Cultura

Las batallas más importantes de la Historia de España, provincia a provincia

En unos casos por que cambiaron el rumbo de la historia, en otros por lo épico de lo sucedido, en algunas por el heroísmo de los protagonistas y en otras por el elevado número de bajas... pero todas ellos son recordadas aún hoy

La Península Ibérica ha sido, a lo largo de su dilatada Historia, tierra de paso de distintas culturas y civilizaciones. Su territorio ha sido disputado por íberos, astures, visigodos, romanos, cartagineses, musulmanes, franceses... Podríamos hacer un recorrido por nuestra geografía a través de las batallas que han ido salpicando de sangre y valor cada rincón.

No ha sido fácil elegir una por cada provincia, en unos casos por pocas y en la mayoría por muchas, pero esta es nuestra lista.

Álava

La batalla de Vitoria fue librada el 21 de junio de 1813 entre las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte en su huida y un conglomerado de tropas españolas, británicas y portuguesas al mando de Arthur Wellesley, el futuro duque de Wellington.

En la mañana del 21 de junio, las tropas británicas empezaron a abrirse paso hacia los Altos de la Puebla. Fueron los españoles de la 1.ª División, al mando del general Morillo, los primeros en lanzarse colina arriba. La 2.ª división angloportuguesa se unió a la lucha y los franceses fueron desalojados de los Altos de la Puebla.

Tras una serie de duros enfrentamientos, portugueses y británicos al mando de Thomas Picton rompieron el frente central francés y las defensas napoleónicas se derrumbaron. Los franceses iniciaron entonces una huida desesperada hacia la frontera de su país.

Consumada la victoria aliada, el general Álava tomó una unidad de caballería británica y penetró en su ciudad natal evitando que vencedores y vencidos realizaran saqueos en la ciudad.

La victoria aliada sancionó la retirada definitiva de las tropas francesas de España (con la excepción de Cataluña) y forzó a Napoleón a devolver la corona del país a Fernando VII por el tratado de Valençay de 1813. El acuerdo definitivo de paz entre la España del ya rey Fernando VII y el nuevo rey de Francia Luis XVIII se firmó el 20 de julio de 1814.

Pese a que la suerte ya estaba prácticamente echada para los franceses, que estaban en retirada, la batalla de Álava fue especialmente dura en bajas, ya que se produjeron, entre el bando napoleónico, 5.000 muertos o heridos y 3.000 prisioneros, mientras que para los anglo-españoles supuso 5.158 muertos o heridos: 3.675 británicos; 921 portugueses y 562 españoles.

Albacete

La batalla de Almansa tuvo lugar el 25 de abril de 1707 en las proximidades del puerto del mismo nombre en Albacete. La batalla se llevó a cabo entre los partidarios de Felipe V de Borbón y los seguidores del Archiduque Carlos de Austria en el marco de la Guerra de Sucesión al trono de España que se produjo tras la vacante producida por la muerte de Carlos II el Hechizado.

La Batalla de Almansa, óleo sobre lienzo, 161 x 390 cm, Madrid, Museo del Prado.
La Batalla de Almansa, óleo sobre lienzo, 161 x 390 cm, Madrid, Museo del Prado. FOTO: Buonaventura Ligli (Ventura Lirios) y Filippo Pallotta

En el invierno de 1706, el archiduque Carlos de Austria tiene su corte establecida en Valencia. Sus mandos militares, el portugués Antonio Luis do Sousa, Marqués Das Minas y el hugonote francés Henry Masué, Conde de Galway deciden, a primeros de abril de 1707, avanzar sobre Madrid con sus 18.000 hombres entre portugueses, holandeses, ingleses, franceses protestantes y alemanes.

Felipe V reúne un último ejército y le entrega el mando a James Fitz-James, Duque de Berwick, que, con sus 25.000 hombres cortará el paso de la ruta Madrid-Valencia en las cercanías de Almansa. En su ejército hay franceses, españoles, italianos, belgas e irlandeses.

La batalla comienza a las 15h. con un breve duelo artillero de ambos ejércitos, al que prosigue el avance de la caballería española, en la zona del Cerro Montizón y Arroyo de Los Molinos, donde se trabarán feroces combates entre españoles y anglo-holandeses.

El contraataque aliado en el centro, romperá las líneas borbónicas, que gracias al envío en su ayuda del regimiento de caballería Órdenes Viejo logran estabilizar la situación en el frente. Berwick ordena entonces a la brigada de infantería franco-irlandesa Duc du Maine que apoyen a la caballería española en su nuevo ataque. La izquierda aliada es derrotada y perseguida. La infantería portuguesa de su ala derecha, abandonada por su caballería, será destrozada. Trece batallones, entre ingleses, portugueses y holandeses, lograrán retirarse ordenadamente del combate y llegarán, casi de noche, a unas colinas situadas tras Casas del Campillo.

La victoria de su ejército deja abierto el camino para que Felipe V recobre en poco más de un mes el control de todo el Reino de Valencia y parte del de Aragón.

La Batalla de Almansa, que dejó más de 5.000 muertos, da un giro inesperado a la guerra, deteniendo la ofensiva Aliada en toda Europa.

Alicante

Orihuela ha sido quizás la localidad alicantina más golpeada por los conflictos armados, en una provincia que no ha visto grandes batallas. El asedio de Orihuela, en 1364, o la batalla en esta localidad durante las luchas cantonalistas en 1873 son algunas, pero quizás la más significativa fue la que tuvo lugar en 1521, también conocida como “batalla de Bonanza” y como la “jornada de Orihuela”.

Se trato de un enfrentamiento entre las tropas agermanadas capitaneadas por Micar Bocanegra, Fray Miguel García y Pere Palomares; y las realistas encabezadas por don Pedro Fajardo y Chacón, marqués de los Vélez, y el gobernador de Orihuela el 30 de agosto de 1521 en las inmediaciones de Orihuela.

Los hechos estuvieron marcados por fuertes disputas internas en los agermanados (moderados contra radicales), hecho que provocó una importante merma en sus fuerzas.

La batalla se desarrolló en el margen izquierdo del río Segura, en las cercanías de la pedanía del Rincón de Bonanza. En ella participaron una fuerza de rescate procedente de Játiva, compuesta por 4.000 soldados de infantería y seis tiros de campaña, a las órdenes de Fray Miguel García, soldado veterano en las guerras de Italia que conocía las tácticas militares de la época; y el castellano Micar Bocanegra, junto a la fuerza de combate liderada por Pere Palomares, capitán de Orihuela, y sus más de mil hombres procedentes de las poblaciones de la Vega Baja del Segura.

La derrota de los agermanados fue decisiva para la Revuelta de las Germanías. En ella perdieron la vida más de 2.000 hombres y fue acompañada de una importante represión, con la ejecución de cuarenta agermanados y la caída en manos realistas del sur del Reino de Valencia, desde Alicante hasta Onteniente.

La Rebelión de las Germanías fue una revuelta en Valencia y Mallorca a inicios del reinado de Carlos I entre 1519 y 1523, paralela en el tiempo a movimiento de las Comunidades en Castilla (los comuneros) tras la cual estaba el levantamientos de las Germanías, hermandades cristianas que planteaban peticiones determinadas y que nunca llegaron a constituir un programa político.

