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Jack London: la amarga aventura del alcoholismo

Se publican unas singulares memorias del escritor Jack London, que después de una trayectoria tan breve como aventurera, murió consumido por sus abusos del alcohol, al que se volvió adicto siendo un niño y cuya relación con la bebida afronta desde un seudónimo en estas páginas

Jack London en el despacho donde escribía sus historias
Jack London en el despacho donde escribía sus historiasWikipediaWikipedia Commons

Aproximadamente, a poco más de una hora en coche desde San Francisco, se llega a Glen Ellen, un pequeño y bonito pueblo del valle de Sonoma, el cual también es conocido como «Valle de la Luna» por una leyenda india que hizo conocida el absoluto protagonista de toda esta zona californiana: Jack London, y que hacía referencia a que, si caminas por allá, la luna parece surgir por detrás de varios picos a la vez. Pues bien, en los alrededores de esta localidad se encuentra el rancho donde el escritor vivió los últimos años de su vida junto a su mujer Charmian. La llamó Wolf House, un nombre que no resulta extraño debido a la cantidad de lobos que aparecen en las obras del narrador y ensayista natural de San Francisco. La casa fue construida a lo largo de 1911 pero se quemó en un incendio sin que la pareja hubiera podido empezar a habitarla.

Un poco antes de esta desgracia, un ya famoso Jack London, cuando el público le reconocía por sus novelas «La llamada de lo salvaje» o «El lobo de mar» (que todavía hoy continúan siendo algunos de los títulos más renomabrados y conocidos de su carrera literaria), por sus frecuentes colaboraciones periodísticas o por su implicación social en favor del mundo obrero, escribía y publicaba, en 1913, su autobiografía.

«Juan Cebada»

Lo hacía rememorando todo tipo de anécdotas y aventuras, pero bajo un prisma muy particular, sincero y autocrítico, si bien elegía un título que casi parecía más propio de una de sus ficciones: «John Barleycorn. Memorias de un alcohólico». Con ese apodo, Juan Cebada, un protagonista ficticio de una canción popular inglesa y que en el imaginario popular representa las bebidas alcohólicas que se elaboran con este cereal, es el caso de la cerveza o el whisky, hacía Jack London patente lo determinante que había sido en su vida semejante adicción.

«El alcohol es mi vida o mi vida es alcohol, tanto da lo uno como lo otro», escribe para hablar de cómo se aficionó a beber en los tempranos días de su juventud en las calles y durante sus vagabundeos por distintas tabernas en compañía de los rudos hombres de Oakland. E incluso también de niño, a los seis años en concreto, en el entorno familiar. Y sin embargo, un aire de arrepentimiento empapa todo el texto, y además incorporando una preocupación social muy ostensible. No en balde, comienza hablando London que cuando las mujeres consigan el voto, sin duda votarán a favor de la prohibición del alcohol.

Por eso, Alfonso Catapa titula su epílogo «¡Cierren ya los bares!», haciendo un ingenioso paralelismo con lo que apunta el novelista y la actualidad de la pandemia, con tantos locales cerrados por mucho tiempo. «No hay un solo día en que las mujeres no sufran por el alcohol que beben los hombres, aunque nunca han tenido el poder de expresar tal sufrimiento», argumenta un London que ya vio los estragos del alcohol al escribir su libro «La gente del Abismo» (1907), una obra sobre el East Est londinense, lleno de pobres con mala salud, explotados laboralmente, hacinados, enfermos y alcoholizados.

En «John Barleycorn», London habla de sus primeras grandes borracheras y vomitonas y dice que la bebida era muy accesible; ya fuera de repartidor de periódicos en la calle, marinero, minero o viajero en tierras lejanas, siempre veía el alcohol allí donde los hombres se reunían –«igual que los antepasados primitivos se reunían junto al fuego del hogar o en torno a la hoguera a la entrada de la cueva»– para intercambiar ideas, reír, fanfarronear y retarse, para relajarse, para olvidarse del trabajo duro y aburrido y de las noches y los días tediosos.

En todo caso, tanta bebida durante más de tres décadas pasaron factura a John Griffith (este es su verdadero nombre), que, enfermo de uricemia por su abuso del alcohol, consumió una mezcla de morfina y atropina por las diferentes enfermedades que le aquejaban, y murió en su rancho el 22 de noviembre de 1916, a la edad de cuarenta años, después de padecer un breve coma. De hecho, siempre se ha contado que se suicidó, pero se cuestiona cada vez más a la luz de nuevas suposiciones que tampoco son concluyentes. Pero cuesta creer que quisiera quitarse la vida, en el hogar que se estaba construyendo, al norte de San Francisco, cerca del valle Napa, tan célebre por sus viñedos y que hoy muestra un sinfín de referencias a su persona.