucales y acompañados de músicos. A diferencia de esta, el mimo –que incluía además acrobacias, prestidigitación y una gran actividad física– solía interpretarse en los interludios de cualquier espectáculo, teatral o no, y se realizaban sin máscara pero con mucho maquillaje. En Augusta Emerita se conserva una inscripción funeraria del siglo II dedicada a una mima, Cornelia Nothis, que habría alcanzado cierto renombre en la ciudad.

Para saber más:

“Mérida romana” (Desperta Ferro)

Arqueología e Historia n.º 32

68 pp.

7€