1917, la autodestrucción de España

La historiografía presentaba este año como la oportunidad perdida del país y daba una imagen romántica del socialismo y los republicanos. Pero la realidad es muy diferente

Huelga de 1917. Un cartel deja a la vista qué intenciones guardan los manifestantes
Huelga de 1917. Un cartel deja a la vista qué intenciones guardan los manifestantesLa razónLa Razón

España es un país que existe de milagro. Tiene el mecanismo de autodestrucción en funcionamiento constante. Cuando uno cree que ha llegado la estabilidad y la concordia, surge una generación que considera que todo es destruible y que de la escombrera saldrá el paraíso. Tiene lugar, como señalaba Tocqueville, tras un periodo de aburrimiento. Es en esa tranquilidad en la que se fraguan conspiraciones de visionarios y golpistas de opereta. Eso ha pasado en la España actual: al abrigo de la libertad que proporciona el orden constitucional crecen sus enemigos, como el independentismo catalán o vasco, o el comunismo rampante. Luego, esa generación lleva a cabo sus golpes de Estado, como el 1 de octubre de 2017, llama a cercar el Congreso o aplaude a quien incendia las calles. Ahí interviene una clase dirigente que olvida su responsabilidad hacia la comunidad, y se cree con la misión histórica de alcanzar el poder como sea para organizar el país a su gusto. Después llega la sangre y la dictadura. Esa sensación de país suicida se revive con el magnífico libro de Roberto Villa, titulado «1917. El Estado catalán y el soviet español» (Espasa). Ese año fue el más terrible de la Restauración. Hasta ahora nos había llegado de forma fragmentaria, como un conjunto de desórdenes típicos de la época. Una huelga revolucionaria, unas juntas militares y el catalanismo con su ambición de unidad de destino en lo universal. Al lado, un rey anticuado y feo, un Alfonso XIII sin inteligencia ni visión de Estado, un pornógrafo corrupto que prefirió la dictadura de Primo de Rivera a la democratización del país. Frente a esta decadencia, la historiografía nos presentaba la modernidad de republicanos y socialistas, el romanticismo sacrificado con el que lucharon y la oportunidad que perdió España. No fue así.

Villa ha realizado un estudio de la época, con la consulta de más de una veintena de archivos nacionales y extranjeros, para detallar los acontecimientos e inferir una conclusión impactante. 1917, dice, fue el año trascendental de la historia contemporánea de España porque rompió las convenciones de la monarquía constitucional, impidió la transición a la democracia e inoculó la tentación autoritaria (y totalitaria) que marcó la vida política hasta 1975.

Enriquecimiento turbio

Ese año se dieron cita tres proyectos para destruir el marco de convivencia, que convergieron inspirados por la Revolución Rusa de febrero. Todo empezó en Cataluña. Francesc Cambó fue uno de los políticos más importantes de comienzos del siglo XX. Catalanista, con poder y su propio partido, que se enriqueció de forma turbia con una empresa de electricidad, y acabó recaudando dinero de la burguesía catalana para Franco. Cambó, tal y como demuestra Villa, fue el cerebro de la revolución de 1917. El objetivo era la proclamación del Estado catalán para una España confederal, unida por una Corona común y un Parlamento de mandatarios regionales. Ese fue el programa de la Asamblea de Parlamentarios, una cámara ilegal que reunió a representantes catalanes. Esto suponía el fin de la nación española de libres e iguales a cambio de un conjunto de territorios soberanos. No olvidemos que el PNV estaba muy implantado y que en 1919 apareció Blas Infante, hoy citado como padre de la patria andaluza, hablando de una Andalucía independiente.

Este proyecto precisaba crear un ambiente de agitación social, en el que participarán los sindicatos, y tener de parte al Ejército. En esa situación de desorden se obligaría al Rey a formar un gobierno ajeno al turno de partidos para convocar unas Cortes constituyentes. Esos revolucionarios tenían la obsesión del proceso constituyente para «construir pueblo», como hoy comunistas e independentistas.

