Premio Planeta, un legado para la posteridad

José Creuheras, presidente del Grupo Planeta, deposita en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes el facsímil del primer libro que publicó la editorial y el volumen que ahora conmemora el 70 aniversario galardón

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En 1949 se publicaba en España la traducción de una novela de Frank Yerby. Un libro, con el lomo marcado con el número 1 y con un coste, del ejemplar en tela, de sesenta pesetas, que iniciaba su narración con la siguiente frase: «A unas quince millas al norte de Nueva Orleáns, corre el río muy lentamente». Una oración que no suponía solo el comienzo de una narración, sino que marcó el inicio de la aventura literaria de una nueva editorial que acabaría convirtiéndose en la más trascendente y sólida de nuestro país y fuera de él. Desde ese año ya han transcurrido setenta y dos inviernos y, para conmemorar ese momento, y, las siete décadas que han pasado desde que se fundó el Premio Planeta, el reconocimiento más relevante y prestigioso de las letras españolas, el Grupo Planeta, en homenaje a ese recorrido salpicado de títulos, descubrimiento de autores y escritores emblemáticos, como Terenci Moix y Ana María Matute, entre otros muchos, ha depositado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes de Madrid el facsímil de ese primer título, hoy tan simbólico y que en el pasado, con su éxito de ventas, vaticinaba lo que todavía quedaba por llegar. «Hemos publicado más de 150.000 obras y cada una de ellas forma parte de nosotros. Este acto nos hace una inmensa ilusión. Es muy importante para nosotros y lo hacemos también en nombre de las 10.000 personas que viven a nuestro lado todo lo que rodea al libro», comentó José Creuheras, presidente del Grupo Planeta.

Unos minutos antes, él mismo procedía a dejar en una de las cajas que existe en la cámara de seguridad de esta institución un segundo volumen que repasa la historia de los 70 años del galardón, «nuestro buque insignia», como recalcó. Durante esta ceremonia, se felicitó por los positivos datos de lectura que arrojan los últimos informes y expresó su deseo de que, en el futuro, mejoren. Todavía tuvo un emocionado instante para evocar sus inicios en esta misma editorial, precisamente al frente del Premio Planeta, y recordar a José Manuel Lara Hernández, hacia el que mostró su inmenso afecto: «Todos nos sentimos agradecidos de trabajar en el mundo del libro. Es una prolongación de nuestras vidas», reconoció. El acto contó con Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, que reconoció la labor cultural de la editorial, y estuvo arropado por autores emblemáticos de la editorial, como María Dueñas, Javier Moro, Marcos Chicot, Marta Robles y Sandra Barneda.

«Un atrevimiento»

Al coloquio posterior asistieron nombres conocidos por todos los lectores y que, en algún momento de sus trayectorias, recogieron el galardón: Carmen Posadas, Dolores Redondo, Javier Sierra y Juan Eslava Galán. Este último, lúcido y chocarrero, discreto, pero de humor oportuno y, según sus propias palabras, «la mejor cuchara de su provincia», subrayó un apunte a veces olvidado, pero que conviene tener en cuenta: él no era nadie en el campo de la escritura, apenas un joven que tanteaba inventivas y formas, cuando presentó, animado por un amigo cercano, al Premio Planeta uno de sus libros: «En busca del unicornio». «Fue un atrevimiento –asegura ahora riendo–. Ahora soy el autor más antiguo de esta casa y he publicado en ella más de cien libros. Pero aquel día no pensaba que fuera a ganar. Hacerlo fue fundamental para mí. A veces, conversando con Terenci Moix, debatíamos para quién había sido más trascendental. Él aseguraba que le había rescatado de una profunda depresión, pero a mí sacó del anonimato».

Carmen Posadas rubricó las impresiones de su compañero y confesó que nadie la tomaba en serio en la literatura hasta que le entregaron el Planeta. «Gracias a él empezaron a considerarme». Dolores Redondo, que admitió que para ella había sido siempre un sueño y que, de hecho, se había presentado con anterioridad, confesó que la noche del fallo no pudo cenar por los nervios y aún se acuerda de, en algún momento, «haber pedido una manzanilla». Para ella, no consiste solo en una consagración dentro del gremio de los escritores. Va más allá: «Me cambió la vida. Todo lo que me ha dado se lo tengo que agradecer infinitamente, porque me dio también a un hermano inesperado: Marcos Chicot. Las relaciones humanas que se entablan a partir del Planeta son increíbles. Si se pone el alma en el galardón, uno se lleva también consigo a una familia, a todas esas personas que, desde dentro del sello, te apoyan y que están contigo en cada momento. Tienes la impresión de formar parte de algo que es muy importante».

