Cultura

Crítica de “Crímenes del futuro”: el arte de los cuerpos mutantes ★★★★☆

Un fotograma de "Crímenes del futuro"
Un fotograma de "Crímenes del futuro" FOTO: Imdb Imdb

Dirección y guion: David Cronenberg. Intérpretes: Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman. Canadá, 2022. Duración: 107 minutos. Ciencia-ficción.

En estos tiempos de cuerpos virtuales y discursos “queer”, David Cronenberg ha realizado una película oportuna. Él, que se ha pasado la vida filmando cuerpos indisciplinados e ininteligibles, felizmente afiliados a lo no normativo, ha vuelto a ese concepto del cuerpo como espacio de negociación entre células y genes que discuten para abrirse a nuevas posibilidades de estar-en-el-mundo con una película que es, a la vez, un museo de historia natural de toda su obra (un filme crepuscular, casi testamentario, cuyo título toma prestado de su segundo mediometraje, de 1970) y la prueba palpable de que su discurso sobre la identidad, el cuerpo y el deseo, tan visionarios en su época, sigue explicando con clínica precisión nuestro presente, impregnado de trágica sensibilidad pospandémica.

Frente al cuerpo-vídeo de “Videodrome”, al cuerpo-insecto de “La mosca” o al cuerpo-juego de “eXistenz”, “Crímenes del futuro” presenta el cuerpo-exposición. Si el cine de Cronenberg siempre había sido una cuestión privada, si la metamorfosis de los cuerpos se producía en soledad o compartida con otros cuerpos ‘enfermos’ (es decir, ilegibles por el sistema), ahora es arte performativo. El cuerpo en transición -el de Saul Tenser (Viggo Mortensen), célebre ‘performer’ que vive exclusivamente para generar nuevos órganos en su seno, que, previamente tatuados, se transforman en viscosos trofeos en un espectáculo en directo- se hace visible, es una intervención artística en sí misma. Es una idea brillante, en un momento en que, como dice la filósofa Judith Butler, el cuerpo ha reafirmado su condición de signo cultural, y la transformación de los cuerpos y las identidades se expone públicamente como el síntoma de un post-humanismo que está abandonando los discursos académicos para instalarse en el imaginario popular.

Si vivimos en una cultura del reciclaje, es lógico que Cronenberg se autocite para reivindicar la relevancia de los hallazgos filosóficos y visuales de su obra, ahora que le aparecen serios competidores. No nos malinterpreten: en su trágica melancolía, que empieza con el asesinato de un niño a manos de su madre (Medea en una distopía en estado de demolición), continúa con un aviso para navegantes (somos plástico, y en plástico nos convertiremos) y acaba con una lágrima ambigua y enternecedora, que podría ser de alegría por dejar atrás “la vieja carne” o de lamento por una civilización en ruinas, hay la tranquila modestia del que sabe que llegó a la meta hace mucho, mucho tiempo.

Lo mejor

Su atmósfera, su imaginería y su extraño poso melancólico.

Lo peor

Puede que, para los fieles irredentos de la obra de Cronenberg, suene demasiado a un “grandes éxitos”.