Callas a los 90

La Razón
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Maria Callas habría cumplido noventa años el día 2. No ha sido así ya que falleció el 16 de septiembre de 1977 dejando huérfana a la ópera. Ninguna figura de la lírica ha llegado a ser tan influyente y popular como la artista nacida en Nueva York. Callas no fue sólo un fenómeno musical sino también social. Una figura de un arte minoritario que llegó a ocupar las portadas de la prensa del corazón. Una cenicienta que encontró y perdió su zapato en la lujosa vida social. Pero hoy queda su paso por el arte lírico. Sus interpretaciones son admiradas, analizadas y desmenuzadas por aficionados y profesionales. Desapareció hace más de treinta y cinco años pero dejó una herencia imperecedera.

Su voz nos puede sonar hoy hasta desagradable, acostumbrados como estamos a las pequeñas, incoloras e insípidas que nos han programado discográficas e intendentes teatrales, pero su mérito fue ser una gran domadora de una vocalidad que parecía una tintorería, tan llena estaba de coloridos. Supo sobrevolar por encima de ella, de entonaciones no siempre perfectas, para transmitir emociones como pocas veces alguien ha logrado en la ópera. Fue capaz de pasar de la tormentosa ambición que devora a Lady Macbeth hasta la ingravidez de una «Sonámbula», que parecía levitar a metros de la tierra. ¡Y qué recitativos! Quien haya llegado tarde al género y aún no la haya escuchado, que se haga con su «Tosca» con de Sabata, en plenitud, o su «Norma» con Serafin, ya en decadencia. Para él se abrirá un mundo nuevo. ¿Qué otra cantante lírica ha alcanzado una popularidad tal como para que su vida haya sido llevada al cine en varias ocasiones? ¿Sobre quién se han escrito más libros? ¿De quién se han reeditado más grabaciones? Hace un par de meses que los Teatros del Canal ofrecían en representación teatral sus clases en la Julliard neoyorquina. Norma Aleandro, Nuria Espert o Fanny Ardant han recreado el personaje de «La Assoluta». Fue y es un mito, porque todo lo que la rodeó fue intenso, desde los cincuenta kilos que perdió para hacer justicia a sus personajes hasta el hijo con Onasis que perdió. Su vida y su voz eran una pura ruina cuando falleció, a la que bien se podrían aplicar las palabras de Pauline Viardot sobre otra colega al final de su carrera: «Sí, es como el Cenacolo de Leonardo da Vinci, las ruinas de un cuadro, pero ese cuadro es la más grande pintura del mundo». Callas tuvo, en su inmensa desgracia, la fortuna de morir a tiempo para convertirse en un mito. ¿Acaso somos capaces de imaginárnosla hoy con noventa años? Yo no.