Almería

Las tierras almerienses no han sido escenario de grandes batallas. Sin embargo, las ciudades costeras de la provincia sí que han sido tristemente objeto de numerosos bombardeos y asaltos desde el mar. Quizás el más triste y duro, aunque no pueda definirse estrictamente como una batalla, fue el bombardeo de la ciudad de Almería el 31 de mayo de 1937 por parte de buques de la Marina de Guerra de la Alemania nazi que ayudaba a Franco en la Guerra Civil.

El 29 de mayo de ese año, aviones republicanos SB-2 lanzaron sus bombas sobre el acorazado de bolsillo alemán “Deutschland”, cerca de Ibiza, provocando 31 muertos y 74 heridos. En respuesta, Hitler dio órdenes de bombardear la capital almeriense.

El acorazado de bolsillo Admiral Scheer apareció junto a cuatro destructores alemanes, y, a las 7:29 de la mañana, abrieron fuego contra las instalaciones portuarias y cualquier barco que se encontrase en el puerto. Posteriormente, las baterías de costa delataron su posición al intentar repeler sin éxito el ataque, por lo que pasaron a ser un nuevo blanco. La escuadra alemana realizó 275 disparos durante una hora antes de retirarse.

El ataque se saldó con una treintena de muertos, 55 heridos y 35 edificios destruidos. Los buques alemanes en ningún momento ocultaron su nacionalidad, mostrándose como una fuerza naval que ejecutaba órdenes directas del III Reich.

Toda la ciudad de Almería se vio afectada y entre los edificios dañados se encontraban la catedral, la iglesia de San Sebastián, dos hoteles, un banco, el mercado, la escuela de artes, la estación de ferrocarril, el ayuntamiento y la sede de la Cruz Roja.

Asturias

Batalla de Covadonga. Dicen que el cadáver del rey visigodo don Rodrigo nunca fue hallado, tan solo su caballo, cubierto de joyas y atrapado en el fango del campo de batalla de Guadalete. Allí pereció la flor y nata del ejército visigodo y, a los pocos años y tras algunos enfrentamientos más, la práctica totalidad de la Península estaba en manos de los invasores venidos del norte de África. Derrotados y perseguidos –a decir de la crónica de Alfonso III– los godos «sucumbieron, unos al filo de la espada y otros a los impulsos del hambre».

Batalla de Covadonga
Batalla de Covadonga

Sin embargo, tanto las crónicas árabes como cristianas refieren que, al poco de culminarse la conquista islámica de la Península, estalló una revuelta en las montañas del norte. La rebelión debió de producirse en torno al año 718, o poco después. En efecto, las crónicas musulmanas refieren que uno de los valíes (gobernadores musulmanes de al-Ándalus) llamado Anbasa (721-725), duplicó el monto de los impuestos que debían pagar los cristianos, lo que provocó que estos se sublevaran en varias zonas peninsulares. Las crónicas mencionan al líder de esta revuelta en Asturias, Pelayo, de quien una fuente cristiana dice que antes había sido «espatario» (jefe de la guardia palatina) de los reyes godos Witiza y Rodrigo, mientras que otra fuente afirma que tenía «estirpe regia», es decir, estaba emparentado con los reyes visigodos.

Según las crónicas, Pelayo logró escapar de su cautiverio cordobés y regresó al norte. Los musulmanes enviaron un contingente para apresarlo, pero sin éxito. Pelayo reunió a todos cuantos le fue posible, fue elegido príncipe y se alzó en armas contra Munuza.

Un ejército andalusí, liderado por Alqama, viajó desde Córdoba para sofocar el levantamiento. El encuentro entre ambos ejércitos se produjo en la sierra de Covadonga, en las proximidades de la cueva-santuario que la tradición reconoce como escenario del enfrentamiento. Y es que, según esta misma, los pelagianos se refugiaron en la gruta, mientras que los musulmanes se limitaron a lanzar proyectiles que «milagrosamente» rebotaban y provocaban bajas entre los suyos. Casi con toda probabilidad se trata de una mitificación de una batalla que, en realidad, se produjera en el valle, próximo a la cueva pero no en la propia cueva.

Fuera por el viento o por intercesión divina, lo cierto es que el contingente musulmán fue derrotado y la rebelión de Pelayo pudo prosperar, lo que permitió la aparición y supervivencia de un Estado independiente y refractario de Córdoba que, con los años y tras innumerables peripecias, acabaría plantando el germen del reino de Asturias. De este modo, un hecho en apariencia irrelevante, como fue la derrota de un pequeño contingente musulmán en la batalla de Covadonga, acabaría teniendo una extraordinaria repercusión en la historia peninsular.

Ávila

Durante siglos las tierras abulenses fueron frontera entre los reinos cristianos del norte y los musulmanes del sur, que lanzaron numerosas razzias sobre esta zona. Al mismo tiempo, eran tierras disputadas entre los reinos de Castilla y León por lo que la Edad Media fue una época de zozobra e inseguridad.

Ávila, como ahora, era una ciudad amurallada y sus aparentemente inexpugnables muros únicamente podían ser vencidas con un largo asedio o aprovechando un gran descuido de los defensores. Esta fue la ocasión que se les presentó a los batallones musulmanes en el siglo XII: durante el reinado de Alfonso VI de Castilla, en el siglo XII, las tropas abulenses salieron de la ciudad en dirección hacia el Puerto de Menga para combatir contra los musulmanes. Sin embargo, se trataba de una trampa para que la ciudad quedara desprovista de guarniciones y así permitir el asedio de las fuerzas musulmanas. Mientras el esposo de Ximena, Fernán López Trillo (alcalde de la ciudad), había partido con las fuerzas bélicas, Blázquez quedó como gobernadora de Ávila.

Creyendo los musulmanes que su plan para sacar las tropas de la ciudad había funcionado, realizaron los primeros movimientos para cercar la ciudad. Al advertir el movimiento de las tropas enemigas, Ximena reunió a todas las mujeres, ancianos y niños y ordenó que tomaran las armas, escudos y ropajes que habían quedado de los hombres, que se cubrieran con cotas de malla, ropas de guerreros, cascos de metal y yelmos (en el caso de las mujeres para ocultar el pelo largo y su cuerpo femenino). La población así disfrazada se colocó en las zonas más altas y visibles de la muralla, encendieron antorchas y teas, gritaron y tocaron las trompetas de guerra para simular un ejército.

Los informadores de los árabes, al ver lo que parecía una ciudad fuertemente defendida, comunicaron a su caudillo Abdalla Alhazen que la ciudad no estaba desocupada. Al considerar que Ávila estaba fuertemente defendida y que no traían ingenios para un largo asedio se retiraron sin intentar el asedio siquiera. Jimena había salvado a la ciudad y evitado el derramamiento de sangre.

Descubierta a la mañana siguiente la retirada, Blázquez y sus hijas con las demás mujeres, fueron a la iglesia de los Mártires y a San Salvador, y dieron gracias a Dios por la victoria que les había dado sin pelear.

Badajoz

El conocido como tercer asedio de Badajoz tuvo lugar entre el 16 de marzo y el 6 de abril de 1812 en el transcurso de la guerra para expulsar a las tropas napoleónicas de España. En este caso, los contendientes fueron un ejército anglo-portugués por un lado y otro francés acantonada en la ciudad extremeña, situada junto a la frontera hispanolusa.

