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Francisco Nieva: «En mis obras me ocupo hasta de la última hebilla»

  • Nancho Novo, Alfonso Blanco y Sergio Reques en un ensayo de la obra, que viaja al Nápoles de 1947
    Nancho Novo, Alfonso Blanco y Sergio Reques en un ensayo de la obra, que viaja al Nápoles de 1947

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18 de febrero de 2015. 00:34h

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18/2/2015

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Salvator Rosa, artista gótico, tenebroso y desconcertante, nació en Roma en 1615 y murió en Nápoles en 1673. Rebelde y heterodoxo, sin duda Francisco Nieva se vio reflejado en él cuando escribió, en 1983, «Salvator Rosa o el artista». La obra, que transcurre en una revolución popular que tuvo lugar en Nápoles en 1647 a causa de un impuesto abusivo sobre la fruta, lo convierte en líder de la insurrección. Todo es casi «vero» y, en cualquier caso –hablamos de Nieva–, «ben trovatto». Lo sorprendente es que, hasta hoy, este texto teatral, editado en 1988, no ha vivido en los escenarios. El próximo día 27 de febrero subirá a las tablas del Teatro Valle-Inclán de Madrid, en una producción del Centro Dramático Nacional que dirige Guillermo Heras y que protagonizan Nancho Novo, como Salvator; Juan Gea, Gabriel Garbisu, Ángeles Martín, Juan Meseguer y Alfonso Blanco, entre otros actores. A sus 90 años, el académico, director y dramaturgo recibe a LA RAZÓN en su hogar madrileño. En un rincón barroco, acompañados por sus ayudantes Felipe y José, y por su perrillo, Tirso, y bajo la mirada de Salvator Rosa, que nos mira desde la pared en un original de Gerardo Trotti que reproduce el autorretrato del artista, hablamos con este manchego universal y siempre libre.

–¿Por qué recuperar hoy una obra de hace unos 30 años?

–En los años 60, leí en París una historia fantástica de E.T.A. Hoffmann, que trataba del señor Formica, que era el seudónimo de Salvator Rosa en Roma, porque nunca estuvo en Nápoles durante la revolución. Yo me he apoyado en la leyenda. En ese cuento aparece el enano Pittichinaccio, que tiene mucha gracia, y me dije: esto lo puedo aprovechar, voy a desarrollar a este personaje. Y es importante dentro de la obra. Desde 1962 o 1963 hasta ahora he estado madurándola.

–¿La ha cambiado ahora?

–No, lo que pasa es que se da una coincidencia afortunada porque se trata de una obra muy densa sobre el poder. El poder enloquece, véanse Hitler y Sadam Hussein. Esconde la realidad, que se convierte en lo que el tirano imagina que es su realidad.

–Leyendo la obra y sus reflexiones, me parece ver una advertencia contra lo que estamos viviendo estos días en España.

–Sí. Y hemos tratado de hacer una obra como se hacía veinte años atrás, como se hizo «Marat-Sade» o «El zapato de raso». Vamos a ver si podemos o no.

–¿Lo de «podemos» lo dice con intención?

–Claro que sí.

–¿Usted cree que pueden?

–Tengo bastante seguridad en mis colaboradores. El director es el mismo que hizo «Nosferatu» y tuvo un gran éxito, y el intérprete, Nancho Novo, también hizo aquella obra y aquí es Salvator Rosa.

–¿Cómo es volver a trabajar con Heras?

–Ha sido una delicia, porque Guillermo y yo nos entendemos desde hace muchísimo tiempo, cuando éramos muy jóvenes. Él era redactor de la revista «Primer Acto», con Moisés Pérez Coterillo, y los dos eran muy partidarios de mi teatro. Guillermo lo comprende perfectamente.

–«Salvator Rosa o el artista», además del poder, aborda el lugar del arte, el realismo opuesto a la fantasía.

–Claro, y también el fanatismo de muchos artistas. Los impresionistas, por ejemplo, se volvieron muy agresivos. Primero se les agredió y luego ellos se revolvieron y dominaron por completo el arte en su tiempo.

–Supongo que hablamos del arte en un sentido amplio. ¿También de un dramaturgo como artista?

–Claro. Yo me hago ahí una especie de caricatura: me río de mí mismo, de mis pretensiones, mis anhelos, mis gustos, mis disgustos, mis afectos... Es como una declaración de principios, de mis principios locos y absolutamente fantásticos.

–¿Cuáles son?

–Son surrealistas. Los hermanos Marx, Max Ernest y el surrealismo en general.

–¿Qué clase de artista fue Rosa?

–Era, en cierto modo, como yo, pero más exagerado: un todoterreno. Escribía sátiras en verso y canciones, hacía de actor en la «commedia dell’arte» y de sí mismo en todas partes por donde iba. Era un exhibicionista. Hay que tomarle como modelo para Dalí, que está ahí también.

Dice Salvator en la obra: «Cuando los artistas hacemos una cosa que está bien, aceptamos todas las críticas, pero seguimos convencidos de que está bien».