Romanones tuvo mucha culpa en la actitud del Ejército, según Villa, al enardecer la protesta de los oficiales por su empeño en romper relaciones con Alemania y Austria, aún a riesgo de entrar en la Gran Guerra. Se habían formado juntas militares que eran auténticos soviets, grupos asamblearios ordenados por cuerpos, que despreciaban las jerarquías y aspiraban a derribar el régimen. Las organizó el coronel Benito Márquez en torno a la Asamblea de parlamentarios de Cambó, y su proyecto de gobierno de concentración y Cortes constituyentes.CNT y UGT llegaron a un acuerdo: crear una red de soviets que asumiera el poder en cada localidad, construyendo una estructura de poder contra el Estado. Esto pasaba por sublevar a los trabajadores y tomar fábricas, todo con una dosis de violencia revolucionaria contra la «clase explotadora». Fue la insurrección de agosto de 1917, el episodio más sangriento hasta 1934 con 127 muertos y 349 heridos graves. La huelga revolucionaria acabó con el encarcelamiento de dirigentes del PSOE y la UGT, como Besteiro y Largo Caballero. El fallo de los sindicalistas estuvo en no esperar la confluencia con la Asamblea de parlamentarios y juntas militares.

El fracaso no debilitó la revolución. El golpe militar se produjo en octubre de 1917, con el apoyo de socialistas, republicanos y catalanistas. El Gobierno no podía contar con el Ejército. Alfonso XIII pensó en la abdicación para salvar la monarquía y la situación, y dejar el poder en un gobierno formado por la izquierda, los republicanos, la Lliga de Cambó y el PSOE:el caos.

La intervención de la reina madre, María Cristina de Habsburgo, fue crucial al impedir la abdicación del Rey. La solución fue el cese de Eduardo Dato y el nombramiento de García Prieto. Estos políticos, uno conservador y otro liberal, fueron quienes asumieron la responsabilidad para mantener el sistema, reunieron las piezas constitucionalistas y ganaron las elecciones de 1918 que dieron calma. La Alianza de Izquierdas, que hablaba en nombre del pueblo, alcanzó el 8,5% de los votos con sufragio universal masculino. El resultado fue la formación de un gobierno monárquico de concentración.

Los paralelismos entre aquella situación y la actual asustan y el libro de Villa, ayuda a entender cosas. La revolución no triunfó por las ambiciones particulares de los conspiradores. Cambó dijo que quería un Estado catalán, aún pactando con el Rey. Esta continuidad de la monarquía no entraba en los planes de republicanos, socialistas y reformistas. Fueron los españoles con su voto quienes frustraron la revolución con unas elecciones limpias, las de 1918, con el 91% de los votos competidos y partidos vigilantes, que obligaron al republicano Marcelino Domingo a decir que fue cuando «más pudo evidenciarse el espíritu civil del país».

El frustrado «golpe de los sargentos»

No acabó en 1917 el impulso revolucionario. El nuevo Gobierno frustró en enero de 1918 el llamado «golpe de los sargentos», que hubiera hecho las delicias de Curzio Malaparte porque estaba copiado del dado por Trotski en Rusia en octubre. Se trataba de tomar las comunicaciones telefónicas y telegráficas, ocupar los edificios públicos estratégicos, asaltar el Palacio Real para tomar prisionero a Alfonso XIII y proclamar la República. El golpe iba a ser simultáneo en Madrid, Valencia y Zaragoza. En cuanto sonó la voz de alarma, García Prieto y Cierva fueron a buscar al Rey, que estaba en un palco del Teatro Real. De acuerdo con los jefes y oficiales, el Gobierno licenció a los cabecillas del golpe y apartó del Ejército a quienes no abandonaron las juntas militares. Resuelto a no crispar la situación, Cierva dio orden de que hubiera «amplitud de criterios» para la vuelta de suboficiales y soldados. Así, meses después fueron reingresados los arrepentidos. Los que no retrocedieron engrosaron las filas de la conspiración republicana y volvieron al Ejército en julio de 1931. Casualmente cinco de los expulsados fundaron en diciembre de 1918 un periódico titulado «El Soviet».