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La crónica definitiva del escritor Jesús Torbado

El novelista y periodista,que murió ayer a los 75 años, ganó el Premio Planeta y el Alfaguara con una obra literaria que logró convertir en «best seller»

  • El escritor Jesús Torbado en una imagen de archivo/Efe
    El escritor Jesús Torbado en una imagen de archivo/Efe

Tiempo de lectura 4 min.

24 de agosto de 2018. 04:16h

Comentada
Jesús Ferrer.  23/8/2018

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En la hora en que nos deja, algo injustamente olvidado, Jesús Torbado, conviene recordar, fue un periodista de raza, cronista de una dura realidad social, narrador adscrito al clásico realismo social con marcados tintes psicológicos y un agitador cultural definido por la ética solidaria, el testimonialismo civil y el compromiso humanista. Había estudiado Filosofía en Santander y Periodismo en Madrid; en París trabajará en diversos oficios y, a su regreso a España, será reportero de «Ya» y corresponsal de la agencia Colpisa, del diario «Informaciones» en Hispanoamérica y de «El Independiente» en la Primera Guerra del Golfo, además de colaborar en programas culturales de TVE, algunos tan señeros como «Encuentros con las letras» o «La clave». Irrumpirá en la literatura con una audaz y rupturista novela, «Las corrupciones» (Premio Alfaguara, 1965), relato de la crisis de fe de un joven sacerdote en el ámbito de las tendencias existencialistas de la época.

Lengua y vida cotidiana

Este será un libro generacional porque retrata las ilusiones y frustraciones de una juventud heredera de la fratricida contienda española, además de reflejar el lenguaje popular, la vida cotidiana y las inquietudes de un amplio público lector. Formando parte ya del grupo literario de la generación de 1950, aunque de los autores más jóvenes junto a Daniel Sueiro, le llegará la consagración literaria con «En el día de hoy» (Premio Planeta, 1976), un relato ucrónico que imaginaba, bajo el título de las primeras palabras del último parte oficial de guerra, el triunfo de la República en la Guerra Civil española y sus posteriores fabuladas circunstancias (ese mismo año, Fernando Díaz-Plaja publicaría una obra de similar planteamiento argumental, «El desfile de la victoria»). Con esta historia ficticia, acertadamente especulativa, incidía en el interés de nuestra sociedad por recuperar un pasado que le había sido escamoteado. Sorprendentes subtramas, potentes personajes y dramáticas disyuntivas jalonan, sin maniqueísmo, esta figurada crónica de lo que pudo haber sido y no fue. Pero la obra que acaso le diera más popularidad es «Los topos» (1977). En colaboración con Manuel Leguineche, ambos afrontarían la sombría historia, narrada por sus protagonistas, de quienes vivieron escondidos durante el franquismo por temor a represalias políticas y personales. Numerosos personajes, entrevistados desde el recuerdo de sus escondrijos, daban cuenta de los terrores y peripecias que les aquejaron, en algún caso, durante décadas.

Ese lacerante autosecuestro conmovería la conciencia civil de unos lectores que empezaban a encararse, con entera libertad, guiados por un magistral estilo reporteril, con su historia. En el prólogo, sus autores detallaban: «Después de recopiladas centenares de horas de conversación con algunos de los más espectaculares e insólitos protagonistas de esta guerra, cobra ésta una imagen nueva, inesperada y atroz». Estos sobrecogedores testimonios, que modificaban la imagen de una tragedia, incidían en la veracidad de una literatura oral que en la actualidad ha cobrado renovada vigencia con la obra, por ejemplo, de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich. Un libro que validaba la esencia periodística de la mejor crónica literaria: honesta, documentada y comprometida.

Como narrador y cronista de la realidad, lejos de fatuos planteamientos o pretenciosas tramas, fue un escritor intuitivo, sentimental, inmerso en la conciencia popular y cómplice de inquietudes lectoras. En una entrevista con Rosa María Pereda manifestaba: «Como novelista –y como lector– prefiero lo que me emociona a lo que me asombra, prefiero las novelas que se pegan a las paredes del corazón que las que se hacen ver en el microscopio de los doctores críticos». Convendría quedarse con su bonhomía intelectual, rigor periodístico, clara expresión realista, persistente espíritu viajero, amplia libertad fabuladora, decidida implicación civil y limpio estilo literario.

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