Las tropas “aliadas” estaban dirigidas por Arthur Wellesley, por aquel momento conde de Wellington. El sitio se convirtió en uno de los más sangrientos de las Guerras Napoleónicas y fue una victoria costosa para los británicos, con unos 4.800 soldados aliados muertos o heridos en unas pocas horas de intensos combates. Enfurecidos por la gran cantidad de bajas, las tropas vencedoras arrasaron la ciudad, mataron incluso a varios de sus propios oficiales que intentaron detener el saqueo, y asesinaron o hirieron a cientos de civiles pacenses tras tres días de caos.

Barcelona

La batalla del Bruch es el nombre de dos enfrentamientos que tuvieron lugar entre tropas españolas y francesas en las inmediaciones de la localidad barcelonesa del Bruch durante la guerra de la Independencia Española.

Tras la rebelión de los madrileños el 2 de mayo de 1808 numerosos pueblos se alzaron también contra los franceses, uno de los cuales fue el barcelonés de Manresa. Así, en Barcelona, el general Duheseme dio ordenes al general Schwartz a acudir a esta localidad y someterla. Éste salió de la capital catalana el 4 de junio con unos 4.000 hombres, pero al poco hubo de parar en Martorell a causa de las torrenciales lluvias caídas, lo que dio tiempo al somatén, un cuerpo a medio camino entre la milicia urbana y una especie de protección civil, para armarse.

El 6 de junio los soldados franceses llegaron a la zona del Bruch (hoy el pueblo se llama Bruc) y cayeron en una emboscada por parte de los españoles que les obligaron a retirarse, primero a Martorell y después a Barcelona, de donde habían salido.

El desconcierto aumentó cuando oyeron el tambor que hacía sonar un somatén de Santpedor, cuyos redobles, multiplicados por el eco de las montañas de Montserrat, hicieron creer a los franceses que un gran número de tropas españolas acudían al combate. De ahí nació el mito del tambor del Bruch.

En su huida fueron recibiendo el ataque constante de los guerrilleros y de la propia población civil, como en Esparraguera. Este primer combate del Bruch costó a los franceses unas 400 bajas, la pérdida de un águila, un cañón y 34 caballos.

Sin embargo, los franceses, lejos de rendirse, mandaron un nuevo ejército con 7.000 hombres que marchó hacia Manresa de nuevo el 12 de junio. De nuevo en el Bruch, los somatenes con ayuda de soldados del Ejército español llegados de Lérida, entablaron combate con las tropas napoleónicas el 14 de junio y volvieron a verse obligados a retroceder castigadas por el fuego artillero.

Era la primera derrota que sufría el Ejército francés en España.

Burgos

La batalla de la Morcuera fue una batalla librada en el desfiladero de la Hoz de la Morcuera, muy cerca de Miranda de Ebro, el 9 de agosto de 865, entre las tropas cristianas de Ordoño I y los musulmanes de Mohamed I de Córdoba saldándose con la derrota cristiana retrasando así el avance de la Reconquista.

En el año 865, Mohamed I atacó el Reino de Asturias durante el reinado de Ordoño I por el desfiladero de la Hoz de la Morcuera, defendido por el conde castellano Rodrigo. El ejército cordobés sorprendió al leonés en el valle de Miranda de Ebro llegando hasta Salinas de Añana. Tras saquear la zona Rodrigo de Castilla intentó cortar la retirada musulmana en Pancorbo, pero los cordobeses se percataron de la estrategia y escaparon por la cuenca del río Oja.

Según el historiador Claudio Sánchez Albornoz en su obra “Orígenes de la nación española”, el 8 de agosto comenzó la batalla. Los musulmanes atacaron de frente a los cristianos, que aguantaron la acometida en las trincheras y se entabló una lucha encarnizada. Los cristianos, poco a poco, se vieron obligados a retroceder y se acogieron a la segunda línea de defensa: el cerro del extremo final de la hoz.

A la mañana siguiente los musulmanes reanudaron el combate y los cristianos pronto cedieron ante el empuje de las tropas de Abd al-Malik. En su desorganizada huida fueron perseguidos por los musulmanes, que hicieron una carnicería y apresaron gran número de combatientes. De los que huyeron, muchos murieron ahogados en el Ebro al tratar de cruzarlo.

Las bajas del conde Rodrigo, que actuaba como segundo del rey Ordoño I, fueron considerables. Las crónicas árabes hablan de unos 20.000 infieles muertos (”Después de la batalla se reunieron veinte mil cuatrocientos setenta y dos cabezas”, cuenta el historiador musulmán Ibn Idari en su libro al-Bayan al-Mughrib). En cualquier caso, la derrota sufrida fue lo suficientemente grave como para retrasar algunos decenios la repoblación cristiana de la Meseta Central, tarea que tendrá que proseguir su hijo Alfonso III.

Cáceres

Se conoce como Batalla de Sierra Guadalupe al conjunto de operaciones bélicas sucedidas en la zona de Guadalupe, Trujillo y Navalmoral de la Mata que tuvieron lugar durante la segunda mitad de agosto de 1936, como paso previo a la llegada al valle del Tajo por parte del Ejército de África.

Los republicanos, para resistir este avance desde el sur, disponían del general Manuel Riquelme y sus cerca de 9.000 hombres que fueron establecidos a toda prisa por las montañas del Sistema Central y el valle del Tajo. Popularmente eran conocidos como el Ejército de Extremadura, aunque esta fuerza distaba mucho de ser un ejército digno de tal nombre. De hecho, en muchos casos se negaron a cavar trincheras, a cumplir órdenes o, incluso, a colaborar en los ataques. Desde Valencia también llegó la famosa Columna «Fantasma», al mando del capitán de la Guardia civil Manuel Uribarri.

Enfrente se encontraban las aguerridas tropas del Ejército de África, que constituían la fuerza de elite de los franquistas. Desde su salida de Sevilla a principios de agosto, habían creado el terror en la Extremadura republicana. Masacres como la de Almendralejo o la de Badajoz provocaban un gran miedo entre los milicianos, que muchas veces ante el peligro de quedar cercados huían desorganizadamente.

La batalla fue una nueva derrota para los republicanos en su intento por frenar el avance de las tropas sublevadas antes de llegar al Tajo, lo que ya se consideraba una amenaza grave para Madrid. Los sublevados, por su parte, aseguraban sus conquistas en Extremadura a la vez que preparaban el camino para el avance a lo largo del Tajo con el objetivo puesto en Madrid.

Coincidiendo con esta derrota, comenzaron los bombardeos aéreos sobre la capital, los cuales aumentaban la sensación de inseguridad e indefensión entre los civiles madrileños y miembros del gobierno.

Cádiz

La provincia de Cádiz es, seguramente, una de las que más batallas históricas ha vivido. Por su situación geográfica, tan cercana a las costas africanas y bañada por el Estrecho de Gibraltar, ha sido pieza codiciada por todas las civilizaciones que por aquí han pasado. Trafalgar, Trocadero, el asedio de Cádiz... son solo algunas de las más conocidas, pero en este caso, por lo que de importante tuvo para el futuro de España hemos destacado la batalla de Guadalete, pues supuso la entrada de los musulmanes a la Península y casi ocho siglos de presencia de estos en estas tierras.

