Francisco Umbral, un dandy desnudo

«Anatomía de un dandy», de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, desvela los últimos secretos de la vida del escritor

A Francisco Umbral le faltaba el documental de sus placeres y sus días. Una cinematografía que pusiera cara a los artículos, crónicas y libros que nos ha dejado. Él, que tanto se había relatado en sus prosas, se había olvidado de consignar la imagen con su voz, que es el recuerdo último. Porque, en efecto, teníamos su voz (escrita, más que hablada, la mayor de las veces) y su rostro (en una herencia de fotografías aljamiadas de sí mismo y sus diversos temperamentos), pero nos faltaba la unión de ambas, que es justamente el cine: la supervivencia del hombre con sus gestos, expresividades, entonaciones, lucideces, torpezas y anécdotas. «Anatomía de un dandy», dirigida por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, y con Aitana Sánchez-Gijón como narradora-guía, nos brinda este retrato conjunto del escritor, o sea, el retrato total, en el cinemascope del biopic, ahora justamente que las calendas lo han convertido en mito y muchos lo recuerdan, pero muy pocos lo leen.

Francisco Umbral, con su rebeldía de fular y gafas, como un Valle-Inclán puesto al día y pasado por el crisol de la Movida, de la que tomó mucha jerga para darle un sobredorado literario a la verba callejera, se ha narrado en el diario, la prensa y la novela, textos en los que asoma siempre una fuerte impronta biográfica, pero que intencionadamente había suprimido asuntos vitales, lo que deja la duda de si se abría o se ocultaba con tanta confesión. En su obra queda la emoción de las infancias, los sentimientos políticos, las sentimentalidades amorosas, sus vidas abisales de recuerdos y nostalgia, pero en esta decantación orillaba asuntos capitales, que ahora este documental aborda. Aquí se rescata, a través de voces de amigos cercanos, lejanos o de admiradores, Raúl del Pozo, Antonio Lucas, David Gistau, Manuel Jabois, entre otros testigos y testimonios, los flecos eludidos, la parte que había quedado en negro del daguerrotipo.

Se desvela la identidad de su padre, ese fantasma que siempre merodeaba alrededor de su figura, esa semblanza no contada, pero que ayuda a comprender ciertas afecciones y reacciones de su comportamiento. También se da el pulso de un sufrimiento, sabido, ahí está «Mortal y rosa», de la pérdida de su único hijo, en una enfermedad fulminante, rápida, que marcó su carácter y dividió en dos su existencia, un antes y después trágico. Umbral reconoce que vivir, vivió únicamente durante los años en que su hijo vivió. Todo lo demás debía carecer del pulso vital después de los momentos espléndidos de la educación y la crianza. La literatura se extendió en él ya no como creación, sino como fuga, como pasarela para sus huida privada. El documental da prueba de esa vida afiebrada de escritura, como si el sonido de la máquina de escribir le ayudara al olvido, a través de varias grabaciones que dejó al morir. Unas cintas que conservan entrevistas y, también, sus conversaciones con Pincho, como llamaba a su hijo.

Umbral, con gafas, botas y máquina de escribir. ¿Se necesita algo más?La RazónLa Razón

Pero en la cinta también va explicándose su peripecia humana, su escritura urgente y casi prófuga o a escondidas que trababa en una oficina donde aprovechaba para escribir cuando se quedaba en soledad o regresaba para escribir en su soledad; su amistad con el novelista Miguel Delibes, al que siempre estimó, que lo descubrió y que entrevió en ese joven, aún sin melena y sin desmelenarse, y sin su nombre literario, una promesa tímida de talento y genio; su viaje a Madrid, al café Gijón, a las pensiones de olores agrios, su amistad con Camilo José Cela, que lo ayudaría a publicar sus primeros libros y, también, el triunfo del articulista, del hombre que despertaba cada mañana al país con sus crónicas y sus negritas, con sus comentarios y sus opiniones contagiadas de congresistas, corazoneos, sociedad, políticos de la banca y gestores de partido y la cosa pública.

Aquí hay muchos umbrales, y se cruzan todos. El privado, el doméstico, el hombre que vive en su dacha, con su gato, con su piscina para arrojar libros, pero, también, su dimensión pública, la del exhibicionista que frecuenta la tele, que da escandalazos (yo he venido a hablar de mi libro), que innova/renueva el columnismo y se vende al mejor postor, porque, como afirma, uno escribe también para ganar dinero y no solo para urdir literaturas. También está el declive, la decadencia, cuando la palabra ya no se escribe, sino que se dicta, y esas imágenes aterradoras, últimas, del hombre sumergido en su vejez, de una fragilidad estremecedora, sin la rabia del talento, privado ya del dandismo del fular y el abrigo.