Elio Berhanyer, el maestro que hacía llorar

Fue uno de los grandes de la moda española del siglo XX, un señor austero y elegante, un contador de historias nato que trabajó con Ava Gardner y Doña Sofía, que cenó con Allende y fue amigo inseparable de Antonio Gala

Berhanyer, junto a Judith Mascó (de blanco) y Nieves Álvarez (de lila), en 2009 durante su desfile en la semana de la moda madrileña
Berhanyer, junto a Judith Mascó (de blanco) y Nieves Álvarez (de lila), en 2009 durante su desfile en la semana de la moda madrileña

Fue uno de los grandes de la moda española del siglo XX, un señor austero y elegante, un contador de historias nato que trabajó con Ava Gardner y Doña Sofía, que cenó con Allende y fue amigo inseparable de Antonio Gala.

He tenido tres padres en mi vida, el de verdad, al que adoraba, y dos más, digamos de juguete, uno es Enrique Loewe, supongo que no es necesario explicar por qué, y el otro, Elio Berhanyer. Lo digo aquí porque muchas veces le hice reír con esta pequeña locura que aceptaba con su generosidad habitual. Así que no les extrañe que hable de él como si esta mañana acabase de perder a un padre. De hecho, en la primera reunión del consejo de administración de su última sociedad tomé posesión de mi cargo de consejero con un pequeño retraso y vestido de riguroso luto. Venía de enterrar a mi padre.

Hay quien piensa que las cosas no suceden por casualidad. Sea. He intentado definir muchas veces a Elio Berhanyer, para la familia Elio Berenguer Úbeda, y creo que la definición perfecta es la de un señor, un señor antiguo, como de esos romances que canta Joaquín Díaz, o de poesía de la generación del 98, de Antonio Machado, por ejemplo. Elio, nombre del que se sentía especialmente orgulloso, era un hombre delgado, austero, elegante. Todavía recuerdo la clausura de un congreso internacional de moda celebrado en Granada para el que habíamos reservado su conferencia. La hicimos en el auditorio de la Alhambra porque me había confesado que una de las travesuras que más feliz lo habían hecho fue esconderse un día allí, cuando todo el mundo era obligado a abandonar el lugar, para sentir el placer íntimo de quedarse a solas bajo las estrellas en ese paraíso terrenal. Así que para convencerle le propuse hablar debajo del mismísimo patio de Carlos V. Aceptó, como era lógico. En la mesa estábamos Enrique Loewe y yo, que íbamos a entrevistarle al alimón. La sala crujía arrebatada de jóvenes expectantes. Enrique hace la primera pregunta y Elio no le contesta, le hago la segunda y tampoco. Se pone de pie y comienza a hablar y nos tiene a todos embelesados durante una hora y media. La escena se convirtió en mágica cuando vi que entre los asistentes había dos azafatas llorando mientras nos preguntaban quién era ese señor que contaba «esas historias tan bonitas». Esa era su segunda cualidad, la de ser un narrador privilegiado.

A veces me recordaba a García Márquez, al que conoció mucho antes de ser Premio Nobel. Te contaba las historias de su vida y te dejaba fascinado. Aunque siempre eran las mismas: el leopardo sobre su Jaguar descapotable, la admiración por su padre, el enfado con Carmen Polo de Franco porque no le pagaba las facturas, la amistad a través del conde de Montarco con Dionisio Ridruejo y Jesús Aguirre, su infancia de mendigo en la Alameda de Hércules de Sevilla tras el fusilamiento de su padre, el día en que sin saberlo probó la primera raya de cocaína en Colombia, el día en que vio desnuda por primera vez a Ava Gardner en el probador de su atelier, el día en que la marquesa de Llanzol lo buscó por todos los cines de la Gran Vía para invitarle a cenar porque Cristóbal Balenciaga quería conocerlo, el día en que una azafata de Iberia lo invitó a sentarse en primera porque no podía viajar en turista el hombre que las había vestido como nadie antes ni después lo haría, el día, en fin, que ardió su taller de la calle Ayala y todos sus recuerdos acabaron hechos cenizas en un contenedor. Este humilde obituario podría extenderse durante páginas, pues no en vano tuve el honor de ser el comisario de su exposición antológica en el Museo del Traje de Madrid. Esa pequeña aventura me permitió verlo casi todos los días durante los dos años en los que la preparamos juntos.

Recuerdo su amabilidad sin límite, su paciencia, su entusiasmo, recuerdo nuestros almuerzos en el restaurante La Parra y sus lágrimas en la inauguración cuando descubrió la sorpresa que le había preparado. La exposición comenzaba con una sala donde sus vestidos de noche, en blanco y negro y dorados, se colocaban a derecha e izquierda como en el tapiz en el que se representa la petición de mano de la infanta María Teresa por el delfín de Francia. Porque Elio decía que ahí estaba la encarnación de las dos elegancias, la francesa en dorado y la española en blanco y negro. Me hablaba de su amistad casi fraternal con Antonio Gala, al que le cocinaba rabo de toro todos los sábados. Lo hacía sin zanahoria, porque sostenía que el verdadero, el del barrio de Santa Marina de su Córdoba natal, no la llevaba. Me desvelaba cómo llegaron a las escaleras de su casa los poemas enmarcados de Jaime Gil de Biedma y de su pasión por las ruinas de Medina Azahara entre almendros en flor.

Podría hablarles de que hemos perdido uno de los trozos más importantes de la moda española durante la segunda mitad del siglo XX, de sus desfiles, de sus premios, de su cena con Allende en el Palacio de la Moneda, de sus distinguidas clientas, pero eso lo harán los demás. Quisiera mejor recordarlo con una de sus obsesiones: que la gente lo quisiera. Creo que lo consiguió. Las gentes que lo han conocido lo adoran. Como la relación es interminable solo destacaré a la Infanta Margarita, a su esposo, el duque de Soria, a la hija de ambos, María, a Charo Palacios, a la vizcondesa de Garci-Grande, a Pedro Moreno y, sobre todos, a Antonio Bravo, su media vida. Murió su gata, la negra, y él, que era un gato metafísico, no lo pudo soportar. Toda la historia de Elio es una historia de amor. De amores perdidos. Descanse en paz.