Cultura

El origen de la guerra

En las pinturas de abrigos y cuevas levantinas, probablemente de hace cinco o seis mil años, hallamos las primeras representaciones conocidas de lucha

Escena bélica del arte rupestre levantino
Escena bélica del arte rupestre levantino FOTO: historia

Mientras se levantaba la gran presa de Asuán, que embalsa el curso del Nilo en el sur de Egipto, varias misiones internacionales extrajeron del valle numerosos templos, entre ellos el de Debod (que fue donado a España y se instaló en la zona de Rosales, en Madrid) mientras otras ultimaron las prospecciones arqueológicas que tenían entre manos antes de que las aguas las impidieran. En 1964, durante las postreras investigaciones del yacimiento mesolítico de Sahaba, en el que hace 12.000 años habitaba un centenar de personas, se hallaron 59 tumbas en las cuales aparecieron los restos de 24 cuerpos que evidenciaban una muerte violenta: cortes craneales, puntas de flecha o de azagaya clavadas en sus huesos o esparcidas por sus cajas torácicas o la cavidad abdominal. Numerosos especialistas consideran que esta muestra de violencia constituye el más antiguo vestigio conocido de una guerra, pero aún es un misterio por descifrar aunque pueden orientarnos los estudios de sociedades que hace medio siglo vivían en un estadio de civilización parecido. Para Gwynne Dyer, especialista británico en historia militar: “La guerra verdadera no existió antes del desarrollo de la civilización (...) Solo una generación atrás los aborígenes walbiri de Australia todavía vivían en grupos pequeños en una economía cazadora-recolectora (... y aunque) eran guerreros, su modo de combatir no se parecía a lo que llamamos guerra. Muy pocos caían muertos; no había jefes, ni estrategias, ni tácticas; y solo el grupo con el mismo parentesco, afectado por el problema en cuestión -a menudo la venganza por una muerte, o un ritual ofensivo de otro grupo y casi nunca por territorio- participaría en la lucha” . Entre los walbiri “casi no había razones para las guerras. La esclavitud era desconocida; eran pocos los objetos transportables; el territorio obtenido en la victoria era un problema para los ganadores, cuyos lazos espirituales estaban en otros lugares”.

En las pinturas de abrigos y cuevas levantinas, probablemente de hace cinco o seis mil años, hallamos las primeras representaciones conocidas de lucha: arqueros que se disparan flechas y un herido se retira (Abrigo de Les Dogues, Castellón). En otra escena un arquero camina herido por una flecha (cueva de la Saltadora, Castellón). En las cuevas francesas de Cougnac y de Pech-Merle apareen figuras antropomorfas atravesadas por jabalinas o azagayas.

Aunque en el Paleolítico se detectan muertes violentas, es en el mesolítico cuando se advierten señales inequívocas de confrontación. Las bandas mesolíticas se enfrentaron a muerte. Quizá todavía no era la guerra, pero violencia si había y si no era un contencioso por tierras lo sería por ganado o, sobre todo, por mujeres, el bien más apreciado del hombre o la comunidad.

Según el economista francés Jacques Attali: “Cada grupo guarda celosamente a sus mujeres, que poseen colectivamente (...) todo hombre soltero es un peligro, porque, en la búsqueda de mujeres, es el principal enemigo del grupo, contra el que hay que defenderse” (“Historia de la propiedad”, Planeta 1989). La mujer era imprescindible: la perpetuación del clan, el cuidado y la educación de los hijos, la custodia del hogar, el tratamiento de los alimentos, la fabricación de vestidos, la recolección… Por ello “todo hombre de un clan no existe realmente si no es propietario de una mujer. El desprovisto de mujer es peligroso para el orden porque no puede alimentarse...”. Por tanto, el cazador sin mujer suscitaría conflictos.

“Más adelante, el nomadismo conduce a encuentros globales y periódicos entre clanes y propicia la toma de mujeres extranjeras: la primera forma de exogamia sucede, sin duda, en el curso de celebraciones, culminadas por el encuentro sexual colectivo entre dos clanes”. Refiriéndose a lo que sucedía hacia el sexto milenio a.C. en la época de las mencionadas representaciones levantinas, Attali comenta que, al margen de la compra de mujeres por los métodos establecidos, la apropiación se realizaba frecuentemente por la fuerza: “Las jefaturas guerreras afirman la superioridad de los hombres y se apoderan de las mujeres de otros clanes y las convierten en cosas, en bienes muebles, en objetos de tráfico y acumulación. Por eso, en sánscrito, la palabra vivâha, que significa matrimonio, deriva del vivah, raptar”.

Un momento creador

Durante el Neolítico comienza la organización del trabajo, la especialización y al comercio de productos artesanales. La piedra pulimentada denominó al período: era más sólida y de corte más duradero que las piedras talladas, con la ventaja adicional del reafilado, lo cual prolongaba la duración el instrumento. El pulido de hachas, azadas y azuelas impulsa la agricultura, el trabajo de la madera y fabricación de armas más eficaces y la guerra, que permite a los más fuertes, hábiles y osados depredar los más prósperos. Poco después, los más belicosos y codiciosos atacan los establecimientos más indefensos que se defienden rodeándose de empalizadas y organizándose para repeler a merodeadores o comunidades agresivas.

