Antònia Vicens, un Nacional de Poesía con un pie en el «procés»

Cultura presupone que los jurados poseen «cualificada experiencia» para valorar las diferentes lenguas cooficiales.

Cultura presupone que los jurados poseen «cualificada experiencia» para valorar las diferentes lenguas cooficiales.

En uno de sus poemas, «La casa», Antònia Vicens, nuevo Premio Nacional de Poesía, describía su origen con la sencillez y sentido punzante que define toda su obra: «Va nàixer a Santanyi en una casa humil del carrer/ del Rafalet amb corral d’aviram/ gàbia de conills i hortet/ el pare» («Nació en Santanyi en una casa humilde de la calle/ del Rafalet con corral de aves/ jaula de conejos y huerto/ del padre». Lo hizo en 1941. Y, tras una dilatada trayectoria literaria por la que se ha consagrado como uno de los referentes de la narrativa en catalán, su salto a la poesía se produjo tarde, con casi setenta años, contra el mito del creador de versos precoz. En 2009 publicó «Lovely» –el único de sus poemarios traducidos al castellano– y, diez años después, su último título «Tots el cavalls» se ha alzado con el galardón poético más importante concedido en España. No es difícil ver en este reconocimiento a la labor poética de Antònia Vicens el inicio de una nueva etapa, por la que se pretenden orientar las políticas culturales estatales hacia el reconocimiento de la diversidad lingüística española. Después de que el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, haya anunciado un cambio de rumbo en las políticas de esta institución, a fin de aumentar la presencia de las diferentes lenguas co-oficiales en la estrategia de divulgación de la «marca España», la concesión del Nacional de Poesía a una de las principales voces de la literatura en catalán no parece ser una decisión casual. Aunque justo y merecido, por supuesto, el dictamen de este año está cargado de una intencionalidad que incluye, pero al mismo tiempo desborda, el protocolario reconocimiento de méritos. Está claro que, desde ahora, la gestión cultural va a jugar un papel importante en las denominadas «políticas de distensión». Y mientras lo primero no colisione con el espíritu del premio –que es el reconocimiento profesional de los mejores–, bienvenido será. El problema está en que, con declaraciones como las realizadas ayer por Vicens, en las que expresa la vergüenza que supone que en una democracia haya presos políticos, la «justicia poética» –nunca mejor dicho– se ve superada por la estrategia geopolítica y la sospecha de una alineación con las declaraciones últimas de varios miembros del Consejo de Ministros.

La poesía de Vicens, filtrada por las elaboraciones de la memoria, suministra escenas trabadas por un fluido lirismo que, sin embargo, dejan siempre entrever una mueca de incertidumbre y dolor, cierto halo de desencanto que se clava en los ojos mientras éstos contemplan sin precaución alguna la intensidad del mar o de un cielo azul mallorquín. Ojalá que, a diferencia de quien suscribe, los miembros del jurado posean el suficiente nivel de catalán como para apreciar hasta el último matiz una poesía merecedora de lo mejor.