Ernesto Caballero abre el testamento de Chéjov

El Teatro Valle-Inclán programa en su sala principal «El jardín de los cerezos», la última pieza escrita por el dramaturgo ruso antes de morir.

El Teatro Valle-Inclán programa en su sala principal «El jardín de los cerezos», la última pieza escrita por el dramaturgo ruso antes de morir.

Chéjov (1860-1904), como médico que fue, siempre supo que se estaba muriendo. La tuberculosis que le había acompañado durante toda su vida ya no tenía marcha atrás y el dramaturgo ruso «escribió “El jardín de alos cerezos” como si fuera su testamento», explica Ernesto Caballero, director de la pieza que desde mañana ocupa el Teatro Valle-Inclán. Por ello, por su fin, el autor abordó temas tan fundamentales como el paso del tiempo o cómo el ser humano gestiona el pasado. «La emancipación más difícil, la de uno mismo», añade Caballero.

Sin embargo, el ver el final cerca –terminaría la obra en 1903 y moriría un año más tarde– no le restó humor a un Chéjov que entendió su pieza casi como un vodevil –«Comedia para cuatro actos», rezaba el subtítulo–. Sin embargo, Stanislavski, el director que la estrenó en Moscú frente al rechazo de Dánchenko, encontró en ella un lado mucho más sombrío ante el que el autor nunca puso un pero: «Yo ya lo he escrito todo, soy médico, no director», contestaba, ya moribundo, cuando se le preguntaba durante los ensayos.

Desequilibrio de criterios ante el que Caballero encuentra «un género híbrido en el que se entrelazan el drama y la farsa. Es cierto que tiene muchos elementos de distancia irónica, de comicidad, de sátira amable, pero también existe un retrato prodigioso de la vida, con todas sus grandezas y miserias», apunta. Una duda que también resolvió Secun de la Rosa (Gayev) al enrolarse en la preparación del montaje: «Cuando leí esta obra pensé que era un dramón súper nostálgico y me ha dado mucha alegría descubrir que Ernesto ha dotado a los personaje de esperanza y los ha sentado en el presente», explicaba ayer durante la presentación en el teatro de Lavapiés.

Con el original reflejando esa Rusia del final de los zares en la que la burguesía comenzaba a reemplazar a una aristocracia feudal que se resistía a morir, Caballero prefiere leerlo desde una perspectiva más actual en la que, «si Chéjov nos habla del final de una época en la que el jardín es un pasado irrecuperable, hoy deberíamos ver que nos cuesta renunciar a algunos anclajes del siglo XX que quedaron atrás con la revolución digital. “El jardín...” es el retrato irónico de un declinante grupo social en la Rusia prerrevolucionaria –en palabras de Caballero–. En sus páginas se hallan condensadas todas las constantes del escritor: el gran caudal poético y dramático que conforman unas criaturas, en ocasiones ridículas e incoherentes, pero que terminan revestidas de grandeza heroica dada su descarnada humanidad».

Un huerto para tapar agujeros

La hacienda de Lyubov Andreyevna (Carmen Machi) toma el protagonismo ante la degradación de los terratenientes y la evolución de una nueva clase social, la «intelliguentsia». Tras la vuelta a casa de la protagonista después de una larga estancia en París, la situación económica es desastrosa y las deudas harán que pierda la propiedad. Momento en el que el hijo de unos siervos, Lopahum (Nelson Dante), aconseja a la familia que conviertan el huerto de los cerezos en pequeñas parcelas que podrán comprar diferentes familias para construir su casa de campo, donde comenzarán las dudas.

Trama ante la que Machi se destapa: «Si algo me gusta de todos los personajes chejovianos es que tienen una capacidad de amar increíble y, sobre todo, sus mujeres. Yo creo que Chéjov era bastante feminista. Mi personaje no se entera de nada porque no quiere sufrir. Es una mujer enamorada sin remedio de la vida y para eso hay que desprenderse de un pasado terrible. Pero ella es capaz de seguir sonriendo. Es una mujer muy libre».