La guerra tuvo consecuencias socioeconómicas extraordinarias: nuevas profesiones artesanales: carpinteros, tallistas de piedras duras, cordeleros, curtidores, talabarteros… que construían, hachas, ondas y propulsores -utilizados ambos hace más de diez mil años-, arcos, flechas jabalinas y lanzas en grandes cantidades y nacen las protecciones contra tales armas: el escudo, el casco, las grebas… La guerra determinaba vencedores y vencidos: aquellos se enriquecían con el botín, estos lo perdían todo, incluida la libertad: comienza la esclavitud.

La población del Mundo en el Neolítico sería de unos diez millones de seres que vivían en diferentes estados de desarrollo. La población sedentarizada, urbanizada, poseedora de animales y sembrados, tejedora de fibras y lanas y fabricante de cerámica sería minoritaria, el resto seguiría nomadeando y, frecuentemente, acechando a los más ricos para apoderarse de sus mujeres, rebaños, enseres y reservas de víveres. Hubo que defender el poblado y, por tanto, adquirir habilidades guerreras.

La defensa de la tierra

La sedentarización proporciona la identidad. De la tierra surgen las cosechas y los pastos, sobre ella crecen los poblados y se entierra a los muertos y por ella se lucha y se muere. Esa tierra recibe un nombre y sus miembros, una lengua. “La forma en que los pueblos adquieren su nombre y su lengua sigue siendo un gran misterio (...) El nombre constituye su identidad, lo define y hace de él un sujeto: no puede abandonarlo ni cambiarlo. En las primeras lenguas, las palabras pueblo, patrimonio, propiedad, territorio y familia se confunden en una sola” (Attali).

Si el territorio se pierde y pasa a propiedad del conquistador, éste la da su nombre; el antiguo desaparece y sus habitantes se convierten en esclavos o apátridas o extranjeros o en malos espíritus… Quien ha perdido su tierra ha dilapidado la herencia de sus antepasados, donde reposan sus huesos, que le maldecirán porque, según muchas creencias, eso les impedirá resucitar. Por eso, la tierra hay que defenderla hasta la muerte. Según Herodoto, los psilos, afincados junto al golfo de Sirte, casi desaparecen cuando el viento secó las lagunas que les proporcionaban agua y pesca. Los psilos declararon la guerra al viento y salieron al desierto a combatirle y sucumbieron enterrados por la arena, pero su valor atemorizó al viento, que dejó de soplar y la vida volvió a las lagunas.

La tierra se convierte en fundamental para la vida por ello requiere el esfuerzo para cultivarla, embellecerla, mejorarla. Para muchos pueblos neolíticos la tierra era la madre de los hombres, por tanto se debía vivir de ella y sobre ella y ser enterrado en ella, volviendo al seno materno. Por tanto, constituye una propiedad inalienable. Un jefe de los “Pies negros”, se negó a firmar hace dos siglos una cesión territorial a los blancos porque: “Todo el tiempo que el sol brille y que el agua corra, esta tierra estará aquí para dar vida a los hombres y a los animales (...) Fue colocada aquí por el Gran Espíritu y nosotros no podemos venderla porque no nos pertenece”. Los Pies negros lucharon hasta casi su extinción; al alborear el siglo XX apenas quedaban unos 20.000.

Homo Belicus

Fernando Calvo, reconocido especialista en asuntos militares, publica “Homo Bellicus” (Arzalia Ediciones, Madrid 2021, 591 págs. 22,75 Euros), una historia de la conflictividad humana que ha caracterizado todas las épocas y, para separarlas bien, el autor introduce en las cuatro partes en que ha dividido el libro elementos materiales y tecnológicos característicos de los diversos momentos de la Historia: “Piedra y Metal” es la primera parte que abarca desde el Paleolítico hasta el ocaso medieval; “Sal y azufre”, segunda parte, no solo comprende el mundo de la pólvora sino, también, el nacimiento de un mundo nuevo tras el descubrimiento de América, los avances alimentarios y económicos que supuso y la tecnología naval/militar que propició; “Carbón y petróleo”, tercera parte, nos abren a otra etapa histórica: las contiendas del mundo de la revolución industrial, cerrada por las dos guerras mundiales; finalmente, “Uranio y Bits” nos abocan a la Guerra Fría, a cuatro décadas de confrontación interpuesta entre dos mundos, al capitalista y el comunista, con una fantástica revolución en marcha: los ordenadores, la informática, cuyos avances han condicionado nuestra vida al tiempo que abren una nueva era política y un tipo nuevo de confrontación en la que las potencias se espían, se agreden o se defienden en una ciberguerra de consecuencias incalculables.
No es por tanto un libro de cronología militar, ni de historia de batallas, aunque de eso también hay, sino una historia del hombre y de la evolución de sus recursos para conseguir sus intereses.