De la Casa Blanca a Teherán: la singular historia de un dibujo de Van Gogh

Un libro de Donna Stein arroja luz sobre cómo el grabado “En la puerta de la eternidad” pasó de pertenecer a un vicepresidente de Estados Unidos al Sha de Irán

El grabado "En la puerta de la eternidad" que Van Gogh pintó en 1882
El grabado "En la puerta de la eternidad" que Van Gogh pintó en 1882 FOTO: Van Gogh

En que la vida de Vincent van Gogh no fue cosa fácil estamos todos de acuerdo. El pintor desempeñó su talento único en el arte a través de unos sentimientos de desesperación, pobreza y locura. Hasta el final de sus días, Van Gogh sintió una desdicha que plasmó en sus obras, en particular en “En la puerta de la eternidad”, un óleo que el artista pintó en 1890 y que se basaba en una litografía anterior. En este grabado, Van Gogh plasmó la angustia ante sus últimos días: se percibe a un hombre anciano con la cabeza entre las manos y esperando cruzar la puerta hacia la eternidad, hacia la muerte. Este grabado, que realizó en noviembre de 1882, ya no es especial solo por su significado, sino también por la extraña trayectoria que vivió desde que se alejó de las manos del pintor.

Según publica “The art newspaper”, un libro de Donna Stein, “La emperatriz y yo: cómo un antiguo imperio coleccionó, rechazó y redescubrió el arte moderno”, la litografía dejó Holanda para aterrizar en la Casa Blanca y, más tarde, en Teherán. La escritora habla sobre su papel a la hora de asesorar a la esposa del Sha de Irán, encargada de crear el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, y donde se topó con la litografía de Van Gogh.

Óleo que Van Gogh pintó inspirándose en su grabado "En la puerta de la eternidad"
Óleo que Van Gogh pintó inspirándose en su grabado "En la puerta de la eternidad" FOTO: Van Gogh

“En la puerta de la eternidad” se la regaló Van Gogh a su amigo holandés Anthon van Rappard, quien murió de joven en 1892. Ante esto, según revela Stein y recoge “The art newspaper”, el grabado pasó a ser adquirido por un hombre de negocios que no sonará desconocido: Nelson Rockefeller, ex vicepresidente de los Estados Unidos entre 1974 y 1977, durante el mandato de Gerald Ford. Rockefeller, uno de los hombres más ricos de su país, se hizo con el Van Gogh pero no por mucho tiempo, pues lo vendió a un comerciante neoyorkino: Eugene Thaw.

Y ahí entra la incógnita de cómo la obra pasó de Holanda a Estados Unidos y, finalmente, a Teherán. Mientras Stein se encontraba organizando la colección para el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, se topó con el grabado en la galería de Thaw, que lo vendía por 65.000 dólares. El museo iraní lo compró, con el objetivo de que la adquisición funcionara como trampolín para obtener más obras del reconocido artista.

El Museo de Arte Contemporáneo de Teherán nació como una iniciativa de la esposa del Sha, aconsejada por Stein, para fomentar la modernización de la sociedad iraní en cuanto a lo cultural. Su objetivo era comprar grandes obras de arte occidentales de finales del siglo XIX y XX y exhibirlas junto a artistas locales. Así, la colección ha llegado a incluir piezas de Munch, Kandinsky, Giacometti, Gauguin, Bacon y Kooning, entre otros.

El grabado "En la puerta de la eternidad" que Van Gogh pintó en 1882
El grabado "En la puerta de la eternidad" que Van Gogh pintó en 1882 FOTO: Van Gogh