Un termómetro

Javier Sierra, que llegó al Planeta cuando ya estaba asentado en el triunfo y que era un nombre recurrente en las quinielas de escritores que sonaban para llevarse ese premio, reseñó un aspecto especial que no le había pasado con anterioridad, ni siquiera cuando la Prensa norteamericana resaltó su trabajo: «Lo noté en los días siguientes. Entre que ganas el galardón y se publica el libro queda un lapso de dos o tres semanas. Es un limbo. Eres el vencedor, por decirlo de una manera, pero tu obra aún no ha llegado a los lectores. Aunque en ese tiempo, en el ámbito de lo doméstico, noté algo que nunca me había sucedido. Yo solía llevar a mis hijos al colegio y, de repente, pasó algo inesperado: los padres de los demás niños me vinieron a felicitar. Eso no me había ocurrido antes. Es algo que solo ocurre cuando te dan el Planeta».

Javier Sierra también aportó una anécdota de carácter familiar, pero no exenta de humanidad: «Tenía la presión de la mañana del 16. Ese día, mi madre, cada mes de octubre, me llamaba y me comentaba: “Otro año más que no has ganado el Planeta”. Yo le contestaba siempre que no me había presentado, pero a ella le daba igual eso. Hasta que lo gané. Fue justo entonces, noté que ella me tomaba como un escritor en serio que podía vivir de la escritura».

El Planeta, al que se han presentado a lo largo de su existencia más de 25.000 personas y que este año ha batido récords –se han recibido 654 novelas, más originales que nunca–, tiene un significado especial por un aspecto que subraya Juan Eslava Galán: «Es un termómetro de lo que está de moda en la literatura, de sus tendencias y gustos. En este sentido se trata de un galardón que resulta infalible, porque acierta sin excepción en lo que gusta a la gente y qué género está en auge». Carmen Posadas incidió en un aspecto vital al que todos asintieron: «Siempre dicen que James Joyce no podría ganar el Planeta. Puede ser, pero sí lo harían Balzac y Dickens. Es un premio que tiene una enorme sensibilidad hacia las personas que leen». Así mismo, recordó que no es una distinción destinada a sacar a la luz autores desconocidos, que también lo ha hecho en innumerables ocasiones, sino, sobre todo, para fomentar la lectura, encontrar lectores y aumentar su número en nuestro país. Javier Sierra explicó que antes del Planeta, «dedicarse a la escritura era una temeridad. Pocos se ganaban la vida con la literatura. Hasta que llegó Lara. En sus inicios, aportaba 40.000 pesetas, 240 euros de hoy. Pero esa cantidad resolvía la vida de muchos. Gracias al Planeta, que está dirigido a autores en lengua castellana, se redescubrió que España era una nación de escritores y que se podía profesionalizar la escritura y vivir de ella. Hoy, setenta años más tarde, España es un país con un enorme talento creativo. Y esto se refleja en el Premio Planeta».

EL SUEÑO DE UN SELLO VISIONARIO
«¿Por qué el nombre de Planeta?», preguntó, en una ocasión, un periodista. Y su fundador, José Manuel Lara Hernández, contestó de manra clara: «Porque fue lo más grande que se me ocurrió». Esta respuesta da medida de lo que quería el padre del premio que este año celebra su 70 aniversario. Soñó un imperio que solo él supo materializar. La editorial es acreedora del mérito de haber dado empuje a la producción literaria patria en unos años en los que había una total sequía de sellos y, también, de haberla dado a conocer al resto del mundo. Multitud de autores noveles hicieron carrera de la mano del gigante Lara: José María Gironella, Ana María Matute, Torcuato Luca de Tena, Terenci Moix...
Durante la década de los años ochenta, su imperio ya estaba perfectamente consolidado y todavía seguiría creciendo mucho más. Aunque los comienzos, como casi siempre, fueron duros e inestables, la editorial hizo lo que muy pocas y dio con la clave de lo que tiempo más tarde le reportaría pingües beneficios: la creación de un galardón literario –a semejanza del Nadal nacido poco antes–: el Planeta. Fue otorgado por primera vez en 1952, en una España autárquica que, aunque comenzaba a recibir los primeros turistas, todavía estaba considerada «la reserva espiritual de Occidente».
Su dotación inicial fue de 40.000 pesetas de las de entonces (que ganó el novelista Juan José Mira) y, desde el inicio, el olfato de «el jefe», como le llamaban en el sello, supo darle el alcance necesario para que estuviera en la boca de todos: cenas de gala, invitados de la élite política, periodistas que daban buena difusión al evento, futbolistas famosos y hasta la Casa Real en los últimos años.
Desde el principio, en esa casa se supo intuir si una novela podía ser un éxito de calidad literaria. Se logró convertir una pequeña empresa en el gripo editorial más importante de España y uno de los más relevantes que existen en el mundo. Por las filas del Planeta han pasado autores que son historia de la literatura como: Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Gonzalo Torrente Ballester, Eduardo Mendoza, Fernando Savater, Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Sánchez Dragó, Alfredo Bryce Echenique, Antonio Gala, Álvaro Pombo... Una nómina solamente al alcance de una editorial que nació con una premisa anunciada por su fundador: «Desearía ser recordado como el editor que más hizo por los autores españoles». Y así ha sido.
Ángeles LÓPEZ