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete. Cuadro de Bernardo Blanco y Pérez (1871).
El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete. Cuadro de Bernardo Blanco y Pérez (1871). FOTO: Bernardo Blanco y Pérez

Así, el año 711 está grabado a fuego en la memoria colectiva de los españoles. Fue entonces cuando un ejército norteafricano comandado por Tarik desembarcó en Gibraltar. El rey visigodo Rodrigo acudió a hacerle frente, pero fue traicionado por una parte de sus propias tropas y pereció en la batalla. Su cadáver no fue encontrado, tan solo su caballo, ricamente enjoyado, semihundido en el lodo del campo de batalla de Guadalete (o de la Janda).

La derrota fue tan completa que supuso el final del Estado visigodo en la península ibérica. Una de las causas del éxito de la invasión musulmana en la península fue la inestabilidad de la monarquía visigoda, provocada por luchas internas por la sucesión al trono y que su rey, Rodrigo, se encontraba luchando en el norte contra los vascones y tardó dos semanas en recibir la noticia del ataque, llegando tarde al sur, al Guadalete para luchar contra el bereber Tariq, partiendo ya desde una desventaja, unida además a la posterior traición de los partidarios de Witiza, que abandonaron el ejército visigodo pasándose al bando musulmán.

Algunos estudiosos contemporáneos negaron la ubicación tradicional de la batalla y sostuvieron que tuvo lugar entre Medina Sidonia y la laguna de La Janda, lo que hizo que en tiempos más recientes se haya conocido también como batalla de la laguna de La Janda o del río Barbate. Sin embargo, Sánchez Albornoz, que reconstruyó los hechos a partir de los archivos cristianos y las crónicas árabes, aportó nuevos datos y testimonios que respaldaban que Wadi Lakka era efectivamente el río Guadalete, y que sería cerca de la despoblada ciudad hispanorromana de Lacca (acaso el Castrum Caesaris Salutariensis), junto a la fuente termal del Cortijo de Casablanca, a 7 km al sur de Arcos de la Frontera, en la Junta de los Ríos Guadalete y Majaceite, precisamente donde los antiguos habían situado el encuentro bélico.

Cantabria

La Batalla de Ramales fue una batalla de la Primera Guerra Carlista que tuvo lugar entre el 17 de abril y el 12 de mayo de 1839 en la localidad de Ramales de la Victoria, en Cantabria. El choque enfrentó a las fuerzas liberales mandadas por Baldomero Espartero, con las carlistas, a cuyo frente se encontraba el general Rafael Maroto.

Las fuerzas liberales, que inicialmente duplicaban a las de los carlistas, llegaron a cuadruplicarlas al mantener Maroto en reserva, sin llegar a emplearlos, a 8 de sus 17 batallones; esto y el hecho de haber ordenado capitular a los defensores del fuerte de Guardamino, que defendía el comandante carlista Carreras, antes de haber sido atacados y cuando se encontraban física y moralmente dispuestos a defenderse hasta el último extremo, hizo que el general carlista fuera acusado de complicidad con Espartero, pese a que se les hubieran explotado varios cañones mal fabricados en Guriezo.

También se cree que siendo los mandos cántabros apostólicos, no mantenían una buena relación con el general Rafael Maroto, ni con Cástor de Andéchaga, lo que contribuyó a que los mandos carlistas pusieran en primera línea a los batallones cántabros en la batalla de Guardamino. Su conducta posterior hace que hoy se pueda asegurar que Maroto pudo haber sido más beligerante con Espartero.

Los carlistas se asentaban en Ramales y Guardamino y colocaron un cañón, “El abuelo”, dominando la carretera, lo que impedía el paso de la tropa. Hay varias versiones de cómo se logró pero lo más probable es que se utilizaron cohetes de guerra o incendiarios, los cuales llevaban en la cabeza un cartucho o proyectil que obligó a los 27 carlistas a salir de la cueva.

Ramales fue batido por la artillería de los isabelinos, superando las fortificaciones carlistas. Al retirarse, el batallón carlista acantonado en Ramales incendió el pueblo, quedando solo en pie la iglesia de San Pedro, la taberna y tres edificios.

El fuerte, tras una fuerte batalla donde corrió la sangre de las dos partes, capituló bajo la orden de Maroto sin necesidad de que fuera tomado por las fuerzas de Espartero.

La batalla se saldó con cerca de 2.000 bajas, casi un millar entre los carlistas y 835 entre los isabelinos.

Castellón

Si hay una ciudad en la provincia de Castellón que se haya visto envuelta en varias batallas y asedios, esa es el asedio de Morella. Hubo una primera batalla el 14 de agosto de 1084, entre las tropas mandadas por Rodrigo Díaz de Vivar del rey Al-Mutamán de la Taifa de Zaragoza y las de una coalición del ejército de Al-Mundir al-Hayib ‘Imad al-Dawla de la Taifa de Lérida y del rey de Aragón Sancho Ramírez.

Morella pertenecía entonces a la demarcación de Tortosa del rey taifa de Lérida. La batalla concluyó con la victoria decisiva del Cid y sus hombres, que hizo prisioneros a un importante número de magnates.

Tras la decisiva victoria lograda dos años antes por el Cid en Almenar para el rey Al-Mutamán ante otra coalición entre la taifa de Lérida y el conde de Barcelona y otros condes catalanes; esta (aplastante) sobre una nueva coalición con las tropas aragonesas habría hecho aumentar en grado sumo el prestigio de el Cid como guerrero, y es posible que en su estancia zaragozana (1081-1086) Rodrigo Díaz recibiese el apelativo de sidi (en árabe andalusí, ‘mi señor’), que daría origen al sobrenombre «Cid». De cualquier modo, tal fue la importancia para la Taifa de Saraqusta de esta victoria que, una vez conocida la noticia, el rey Al-Mutamán y su familia salió, junto con gran parte de la población, a recibir al Campeador a la localidad de Fuentes de Ebro (situada a 25 km al este de Zaragoza) para aclamar la llegada del castellano con un importantísimo botín.

En el siglo XIII la toma de Morella fue la primera acción de la conquista del reino de Valencia con éxito, en el año 1232 y durante las guerras carlistas la ciudad fue sitiada por los liberales en 1838, sin éxito, y dos años más tarde, en 1840, la toma de Morella fue el último enfrentamiento de la primera guerra carlista.

Ciudad Real

La batalla de Alarcos se libró junto al castillo de Alarcos, situado en lo alto de un cerro junto al río Guadiana, cerca de la actual ciudad española de Ciudad Real, el 19 de julio de 1195, entre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla y las almohades de Abū Ya’qūb Yūsuf al-Mansūr (Yusuf II). La batalla se saldó con la derrota de las tropas cristianas, lo cual desestabilizó al Reino de Castilla y frenó el avance de la reconquista unos años, hasta que tuvo lugar la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212.

Por la parte cristiana participaron en la batalla en torno a 25.000 caballeros cristianos por parte del Reino de Castilla al mando de Alfonso VIII y Diego II de Haro, mientras que por parte almohade hubo entre 20.000 y 30.000 guerreros, según las estimaciones más modernas.

