«Butterfly, qué bello es llorar, Puccini

El martes vuelve al Teatro Real la producción de Mario Gas estrenada en 2002. La ópera, una de las más queridas de Puccini, tendrá a Ermonela Jaho, referencia mundial en el papel de Cio Cio San, como reclamo. «Llevo todo el año enamorada de ella». En 2017 lo cantará 32 veces.

El martes vuelve al Teatro Real la producción de Mario Gas estrenada en 2002. La ópera, una de las más queridas de Puccini, tendrá a Ermonela Jaho, referencia mundial en el papel de Cio Cio San, como reclamo. «Llevo todo el año enamorada de ella». En 2017 lo cantará 32 veces.

El estreno de «Madama Butterfly» se le conoce como «el desastre de la Scala», uno de los fracasos más estrepitosos del mundo de la lírica. Imborrable el recuerdo de la noche del 17 de febrero de 1904, en pleno carnaval milanés. «Noche tumultuosa, casi rabiosa. El primer acto fue acogido con frialdad. El público se mostró despechado por el resurgimiento de algunos comienzos de melodía típicos de la manera pucciniana: la manera personal del autor, fin de cuentas. Pero esa noche el público no la quería. La sala aparecía deslumbrante y temible. Fue una de las más veladas de La Scala y se resolvió en una de las más clamorosas, salvajes, espantosas premieres, con gritos, siseos, huracanes de protestas y continuas silbatinas. El público parecía poseído por una voluptuosa manía demoledora. En el segundo acto (...) la hostilidad de los espectadores –que se incitaban unos a otros como invadidos por un acre deseo de destrucción– era tan furiosa que comenzaron a gritar con cualquier pretexto. Se produjo un fenómeno que a veces ocurre en el teatro: la multitud desencadenada parecía feliz de derribar a su ídolo». Así describía la inolvidable noche Arnaldo Fraccaroli, amigo del alma de Puccini y autor de cuatro libros sobre el compositor. Don Giacomo no se rindió, todo lo contrario porque, asegura el íntimo, amaba su obra y confiaba en su trabajo: «Enfrenté la tormenta con un áspero sentimiento de rebelión. Quería demasiado a esa criatura mía para poder creer en la serenidad de un juicio que tan mezquinamente la ofendía. Además, ¿podríamos habernos equivocado todos: yo, el maestro Campanini, Giulio Ricordi, los artistas, los profesores, todos los que habían asistido a los ensayos, los que se habían conmovido?», escribe «Fraka», como era conocido, que decía el músico. Después de varias reescrituras y reformas de alguno de sus actos, la criatura volaba. Y solo unos meses después se hacía grande, enorme en Buenos Aires. Su leyenda empezaba ahí y no haría sino crecer. O quizá partió su agigantarse de aquella pitada mayúscula. Lo cierto es que Puccini se arrancó la espina, tal era su confianza. Ciento diez años después de su estreno en Madrid la Butterfly vilipendiada cierra una nueva temporada del Teatro Real y lo hace a lo grande, con una producción bellísima de 2002 y que se vio en el mismo escenario en 2007, aquella vez con Plácido Domingo en el foso y de la que s eofrecerán del día 27 de junio al 21 de julio 16 funciones. El personaje de Cio-Cio San, frágil geisha japonesa que vive en sus carnes la pasión y burla de un militar americano, se ha convertido en uno de los más emblemáticos de la historia operística. En Madrid serán dos las sopranos que se alternarán en el papel: Ermonela Jaho y Hui He. Junto a ellas y dando vida a Pinkerton, Jorge de León (que se alternará con Andrea Carè y Vincenzo Costanzo), «el personaje antipático de la ópera», como él se define y los barítonos Ángel Ódena, Vladimir Stoyanov y Luis Cansino, como Sharpless.

Jaho llega al Real junto al maestro Armilliato. Hablan y ríen. Ella es tremendamente expresiva, un volcán que gesticula, abre los ojos de par en par y mueve las manos agitando el aire. Es la estrella de este montaje cinematográfico parido por Mario Gas. Debutó el papel en 2009 y desde ese momento ha ido creciendo con él, tanto que la crítica la considera la máxima autoridad en el papel pucciniano: «Yo juego con la verdad siempre. Es una responsabilidad que te vean así, pero cada vez que salgo al escenario voy a dar lo máximo, desde que se levanta el telón hasta que cae. Me llena de orgullo que se valore de este modo mi trabajo», comenta mientras no deja de hablar con las manos. Ella ha ahormado el personaje a sus carnes, a cada uno de sus poros: «La ópera son sentimientos que se enfatizan y resaltan con personajes como éste, sentimientos universales independientes de la cultura. Amar, ser feliz, sufrir... lo experimentamos todos. Cio-Cio San está perdidamente enamorada y su entorno le advierte; sin embargo ella está ciega y quiere mantener viva esa luz, esa esperanza», comenta.

