«Viva la mamma»: un Donizzeti en construcción

La causticidad de la obra, con Evelino Pidò y José Miguel Pérez Sierra en la dirección musical, fluye sin letargos y se alimenta de una comicidad un tanto surrealista

El barítono malagueño Carlos Álvarez se traviste en la ópera cómica de Gaetano Donizetti
El barítono malagueño Carlos Álvarez se traviste en la ópera cómica de Gaetano Donizettijavier del real

Dirección musical: Evelino Pidò y José Miguel Pérez Sierra. Dirección de escena: Laurent Pelly. Dirección del coro: Andrés Máspero. Intérpretes: Carlos Álvarez, Nino Machaidze, Borja Quiza, Pietro Di Bianco, Sylvia Schwartz, Xabier Anduaga, Carol García, Luis López Navarro. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Madrid, 02-VI-2021.

En realidad Benedetto Marcello ya ironizó con bastante tino hace tres siglos respecto a las convenciones, los usos y las costumbres operísticas en «Il teatro alla moda». Mucho de lo que aplicaba al mundo vivaldiano de aquel entonces sigue vigente hoy día: egos de prima donna, tensión entre poeta y compositor, afectación, estrellatos y estrellados, imposturas y un largo etcétera de fauna de escenario. A partir de ahí, con más o menos sentido de la bohemia o con mejor o peor cristal deformante, muchas han sido las obras que han mirado a las entrañas de su propia existencia, unas desde la óptica reflexiva –como aquel «Capriccio» de Strauss con aroma a Stefan Zweig– y otras desde el humor, como la que nos ocupa. La causticidad de «Viva la mamma» de Donizetti (en realidad llamada «Le convenienze ed inconvenienze teatrali», pero, como decía Les Luthiers, la longitud pareció inadecuada para un título...) fluye sin letargos y se alimenta de una comicidad un tanto surrealista, que sabe extremarse sin llegar al aspaviento. Los personajes (prima donna, tenor, poeta, empresario, etc.) son reconocibles sin forzar el arquetipo, algo que los alejaría del público. La producción de Laurent Pelly es elegante –sobre todo en su segundo tramo– y huye del histrión, centrándose en el sentido último de cualquier comedia: la radiografía de aquello que los seres humanos nos afanamos en barrer bajo la alfombra, las miserias y las inseguridades. Cierta nostalgia de un tiempo anterior se traduce en su primer acto, donde el teatro es un derrelicto, una ruina habitada del pasado arrinconada en un parking.

Para la segunda parte se pone en marcha el juego de espejos y el Real ve casi un reflejo de sí mismo en el escenario, con medio teatro de planta italiana, araña y roja moqueta. Un escenario sobre el escenario que se ríe de las convenciones de aquella ópera seria que pone sobre las tablas a reyes, héroes y dioses. Pero bajo la farsa el mensaje se mantiene: al decidir la compañía abandonar el teatro, éste se desmorona. En cualquier caso, aunque la producción funciona bien en lo estético lo más destacable es su cuidada dirección de actores. En realidad el libreto de Domenico Gilardoni juega a la espiral del disparate y cifra su éxito mucho más de lo que parece en la capacidad cómica y el humor corporal que sean capaces de convocar los protagonistas. O, dicho de otra forma, el libreto no es tan gracioso. Pero Pelly trabaja a conciencia este aspecto para que ningún movimiento de conjunto sea gratuito ni anodino. La partitura de Donizetti, por su parte, es aún la de una música en construcción, que pertenece a esa primera década que compatibiliza talento y aprendizaje. Bebe antes de la herencia napolitana de Giovani Paisiello que de la de Rosinni, y algunos de sus números esconden homenajes más o menos explícitos al que fuera gran maestro de la ópera bufa y a otros muchos –como en la escena entre Mamma Agata y Daria, heredera directa de Marcellina y Susanna en Le nozze di Figaro mozartiana–.

Con todo, y aun lejos de sus cimas operísticas, tiene algunos números de mérito, como el aria de Guglielmo o el acompañamiento orquestal de la intervención a solo de Luigia. En el reparto se granjeó todas las simpatías la Mamma Agata del afeitado Carlos Álvarez, al que en pocas ocasiones podemos ver explotar su vis cómica. Aquí se deleita en su transformación sin caer en la caricatura, y se construye hasta los pequeños detalles, como la manera en la que coloca la rebeca o el saludo final al público. En lo vocal su papel es complejo, con continuos devaneos con el falsete, aunque no tenga un momento de lucimiento al uso ni aun en su propia romanza. Quien sí se lució fue Xabier Anduaga, con naturalidad en el registro agudo, color y perfecta colocación de lírico-ligero. También destacó Nino Machaidze (la prima donna), resolviendo coloraturas de difícil ataque y respiración. A un buen nivel el Procolo de Borja Quiza y la Luigia de Sylvia Schwartz, con papeles donde canto y actuación habían de quedar al mismo nivel. El resto del reparto, con pocas fisuras. La dirección de Evelino Pidò no fue tan matizada y brillante como en otras ocasiones (I Puritani, sin ir más lejos), pero acompañó los números de conjunto sin sobresaltos y supo rebajar de forma discreta las pulsaciones cuando el canto sillabato o la premura del texto así lo aconsejaron. El público disfrutó y se oyeron amplias carcajadas, y eso no pasa a menudo en el Real...