Como consecuencia de la derrota cristiana, los almohades se adueñaron de las tierras entonces controladas por la Orden de Calatrava; seis meses después cayó la fortaleza de Calatrava la Nueva, entonces llamada castillo de Dueñas, y llegaron incluso hasta las proximidades de Toledo, donde se habían refugiado los combatientes cristianos que habían sobrevivido a la batalla. Desestabilizó al Reino de Castilla durante años. Todas las fortalezas de la región cayeron en manos almohades: Malagón, Benavente, Calatrava la Vieja, Caracuel, etc., y el camino hacia Toledo quedó despejado. Afortunadamente para Castilla, Abu Yusuf volvió a Sevilla para restablecer sus numerosas bajas y tomó el título de al-Mansur Billah (el victorioso por Alá).

En los dos años siguientes a la batalla, las tropas de al-Mansur devastaron Extremadura, el valle del Tajo, La Mancha y toda el área cercana a Toledo, aunque estas expediciones no aportaron más terreno para el Califato.

Córdoba

Aunque la provincia de Córdoba ha vivido grandes batallas a lo largo de su dilatada historia, desde la época romana incluso, quizás una de las más decisiva fue la batalla del Puente de Alcolea, el 28 de septiembre de 1868, que enfrentó a los militares sublevados contra la reina Isabel II y a las tropas realistas que se mantenían fieles. Tuvo lugar en el puente de Alcolea, sobre el río Guadalquivir en la barriada cordobesa de Alcolea. La derrota realista significó el final del reinado de Isabel II, que tuvo que marchar al exilio en Francia, de ahí su importancia histórica.

El 18 de septiembre había estallado la Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa. Los sublevados difunden un manifiesto titulado “España con honra”, en el que exponían las razones de su levantamiento, que no eran otras que la demanda de reformas políticas. En el manifiesto se pedía que tras exiliarse la reina se fundara un nuevo gobierno sin exclusión de partidos.

Los generales Prim y Topete encabezaron la insurrección contra Isabel II y comenzaron una marcha hacia Madrid. A su encuentro se dirigieron las tropas realistas de Manuel Pavía y Lacy, que avanzaron hasta Andalucía. El ejército realista estaba compuesto por unos 10.000 hombres. Los rebeldes, bajo el mando del general Serrano, formaban un ejército de tamaño similar, aunque con menos artillería. Entre unos y otros se estima que en total participaron en la batalla unos 18.000 hombres y unas 60 piezas de artillería.

El 28 de septiembre ambos ejércitos se encontraron. Pavía realizó un ataque frontal que fue contenido por las tropas rebeldes de Serrano. Para evitar la desmoralización de sus tropas, el propio Pavía en persona decidió acudir a la vanguardia, siendo herido gravemente en la cara por metralla. El general de estado mayor Jiménez de Sandoval tomó el mando y al anochecer, ordenó retirarse a las tropas y comenzaron las negociaciones. En total, hubo unas mil bajas entre muertos y heridos.

Las noticias llegaron rápidamente a Madrid. El Gobierno dimitió y la reina, que se encontraba en San Sebastián, se exilió a Francia.

La Coruña

Aunque las tierras coruñesas no han sido pródigas en batallas, no se puede decir lo mismo de sus mares, que han visto a las flotas española, francesa e inglesa pelear hasta la extenuación juntas o por separado: españoles y franceses contra los ingleses, españoles e ingleses contra los franceses, España contra Inglaterra o, incluso, franceses contra ingleses, como en el caso de la batalla de Elviña.

Sin embargo, hemos querido traer aquí un hecho mucho más significativo, sobre todo para los propios coruñeses, como fue la acción heroica de María Pita para salvar la ciudad de Sir Francis Drake. Según relata el propio Museo del Ejército, los ingleses devolvieron el ataque de la Armada Invencible a España con la llamada Contraarmada (la mayor derrota naval sufrida por los ingleses) y pretendían también arrebatar a Felipe II el trono de Portugal, del que se había apropiado en 1580. Isabel I de Inglaterra mandó una flota al mando del corsario (ahora nombrado almirante) Francis Drake.

Los ingleses, que habían desembarcado en La Coruña el 4 de mayo de 1589, estaban logrando progresos importantes a pesar de la tenaz resistencia de la guarnición. El 14 de mayo, la explosión de una mina en las murallas de la ciudad permitió al enemigo penetrar por una brecha y llegar a la lucha cuerpo a cuerpo. Cuando la situación era más crítica, una mujer, María Pita, cuyo marido había muerto combatiendo, acertó con una pica a derribar al Alférez abanderado que encabezaba el grupo asaltante, hermano del propio Drake, al tiempo que le arrebataba la bandera que portaba. Animados los defensores, se lanzaron contra los invasores, unos 12.000, con tal furia, que los ingleses se vieron obligados a retirarse. La tradición dice que este hecho se llevó a cabo al grito “quien tenga honra que me siga”.

María Pita estuvo casada cuatro veces y tuvo cuatro hijos. Al enviudar por última vez, el rey Felipe II le concedió una pensión que equivalía al sueldo de un alférez más cinco escudos mensuales y le concedió un permiso de exportación de mulas de España a Portugal.

Cuenca

La batalla de Uclés del año 1108 fue librada en la localidad conquense de Uclés el 29 de mayo de 1108, entre las tropas cristianas de Alfonso VI de León y las almorávides de Alí ibn Yúsuf, que resultaron vencedoras frente a las leonesas.

El caudillo almorávide Yusuf ibn Tasufin, que ya había derrotado a Alfonso VI en Zalaca (o Sagrajas) en 1086 había regresado a África por la muerte de su hijo, pero años más tarde regresa a la Península y se vuelve a ver las caras con las tropas del monarca castellano.

Los almorávides habían conquistado Valencia años antes, en 1102, desde donde pretendían extender su dominio en el centro peninsular por su flanco este, eligiendo el enclave de Uclés, un punto estratégico ya para romanos y celtíberos y que estaba bajo la protección del Alfonso VI, como primer objetivo.

Un gran ejército almorávide llega a la zona el 27 de mayo de 1108 tras arrasar todo a su paso en su avance. Informado Alfonso VI del movimiento de tropas enemigas y del cerco que habían impuesto a Uclés, reunió un ejército con las fuerzas que más rápidamente pudo disponer: las propias de Toledo, las de Alcalá de Henares, Calatañazor y las mesnadas de los condes Garci-Fernández, Conde Gomecio, Martín Lainez, García de Cabra, Sancho -nieto del Cid- y Fernando Díaz.

El viejo rey arrastraba una herida en la pierna y delega el mando en Álvar Fáñez, sobrino del Cid, aunque envía también a su hijo Sancho Alfónsez, fruto de las relaciones del monarca con la joven princesa Zaida.

Tras una dura batalla las tropas cristianas resultaron vencidas y el hijo del rey resultó muerto. Al quedar Alfonso VI sin heredero de sus reinos, se dio lugar a que lo heredara su hija, Urraca I de León. Las posteriores desavenencias matrimoniales de Urraca con su marido, el rey de Aragón Alfonso I el Batallador, originaron luchas intestinas que retrasaron la reconquista. Además se dio pie al nacimiento de Portugal, al pretender Teresa convertir en reino el condado que heredó de su padre.

