Agatha Christie y el misterio en el Portal de Belén

La gran dama de la literatura negra escribió una serie de relatos navideños que reunió en «Estrella sobre Belén»

Agatha Christie
Agatha Christie FOTO: Archivo Archivo

En 1965, Agatha Christie era una consagrada escritora, la gran dama de la literatura policíaca de todos los tiempos con millones de lectores en todo el mundo. Sus libros no solamente habían conocido numerosas ediciones y traducciones sino que habían sido adaptados, con gran éxito, para la pequeña y gran pantalla, así como para la radio y el teatro. Christie era una autora querida gracias a su personal estilo, a su manera de adentrarnos en los más insólitos crímenes, en muchas ocasiones resueltos de la mano de Hercules Poirot o Miss Marple. Por eso, para muchos resultó insólito que en ese año, la autora de «Diez negritos» sorprendiera con una obra formada por un conjunto de cuentos navideños. Ese es el contenido de «Estrella sobre Belén», que acaba de recuperar estos días Confluencias.

No, no se trata de una obra con crimen por resolver, algo que avala el hecho de querer firmar este pequeño volumen como Agatha Christie Mallowan. Tampoco estamos ante un libro pensado para el público infantil, como se ha dicho en reiteradas ocasiones porque algunos de los relatos que en él se contienen tienen como finalidad que sean los adultos sus principales lectores al incluir temas como la discapacidad o el aborto.

Porque lo que le interesaba exponer a Christie en estos cinco poemas y seis cuentos es el límite de la fe, del que es creyente, como le pasaba a ella misma. Buena prueba de ello es el cuento inicial que da título al libro. En «Estrella sobre Belén», María, tras el nacimiento de su hijo Jesús, puede saber cuál será el destino final del pequeño, incluso sabiendo que morirá crucificado como si fuera un ladrón. Es el Ángel del Alba el encargado de exponerle esa realidad. María exclama que «no puedo creer lo que he visto. No puedo creerlo. Nuestra familia, todos los miembros de nuestra familia, somos gente temerosa de Dios que cumple con sus obligaciones. Así es, y también lo es la familia de José. Y lo educaremos para que sea un hombre religioso y para que honre la fe de sus padres. Un hijo nuestro nunca podrá ser culpable de blasfemia. ¡No puedo creer esto! Nada de lo que me ha sido mostrado puede ser verdad». Es por esa razón que el Ángel le hace una propuesta insólita: «Ahora que ya conoces su futuro, está en tus manos decidir si tu hijo tiene que vivir o morir». En las siguientes páginas se resuelve esa duda, ese querer poner a los personajes al límite, una marca de la casa Christie, pero que aquí se extiende incluso a nombres bíblicos.

Otro de los relatos, el titulado «El autobús acuático», podría parecer hasta cierto punto una propuesta dickensiana porque nos habla de las transformación de la señora Hargreaves, a quien no le gustaba la gente, pese a que lo intentaba «porque era una mujer de altos principios y muy religiosa que sabía muy bien que uno tiene la obligación de amar a sus semejantes. Pero hacerlo le parecía difícil y, en ocasiones, completamente difícil». Un día esta londinense se vio obligada a tomar un autobús acuático hasta Greenwich. En la proa del barco había otro viajero, aunque de aspecto oriental que «llevaba puesto un largo abrigo con forma de capa tejido con alguna clase de lana». La señora Hargreaves tocó la tela del abrigo y todo cambió. Empezó a gustarle la gente y a sentirse feliz. Estaba convencido de que todo eso le había sido transmitido a través de ese abrigo, pero aquel viajero había desaparecido. Cuando se disponía a abandonar la nave un oficial del autobús acuático preguntó al capitán por aquella persona, pero la respuesta la dejó sorprendida: «No queda nadie. Compruébalo tú mismo. Uno de ellos debe haber desembarcado sin que te dieras cuenta. O eso o es que se ha marchando caminando sobre el agua».

Son solo dos ejemplos de lo que nos propone una Agatha Christie diferente de la detective, pero con la misma curiosidad de siempre por conocer hasta dónde se puede llegar por saber la verdad, por conocer a los hombres y a las mujeres, incluso en el Portal de Belén.