–Sí, eso es lo que pasa con Dalí, que fue muy criticado. A Magritte le ocurrió cuando hizo su primera exposición en París. Pero dijo: esas críticas son positivas, porque me reafirman en lo que yo deseaba.

–¿El buen artista sabe escuchar?

–Claro, hay que saber escuchar y ceder. Hay que saber atender a la voz de la calle, lo que no hacen los políticos.

–Cuando le preguntaba si van a poder, no me refería a Guillermo Heras y a usted. Hablaba de Podemos...

–Es muy difícil de predecir, ya que todo depende de la deuda externa de Atenas, porque todo lo que se debe, se paga. Hay que ver el modo de hacerlo.

–¿Hay una analogía entre esta revolución de Nápoles y lo que está sucediendo en España con Podemos?

–No lo sé. Todo depende de un azar, de cómo se arreglen las cosas entre Grecia y la UE. Ahí estamos ante un interrogante. Pero yo tengo esperanzas, porque a Podemos le guía una ilusión auténtica, un impulso cordial, efectivo de conocer la adversidad que está viviendo el pueblo español.

–Sin embargo, por lo que sé, usted no simpatiza mucho con las revoluciones.

–No. Porque siempre terminan muy mal. La francesa acaba con Napoleón al frente y un imperio. El mundo cambió de antes a después de la Revolución francesa. Sin embargo, muchas veces la adversidad convierte las revoluciones en una vuelta atrás.

–Siguiendo con la analogía, ¿quién sería Pablo Iglesias: Masanielo o Salvator?

–Salvator Rosa, claro. Masanielo es el que manda sin saber que manda, porque se impone su estampa. Manda porque las masas son muy conquistables por factores externos, muchas veces estéticos.

–¿Ha tenido que ver la situación política para que eligiera esta obra para el CDN?

–No. Es que, sinceramente, es de las mejores que he escrito. La elegí por la calidad de sus diálogos. Pero coincide con este estado de cosas.

–¿Sigue escribiendo teatro?

–No, me parece muy difícil. Hace falta un cálculo, una concentración especial. Cuentos o novelas, tampoco. Eso hay que meditarlo mucho, no puede ser cualquier cosa, como es lo corriente ahora, que parece que todo sirve.

–Ahí volvemos a la discusión de la obra: ¿cómo ve las artes en general hoy en día?

–No están en su momento mejor. Antes yo recibía grandes sorpresas, porque descubría a Max Ernest, a Magritte, a artistas que no conocía. Pero ahora hay pocas sorpresas.

–¿No le ha llamado la atención nada últimamente, aunque no sea en teatro?

–No. Quizá Michael Jackson. Me ha parecido originalísimo y nuevo, un héroe de la danza y la música. Ha dejado detrás un estilo y una forma, una imagen muy de nuestro tiempo.

–¿El arte debe reflejar su tiempo?

–Sí. Aun cuando no lo quiera, incluso en una película histórica, la actualidad se impone.

–Sin embargo, «real» es una palabra de la que usted ha huido siempre...

–Claro, porque todos podemos ser reales.

–A sus 90 años, ¿qué espera de este montaje? ¿Qué le pide a un estreno?

–Yo pediría que la gente fuera comprensiva, porque he hecho una «película» donde no se dicen chistes. No es una obra para reír, sino para sonreír.

–Pero es una comedia.

–Sí. La comedia es eso: es sonreír. Es un dibujo chistoso sobre un suelo trágico.

–¿Hay algo que le haga sonreír?

–Ahora no me entretengo con nada. Todo me parece insuficiente. Estoy de vuelta de todo.

–¿Dónde se siente usted más cómodo, en el surrealismo puro, o en un punto intermedio con el realismo?

–Yo creo que lo mío es una distracción de la realidad pero con tendencia a lo grotesco, a lo quevedesco, a lo goyesco. Porque soy muy español. Soy un españolazo.

Pese a la experiencia y la fama, Nieva cuenta que irá al estreno «con el corazón en un puño». Le digo que no debería, que la obra tiene todos los mimbres para salir bien. «Sí, es un teatro que no se hace ahora, sino como el de hace 20 años, cuando no existía la crisis».

–Ahora se imponen las escenografías pequeñas. ¿Aquí volverá a una grande?

–Claro: yo me distinguí por ser un buen escenógrafo, y como tal recibí cantidad de premios y trabajé en el extranjero. Soy de los pocos españoles que han estrenado en el Bolshoi de Moscú y en la Ópera Cómica de Berlín. Mi carrera comienza como escenógrafo en el Teatro Massimo de Palermo: esas escalinatas de «El Padrino III» en las que muere hasta el apuntador yo las he subido y bajado muchas veces.

–Pero la tendencia dominante empuja hacia el espacio vacío que teorizó Peter Brook...

–Para mí, los grandes directores rusos, como Meyerhold, son un modelo. Stanislavski cuidaba mucho el decorado y los trajes. Y yo me preocupo hasta de la última hebilla que saca la actriz en sus zapatos.

–Usted, eso del espacio vacío, ni en pintura.

–No, no. Yo soy un barroco. Ahora todo es «mini», el «menos es más»... y ya no hay nada. Una intención, nada más.

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