Gerona

La batalla de Emporion fue una de las batallas de la revuelta de 197 a. C. de los pueblos íberos contra la dominación romana en el siglo II a. C.

La victoria de la república de Roma sobre Cartago en la segunda guerra púnica dejó Hispania en manos romanas. La transformación del territorio en provincia provocó importantes cambios administrativos y fiscales y la imposición del stipendium no fue aceptada por las tribus locales, de modo que en el 197 a. C., recién terminada la segunda guerra macedónica, estalló una gran revuelta en toda el área conquistada en Hispania a causa del expolio republicano.

Marco Porcio Catón el viejo, que contaba con un total de 50.000 hombres, desembarcó en Rhode, sofocando la resistencia de la guarnición hispana. El ejército romano desembarcó en Emporion, una casi isla rodeada de marismas donde coexistían la ciudad griega y la ciudad íbera separadas por una muralla, donde sometió a un duro entrenamiento a las tropas.

Cuando Catón consideró que estaban preparadas para enfrentarse a los indígenas en campo abierto, se dirigieron a castra hiberna, un segundo campamento situado a 3.000 pasos de la ciudad en tierra firme. Enfrente tenía a un ejército de unos 40.000 hombres, pero cuando llegó la siega, mucho de estos se dedicaron a las faenas agrícolas, momento que aprovechó Marco Porcio Catón para atacar.

Aunque los sublevados aguantaron los primeros embates, por la noche Catón atacó en cuña con tres cohortes, consiguiendo la desbandada de los íberos, así que atacó de noche el campamento enemigo logrando una aplastante victoria.

Marco Porcio Catón el viejo consiguió en pocos días la pacificación de toda la franja costera. Los poblados del interior de lo que ahora es Cataluña desaparecieron definitivamente.

Granada

Más que de una batalla, en el caso de Granada estaríamos hablando más de una guerra, la de la toma de Granada por los Reyes Católicos con la que se pondría fin a la presencia musulmana en España. Se le puso fin un 2 de enero de 1492 y había durado unos 10 años, aunque lo que realmente entendemos como toma de Granada duró apenas dos años. Así, en la última fase de la guerra de Granada las operaciones se limitaron al asedio de la ciudad, dirigido desde el campamento-ciudad de Santa Fe. Con más intrigas que acontecimientos militares, los Reyes Católicos exigieron a Boabdil la entrega de la ciudad en cumplimiento de sus tantas veces renovados pactos.

El 25 de noviembre de 1491 fueron firmadas las Capitulaciones de Granada, que concedieron además un plazo de dos meses para la rendición que no llegó a agotarse pues Boabdil acabó por entregar la ciudad el 2 de enero de 1492.

Boabdil comenzó retirándose a la zona de Las Alpujarras que le garantizaban los Reyes, pero finalmente, en noviembre de 1493, tras una fuerte indemnización, optó por huir de España, como la mayor parte de la élite andalusí.

En cualquier caso, desde un punto de vista militar, sí cabe decir que la guerra de Granada fue una de las primeras de la Edad Moderna, tanto por el armamento como por las tácticas empleadas: asedios con artillería, maniobras políticas... Significó una etapa intermedia clave en la evolución bélica de Occidente entre la Guerra de los Cien Años y las Guerras de Italia.

Guadalajara

Aunque la batalla de Brihuega, en 1710 en el marco de la Guerra de Sucesión Española, fue importante y supuso una seria derrota para el ejército británico, que se saldó con cerca de 2.000 muertos, quizás la que ha pasado a la historia es la conocida como batalla de Guadalajara, dentro de la Guerra Civil Española, que se desarrolló del 8 al 23 de marzo de 1937.

La batalla tuvo lugar en torno a la ciudad de Guadalajara y tenía como objetivo el avance de las tropas franquistas hacia Madrid por el norte, una vez que el frente suroeste se había estabilizado y los sublevados habían visto frenada su ofensiva.

Participaron el Ejército Popular Republicano y el Corpo Truppe Volontarie italiano, enviado por Mussolini para apoyar a Franco, con la Agrupación de carros de asalto y autos blindados, apoyado por otras unidades del Ejército sublevado, en concreto la División de Soria.

La batalla comenzó con una ofensiva italiana el 8 de marzo que concluyó el 11 de marzo, cuando las tropas del Ejército Popular Republicano debieron retroceder ante el empuje de los italianos, perdiendo varias localidades. Entre el 12 y el 14 de marzo, las fuerzas republicanas fueron atacadas por unidades del ejército franquista. La posterior contraofensiva republicana, que contaba con fuerzas de las Brigadas Internacionales, se desarrolló entre el 15 y el 18 de marzo y continuó hasta el día 23 de marzo.

La derrota italiana causó un fuerte desprestigio militar para Mussolini debido a la gran cantidad de material bélico destruido o abandonado en el campo de batalla, el elevado número de bajas (casi 4.000 soldados italianos entre muertos, heridos, y prisioneros) y el visible mal desempeño de los comandantes italianos. A pesar de ellos, el Duce decidió aumentar su intervención en la guerra española.

Paralelamente, tras la debacle italaina se decidió que el mando total de cualquier operación militar sería realizado únicamente por el Estado Mayor de Franco. La propia Aviación Legionaria enviada por Italia quedó subordinada al mando central de la Legión Cóndor alemana, todo lo cual implicaba una humillación para los jefes militares italianos, que además fueron casi todos (excepto Roatta) destituidos por Mussolini.

Guipúzcoa

La batalla de Irún fue un combate crucial en el conjunto de operaciones de la campaña de Guipúzcoa durante la Guerra Civil Española, antes de que comenzara la ofensiva del Norte. El hecho decisivo reside en que al tomar la ciudad guipuzcoana de Irún, se cortaba la vía de comunicación terrestre con Francia, reduciendo en gran medida el suministro de armamento a la franja norte que se mantenía fiel a la República. Después de la sublevación militar del 18 de julio y la rendición de los cuarteles de Loyola, Guipúzcoa se había mantenido en su totalidad fiel a la República. No obstante, desde el primer día Mola había intentado enviar columnas para hacerse con el control de la provincia y cortar la comunicación con la frontera francesa. Después del fracaso de los sublevados en San Sebastián, la posibilidad de una rápida conquista se esfumaron y ante la falta de tropas la situación se estabilizó.

El teniente coronel Alfonso Beorlegui fue el encargado de dirigir a las fuerzas sublevadas en su avance hacia Irún. Se produjeron una serie de ataques que se prolongaron durante todo el mes de agosto pues, aunque fue el 27 de agosto cuando las tropas llegaron a los alrededores de la ciudad, el 9 ya se lanzó el primer aviso, rápidamente frustrado por la resistencia republicana.

Una vez en los alrededores, comenzó la lucha cuerpo a cuerpo. Aunque las fuerzas republicanas se encontraban bajo gran presión por falta de suministros, el fuerte de San Marcial pudo resistir varios días ante los sublevados, hasta que se quedaron sin munición y los disparos llegaron a la ciudad.

El 5 de septiembre Irún cayó en manos de los sublevados, a través de una batalla que usarían como ejemplo para el resto de la guerra y que supuso un duro golpe para la República. Una vez tomado el paso fronterizo, el ejército continuó hacia la captura de San Sebastián hasta la frontera de Vizcaya.

