Los artistas de ARCO se olvidan de la pandemia

Ni siquiera el año del criptoarte tiene presencia en esta feria donde la fotografía parece transgresora y la pintura es aburrida

La obra `To be titled´, del autor Gino Rubert, durante el primer día de ARCO
La obra `To be titled´, del autor Gino Rubert, durante el primer día de ARCOCézaro De Luca Europa Press

Nada más entrar al Pabellón 7 de IFEMA, asisto a una escena que define a la perfección la 40 edición de Arco: una señora, con un vestido amarillo intenso, se fotografía delante de una pintura de un amarillo intenso. Poco hay que añadir: los criterios decorativos terminan por encontrar valoraciones decorativas rayanas en la frivolidad. Cierto es que la de 2021 es una edición contra las circunstancias, en la que el principal objetivo era abrir las puertas y que el olor a arte impregnara el Recinto Ferial. Se ha conseguido. Bravo. Pero, una vez que se ha reconocido el esfuerzo y la valentía de la organización, procede analizar las propuestas de los expositores, poner la lupa sobre el arte que surfea la ola final de la pandemia. Según el vademécum de lugares comunes, las crisis agudizan la creatividad y sirven de abono para las revoluciones. Aunque – a tenor de la primera cita estival de Arco- una buena parte de las galerías participantes han optado por encerrar la revolución en el cajón de los deseos reprimidos y sacar el repertorio más aseado y conciliador. Salvo excepciones, nadie ha acudido a molestar y romper el pacto de no agresión. Una cosa es que Arco tienda a la profesionalización y priorice las ventas, y otra es que la selección de los expositores delimite un mercado tan estrecho que deja en fuera de campo lo más electrizante y esperanzador del arte contemporáneo. Si el mercado es lo que se aprecia en Arco, se puede afirmar que el negocio está más alejado que nunca de la praxis artística.

La primera impresión que se obtiene nada más pisar Arco es un viaje en el tiempo que te lleva cuatro décadas atrás. Solo faltan las hombreras y la resaca de la Transición, pero, en cuanto al ecosistema artístico, el efecto es retro-ochentero. Formulaciones neoexpresionistas hasta la saciedad, composiciones «neogeos», citas al arte clásico y maestros de la historia y del siglo XX –El Bosco, Duchamp, Dalí…– y mucha, mucha, pintura decorativa. En el año en el que el criptoarte ha alcanzado cifras estratosféricas, en Arco, un lenguaje bicentenario como el de la fotografía se ha convertido –por su práctica ausencia– en una apuesta transgresora. De tanta –y tan mediocre pintura– se sale con ansiedad, necesitado de un Lexatin. La instalación y el vídeo apenas poseen una presencia testimonial. Podrías caminar por los pasillos sin casi detenerte: pocos trabajos sorprenden, escasas son las piezas que te «queman» y reclaman tu atención. Hasta tal punto es correcto, decente y aburrido Arco 2021, que un amigo me comentaba: «¿Te has fijado que apenas hay desnudos en la feria?». Con este desolador panorama, no ha de sorprender que el arte político haya sido desterrado. En un año en el que miles de artistas casi traspasan el umbral de la pobreza, rarísimas son las obras que han reflexionado sobre esta circunstancia. Menciónese la excepcional serie «Salto al vacío», de Avelino Sala (ADN), en la que, utilizando plumas de ave como soporte, ha representado el salto de varios artistas como metáfora de su condición precaria. Excepcionalmente reivindicativo es el vídeo que Diana Larrea presenta en Espacio Mínimo, y en el que rescata el nombre y la labor de artistas mujeres a lo largo de la historia. Interesante es la interacción entre pintura y escultura que Rebecca Ackroyd plantea en Peres Projects, o los trabajos de Juliao Sarmento en la Galería Joan Prats.

Llama negativamente la atención el hecho de que, después de un año y medio de pandemia en el que nuestros cuerpos han sido confinados y reducidos a su mínima expresión, la presente edición de Arco se encuentre vacía de sensualidad. La ocasión podría haber sido una oportunidad pintiparada para celebrar el regreso a los sentidos, a la estética en el sentido más carnal y gozoso del término. Pero, el recorrido resulta tan frío y poco estimulante que terminas por abandonar el recinto más agarrotado de lo que habías entrado. El éxito de una feria se mide por el volumen de ventas alcanzado. También es cierto que el mercado artístico actual es mucho más rico de lo que se percibe en la feria. Salvar la distancia abismal que, a día de hoy, existe entre negocio y riesgo debería ser el propósito de futuro de una cita como la madrileña, que debe entender que el juego conservador garantiza la supervivencia, pero impide el crecimiento.