Dice Ermonela Jaho que se identifica con esa niña-mujer menuda. Salió de su país con apenas 18 años con una idea fija en la cabeza: dedicarse al mundo de la ópera. En Albania no se veía con futuro. ¿Qué le dijo su familia? «Que era una locura, pero ese sueño que perseguía sabía que tenía que convertirse en una realidad», asegura. Y se hizo. Y cantó en un teatro primero y después vinieron más. Y llegó Puccini y la arrebató: «Mi sentimiento, el que pongo al cantar este personaje, llega al público porque a mí me llega. Me entrego totalmente, me toca de una manera muy especial», confiesa al tiempo que resguarda su garganta del enemigo público número uno de un cantante de ópera, el aire acondicionado.

El olor de Albania

A lo largo de este año habrá cantado el papel 32 veces. No está nada mal. ¿Es especial cada representación? «Sin duda. Hay tantas como veces salgo a escena. Ninguna puede ser igual a la anterior y será diferente a la siguiente. Para mí el canto es, como te diría..., una especie de catarsis, mi terapia. Sí, esa es la palabra. El canto y el teatro se parecen a nuestra vida, nunca somos los mismos aunque hagamos cosas similares. Yo he madurado como artista. No puedo ser como en 2009. He crecido desde el punto de vista técnico y vocal. Jamás me canso porque adoro cantar y no creas que es por la fama, porque lo necesite, sino porque me libera y purifica. Me da lo mismo salir a este escenario, que es maravilloso, que interpretar en un teatro más pequeño, siempre daré lo máximo que es todo lo que llevo dentro», explica. En Londres y en la Ópera Nacional de Washington la han aplaudido a rabiar y después del Teatro Real se la escuchará con el mismo papel en el Festival de Peralada, a donde acude por vez primera. Ymás tarde lo hará en París. Se identifica especialmente con las mujeres del maestro de Lucca, personajes que dice, lleva en la sangre. Al mencionar Albania en la conversación parece que se la iluminan los ojos aún más. Allí nació, creció, estudió (con una férrea disciplina) y ganó un concurso de canto que le posibilitó dar el salto a la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma: «Echo mucho de menos mi país. Viví experiencias muy bellas y otras que no lo fueron tanto. Llevo en mis venas la pasión balcánica de las mujeres de allí. Yo era una niña tremendamente introvertida que daba lo mejor de sí cuando cantaba. El resto del tiempo casi ni se me veía. El ser humano es un libro en blanco y en esas páginas va escribiendo sus experiencias. Pienso en mis padres muchas veces, en el olor de mi tierra. Lo echo tanto en falta. Salir de allí me ha enriquecido porque he podido vivir experiencias que jamás habría imaginado», señala.

Vibra con cada palabra y confiesa que a pesar de que corra por sus venas ese aire mediterráneo que le hace ser medio volcán, cuando falleció su madre fue incapaz de derramar una lágrima, «no pude llorar, aunque en escena sí sea capaz de recuperar ese desgarro». Llega al coliseo, del que es veterana ya, para dejarse la piel: «Con lo que me entrego pienso que voy a tener que morirme de verdad en el escenario». Y deja escapar una sonrisa. Cio-Cio San es un talismán para ella. Y lo sabe. Está dentro de Ermonela. ¿Es el personaje que más quiere? «Ahora sí porque lo estoy cantando. Pero si es Suor Angelica el que más veces represente el año que viene será del que me enamore. Me siento bastante cómoda en papeles con mucho caracter», confiesa y añade que trabajar en el Real es como estar en familia: «Es así como me siento, no exagero. Tenemos un ambiente excelente. Me miman. En esta producción somos como hermanos. Es como cantar entre amigos y sé que me va a resultar más complicado controlar las emociones. Lo mismo me pasaba cuando cantaba para mis padres y mis tíos, me ponía bastante nerviosa, quizá por la conexión emocional que existía. Pues ahora me sucede igual».

Uno de los culpables de que la soprano se dedique al mundo de la ópera es Verdi. Cuando vio «Traviata» siendo una adolescente le juró a su hermano que no se moriría sin dar vida a esa heroína que le había hecho llorar. No quería más que poder cantarla una sola vez. Ya ha rebasado con creces las doscientas veces que ha interpretado a Violeta Valery. ¿Y para cuándo Tosca? Jaho no tiene la menor prisa. Siente que ese momento aún no ha llegado el momento «pues es un papel de hondo dramatismo y yo tengo una calidad muy lírica. Me lo han ofrecido pero mi instinto me dice que debo esperar. Todavía es pronto para cantarlo». Su modelo ha sido María Callas, de la que ha escuchado muchas grabaciones, pero a la que no imita «porque acabas por convertirte en una mala copia».

Mario Gas, director de escena de esta producción, ha concebido un escenario en el que se rueda una película en el Hollywood de los años 40. Hay cámaras que graban mientras la historia terrible de amor y desamor de la joven y Pinkerton avanza. «La música no miente, es la que te marca el itinerario. Te pega un golpe en el hígado, en el plexo solar y en todos los recovecos del cuerpo», y añade que «este reparto va a romper la pana».