Huelva

No son las tierras onubenses pródigas en batallas, pese a ser tierra fronteriza. Por destacar alguna, las batallas de la Isla de Saltés o la Guerra de la Restauración portuguesa en la Sierra de Arocha, ambas con Portugal. Sí destacaría, sobre todo por su crueldad, el saqueo de Niebla.

Tras la muerte de Felipe el Hermoso y su vuelta a la regencia, Fernando el Católico intentó acabar con los últimos núcleos de resistencia a su autoridad. En el caso del condado de Niebla, solicitó a Pedro Girón que le cediera la tutela del conde. El regente ofreció casarlo con una de sus nietas, rompiendo así el compromiso previo de Enrique de Guzmán con María Girón, hermana de su tutor. Pedro Girón rehusó, acelerando el matrimonio previsto, que se celebró sin aprobación real.

Ante el desafío, Fernando el Católico ordenó a Girón la entrega a la Corona de las fortalezas del señorío. Girón rechazó hacerlo, alegando que su cuñado era ya un hombre casado y, por tanto, con pleno dominio sobre su hacienda. El rey decidió desterrar a Girón, que huyó a Portugal llevando con él al conde de Niebla.

La huida de Enrique de Guzmán provocó que el rey lo declarase en rebeldía y decretase que sus territorios pasaran a la Corona. Todos los alcaides obedecieron a excepción del de Niebla, Rodrigo Mexía, que mantuvo obediencia al duque.

Fernando el Católico ordenó el asalto de la ciudad. Fue encargado al alférez Mercado, que se encontraba acantonado en Utrera con más de 1500 hombres y grupos de mercenarios europeos. El asalto no se llevó a cabo porque Pedro Girón capituló, pero las crónicas refieren un saqueo en el que se daría muerte a gran parte de la población

Huesca

La Batalla de Sabiñánigo tuvo lugar durante la Guerra Civil Española cerca del Alto Gállego y la localidad de Sabiñánigo en 1937 como parte del frente de Aragón .

Como parte de la estrategia republicana, las divisiones 43 y 27 se trasladaron hacia el norte, sumando unos 14.000 hombres y 16 piezas de artillería al mando de Mariano Bueno. Finalmente se enfrentaron a unas 10.000 tropas nacionalistas, basadas en la 1ª Brigada de la 50ª División Nacional. El ataque comenzó el 22 de septiembre y los combates continuaron hasta el 8 de noviembre, con unas 2.500 bajas republicanas y 3.500 bajas nacionalistas.

Las fuerzas republicanas lograron tomar Biescas , pero no Sabiñánigo a pesar de rodearlo, ni tomar el control total del territorio antes de que ambos bandos se agotaran.

Aunque no es una de las batallas más conocidas de la Guerra Civil, sí destacó por el alto número de bajas sufridas por ambos bandos: unos 2.500 muertos entre los republicanos y unos 3.500 entre los sublevados.

Además, según relata la web elgrancapitan.org, “es una de las escasas batallas en la que la Republica gana terreno y además lo conserva. Responde al patrón clásico de las ofensivas republicanas: éxito inicial, bolsas nacionales aisladas a retaguardia que frenan a los atacantes y contraataque nacional. Al igual que en las demás batallas ofensivas, la falta de madurez operacional, les impide olvidarse de las bolsas y explotar el éxito. De haberlo hecho, es muy posible que al menos Sabiñanigo hubiese caído en sus manos. La diferencia con otras es que esta vez el contraataque nacional apenas recupera el terreno perdido a pesar de usar tropas de élite”.

Islas Baleares

El 4 de febrero de 1782, España recuperaba el control de la isla de Menorca, en manos inglesas. Era una pieza menor, pues el objetivo principal era el peñón de Gibraltar, pero pese al sitio al que fue sometido por la flota franco-española, no fue posible romper la resistencia de los llanitos. Viendo Carlos III que poco más podía hacer por recuperar Gibraltar, decidió tratar de dar a los ingleses un inesperado golpe en la isla de Menorca, en manos británicas desde 1708 en plena Guerra de Sucesión.

La toma de Menorca tuvo una gran importancia (aunque fuera temporal, pues se volvió a perder solo unos años más tarde), no solo para el orgullo patrio, sino porque en el puerto de Mahón se guarecían más de 80 corsarios.

Así, el 19 de agosto la escuadra franco-española, compuesta por 52 buques al mando del Duque de Crillón desembarcó por las calas de Sa Mesquida y Alcaufar.

En los alrededores del fuerte de San Felipe se hicieron 200 prisioneros y se tomaron 160 cañones. Inmediatamente después se colocaron cañones estratégicamente en aquellos puntos desde los que se pudiera hacer fuego contra cualquier socorro que pudiera acudir a ayudar a la guarnición inglesa, compuesta de unos 2.000 soldados y 600 marineros, que se había refugiado con su gobernador en la fortaleza de San Felipe.

A finales de octubre los españoles recibieron el refuerzo de 4.000 soldados franceses, con lo que se elevó el efectivo de las fuerzas atacantes a unos 10.400 hombres. Aunque la tarea fue dura y el asedio no fue sencillo precisamente, el día de Reyes de 1782, rompieron el fuego a la vez tres cañones y 33 morteros.

El bombardeo fue incesante en los siguientes días y fue diezmando las defensas inglesas “hasta ver ondear sobre ellas bandera blanca el 4 de febrero de 1782″.

La conquista española fue ratificada en la paz de París, en 1783, que devolvió a España Menorca y la Florida, quedando Gibraltar en manos inglesas.

Todavía pasaría Menorca otra dominación inglesa, aunque sólo duró de 1798 a 1802. En 1802, por el tratado de Amiens, Menorca vuelve definitivamente a manos españolas.

Jaén

La batalla de las Navas de Tolosa, llamada en la historiografía árabe «batalla de Al-Iqāb» “batalla del castigo” (معركة العقاب) y en la cristiana también «batalla de Úbeda», enfrentó el 16 de julio de 1212 a un ejército aliado cristiano formado en gran parte por tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla, aragonesas de Pedro II de Aragón, navarras de Sancho VII de Navarra y voluntarios del Reino de León y del Reino de Portugal contra el ejército numéricamente superior del califa almohade Muhammad al-Nasir en las inmediaciones de la localidad jienense de Santa Elena. Se saldó con la victoria de las tropas cristianas y está considerada como una de las batallas más importantes de la Reconquista.

Cuadro de la Batalla de las Navas de Tolosa.
Cuadro de la Batalla de las Navas de Tolosa. FOTO: DIL

Fue iniciativa de Alfonso VIII entablar una gran batalla contra los almohades tras haber sufrido la derrota de Alarcos en 1195. Para ello solicitó apoyo al Papa Inocencio III para favorecer la participación del resto de los reinos cristianos de la península ibérica y la predicación de una cruzada por la cristiandad, prometiendo el perdón de los pecados a los que lucharan en ella; todo ello con la intercesión del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada. Saldada con victoria del bando cristiano, fue considerada por las relaciones de la batalla inmediatamente posteriores, las crónicas y gran parte de la historiografía como el punto culminante de la Reconquista y el inicio de la decadencia de la presencia musulmana en la península ibérica, aunque en la realidad histórica las consecuencias militares y estratégicas fueron limitadas, y la conquista del valle del Guadalquivir no se iniciaría hasta pasadas unas tres décadas.

