Echanove coge el pincel más negro de Rothko

El actor se une con Ricardo Gómez para levantar «Rojo», el texto de John Logan sobre el mural del Four Seasons del pintor

Ricardo Gómez (izda.) se convierte en el ayudante de un Rothko al que da vida Juan Echanove en «Rojo»
Ricardo Gómez (izda.) se convierte en el ayudante de un Rothko al que da vida Juan Echanove en «Rojo»

El actor se une con Ricardo Gómez para levantar «Rojo», el texto de John Logan sobre el mural del Four Seasons del pintor.

Hace año y medio Juan Echanove (Madrid, 1961) se subía al escenario de la Comedia para estrenar e interpretar a un Quevedo que parecía haberse reencarnado allí mismo. Aquellos pelos, aquel bigote, aquella perilla... Era el mismísimo escritor del Buscón. Ahora le ha ocurrido lo propio con Rothko. El expresionista vuelve a la vida en el cuerpo de un Echanove «rothkorizado» con su pelo, sus gafas, su rostro de horror... «Yo no he hecho nada, deben ser los personajes, que se me amoldan.

Ya es mucho tiempo investigando y sintiendo», defiende el intérprete de un proyecto que se inició de la mano de Gerardo Vera y que, por caprichos de la salud, ha terminado en sus manos como director, además de ejecutante. «Pero Gerardo ya está estupendo», tranquiliza. A su lado, un Ricardo Gómez (Madrid, 1994) con el que completa la dupla de «Rojo», el texto de John Logan (San Diego, EE UU, 1961) que ahonda en el mayor reto profesional y el peor dilema ético de la carrera de Mark Rothko (1903-1970): pintar unos murales, pagados como nunca desde que se encargó la Capilla Sixtina, que deberían decorar el lujoso restaurante Four Seasons, el Seagrams de Nueva York. El inicio de una decadencia que, tras pasearse por Valladolid y La Coruña, encara el Arriaga de Bilbao (este fin de semana) y el Español madrileño, desde el día 29.

«Fue su gran contradicción», explica Echanove. «Entiende que sus cuadros tienen que generar un espacio de reflexión y comunicación muy cercano a lo religioso y allí no era posible». Lugares casi de culto, «como una capilla», continúa. Así lo entendió la Tate, que todavía conserva una luz diferente para su sala: «Entras y parece que estás en un velatorio, un lugar de reflexión», comenta el actor. Pero antes de llegar a Londres, la historia Rothko y el Four Seasons tiene mucha tela que cortar. Una empresa que fue apagando el color del artista. El rojo se fue convirtiendo en negro con las dudas: hacerlo o no. Más sus propios tormentos en los que él, orgulloso destructor del movimiento cubista, se vio golpeado con la realidad de que su arte estaba siendo defenestrado por otro, el pop art, en una metáfora de la vida misma, del paso de las generaciones.

«Este hombre era enormemente soberbio y necesitaba el mayor reconocimiento posible porque de verdad lo creía así. Entendía la pintura de una manera trascendente, aunque siempre desde su punto de vista, porque no aceptaba otro», cuenta un Echanove que se reconoce «todo lo contrario»: «Convivo con esa gente que empieza o que ya es presente y que está llamada a darnos el relevo y los admiro». Más concretamente, Gómez, que condensa el dilema a «una cuestión de vida o muerte».

Las vueltas de la hipocresía

Tras aceptar el encargo, «Rothko comenzó su trabajo con una pasmosa tranquilidad y justificando esos actos hipócritas a los que tenemos que dar varias vueltas para encontrarle un sentido», sigue el joven actor. Estaba vendiendo su arte a las clases adineradas de Nueva York porque sí. Sin sentirlo más allá del bolsillo: 35.000 dólares de finales de los cincuenta; «la hostia!», para Echanove. Pero los años pasan entre indecisiones y, en la función –premiada con seis Premios Tony «porque no solo habla de lugares comunes a la pintura, sino de las sensaciones humanas»–, está Ken (Gómez) para hacer de contrapunto, «para señalarle la hipocresía».

Es este –su ayudante dentro de un estudio hermético en el que ni siquiera entra la luz del día– el encargado de Logan de poner al artista consagrado ante sus convicciones y filosofías, el antagonista que el autor necesitó para contar en «Rojo» la historia de Rothko: «Es el gran acierto a nivel dramático porque Ken se convierte en el representante espiritual de la platea», comenta Echanove. Ese «Pepito Grillo», dice Gómez, «que después de dos años aprendiendo a su lado le muestra una opinión que le hace remover sus pilares», el motivo por el que el artista terminó renunciando a colgar su obra en el restaurante, «porque iba en su contra».

El aprendiz, en la vida y la pintura, es quien se da cuenta de que su maestro ya solo piensa en negro, «un problema de alma». No ve el rojo, el color de la vida –«del amanecer, del latido del corazón, de los pimientos y de las manzanas», recitan–, pero también de la muerte –«de la sangre arterial, de cortarse las venas, de la túnica del Greco...»–, esa que terminó encontrando Rothko el 25 de febrero del 70. Consumido completamente por sí mismo. «En el montaje vemos cómo cada vez se ve más solo, más alcohólico y más bipolar –define Echanove–. El carácter de este tipo era realmente complicado. Maravilloso para interpretarlo, pero vivirlo desde dentro debe ser impresionante por contradictorio e insoportable. Era un cabrón, sí, pero solo así se puede entender semejante torrente artístico». Una angustia que se traslada al lienzo del escenario con «pinceladas en las que debe haber tragedia», representan: «Ya sabía que cada uno de los trazos significaba uno menos hacia su final. Hasta en su suicidio se comportó como un soberbio. Se creyó más que Dios y quiso acabar cuando él quiso», cierra Echanove.