Las Palmas

El asedio a las Palmas de Gran Canaria formó parte de una campaña militar dentro de la Guerra de los Ochenta Años, en la que las provincias del norte de los Países Bajos se levantaron contra Felipe II. Las Islas Canarias era clave en los planes de Holanda de cara a sus futuros establecimientos en las Indias Occidentales y Orientales.

La intención de la flota era asestar un duro golpe a los españoles, cortando las comunicaciones entre España y sus territorios de ultramar, capturando cuantos barcos españoles se pusieran a su alcance. Sin embargo, la campaña naval fue cosechando fracasos y ante la imposibilidad de hacer estragos en la Península, decidieron encaminar la flota hacia el archipiélago canario. Sin embargo, en las islas estaban preparados para la llegada de los buques enemigos, por lo que las baterías de costa de la isla de Gran Canaria estaban esperando listas para disparar.

Así, desde la madrugada del 26 de junio de 1599 se entabló un duelo entre la artillería de los navíos y los fuertes durante cinco horas, a pesar lo cual los marinos intentaron desembarcar en la zona e Las Palmas, aunque la mayoría fueron rechazados por los defensores. Muchos holandeses se vieron obligados a tirarse al mar para evitar el fuego español y sus armas quedaron inutilizadas por el agua. Además, Pieter van der Does, vicealmirante del Almirantazgo de Ámsterdam que estaba al mondo de la flota, fue herido dos veces.

Así, bajo el mando del general Alonso de Alvarado, que murió en la batalla, la ciudad resistió hasta cuatro ataques, con el Castillo de Mata como bastión último que resistió al invasor. Sin embargo, en el quinto intento los holandeses lograron su objetivo debido a unas lanchas planas que se aproximaron por una zona de bajíos, y lograron tomar la ciudad: sus ocupantes escaparon a la Villa de Santa Brigida.

Aunla batalla de Brihuega, en 1710 en el marco de la Guerra de Sucesió n Española, fue importante y supuso una seria derrota para el ejército británico, que se saldó con cerca de 2.000 muertos, quizás la que ha pasado a la historia es la conocida como batalla de Guadalajara, dentro de la Guerra Civil Española, que se desarrolló del 8 al 23 de marzo de 1937.7.

En cualquier caso, la ocupación no duró mucho pues desde Santa Brígida los isleños se rearmaron y, aprovechando su conocimiento del terreno, contraatacar en la batalla de El Batán. Las tropas holandesas fueron atacadas sin tregua por los españoles y obligadas a huir, abandonando armas, morriones y coseletes. Se da muerte a varios de sus oficiales hasta que al final la victoria es para las menguadas milicias isleñas, que salvaron la isla de Gran Canaria para la Corona española.

La derrota sufrida por sus tropas y el desconocimiento de la verdadera situación aconsejo al almirante holandés la evacuación de la ciudad y el reembarque de sus tropas. La operación se llevo a efecto entre el 4 y el 8 de julio no sin antes ordenar su saqueo, incendio y destrucción.

León

Las tierras leonesas fueron tierras de frontera entre cristianos y musulmanes, entre suevos y vándalos, entre castellanos y leoneses o entre leoneses y gallegos y están regadas por la sangre de siglos de luchas. También se vio especialmente afectada por la Guerra de la Independencia española contra los franceses y fue escenario de varias batallas, como la de Cogorderos, la de Cacabelos o los sitios de Astorga. Sin embargo, la más sangrienta de todas, quizás, fuera la batalla de Sahagún, que tuvo lugar el 21 de diciembre de 1808. Fue un choque de caballería en el que el 15.º Regimiento ligero de dragones (húsares) británico derrotó a dos regimientos franceses durante la Campaña de La Coruña, uno de los cuales fue completamente desbaratado.

La batalla de saldó con más de 500 muertos entre los franceses y cerca de 400 entre los británicos.

La acción de caballería de Sahagún, junto con la batalla de Benavente, marcó el punto final antes de la larga, dolorosa y desastrosa retirada hacia La Coruña que culminó en la batalla de Elviña. La presencia británica había servido, como era la intención de John Moore, el general al frente de las tropas británicas enviadas al noroeste peninsular, para ganar un tiempo que permitió a los españoles restablecerse y reorganizarse tras las derrotas sufridas en la primera fase de la guerra.

Esta acción marcó el final del avance del ejército británico hacia el interior de España, y fue seguido por la retirada de sus fuerzas hacia la costa y posterior evacuación. El general Moore murió en la batalla de Elviña, en La Coruña.

Lérida

El sitio de Lérida (1810) fue una batalla librada en la ciudad de Lérida durante la Guerra de Independencia Española, en 1810. El mariscal Louis Gabriel Suchet, jefe del ejército napoleónico que operaba en Aragón, llegó a la vista de Lérida el 13 de abril, con 13.000 hombres, y dio comienzo al asedio. Defendían la plaza 8.000 hombres, dirigidos por el general Jaime García Conde.

Dos divisiones, al mando del general O’Donnell, llegaron el día 23 de abril al llano de Margalef, cerca de Lérida, para obligar a los franceses a retirarse; pero Suchet, en una acción rápida y por sorpresa, logró destrozar por completo la división que iba a la vanguardia, y la otra se tuvo que retirar hacia Montblanch.

Tras una serie de ataques y contraataques, el 13 de mayo dio Suchet la orden de asalto. Ocupados los baluartes, se luchó en la Calle Mayor y, ante la oposición de algunos ciudadanos (los josefinos) a que prosiguiera la lucha en las calles, la guarnición se retiró al castillo, situado en la parte alta de la ciudad, seguida de la multitud horrorizada. Dicha guarnición, con su jefe enfermo y todos los reductos repletos de ciudadanos que habían huido del saqueo, se vio imposibilitada para seguir combatiendo: al mediodía del 14 de mayo se alza la bandera blanca en el castillo en señal de rendición. Muchos historiadores de la ciudad han valorado muy negativamente el papel del general García Conde en la caída de la ciudad.

Cuando los franceses entraron en la ciudad fueron recibidos por los leridanos con una lluvia de objetos, lo que provocó que muchos ciudadanos fueron ejecutados. Las calles se llenaron de cadáveresy sangre. En la defensa de la plaza murieron 1.200 hombres de la guarnición y 2.000 leridanos; las bajas francesas se calculan en aproximadamente 1.500 hombres, siendo una de las batallas más sangrientas de la contienda.

Lérida permanecería en poder francés hasta su recuperación por Joaquín Ibáñez Cuevas y de Valonga el 14 de febrero de 1814.

Lugo

La batalla de Montecubeiro (en latín Mons Cuperius) fue un enfrentamiento armado en el último cuarto del siglo VIII (entre el 774 o el 783) en el que las tropas astures comandadas por el rey Silo derrotaron a los rebeldes que en Galicia se habían alzado contra la dominación asturiana. Culminó con la definitiva incorporación de las tierras gallegas a la Monarquía asturiana.

Silo fue nombrado rey tras la muerte del anterior soberano Aurelio y trasladó la capital a Pravia, en el centro de Asturias muy cerca del Cantábrico, y mantuvo durante todo su reinado la paz con el poderoso Emirato de Córdoba en Al-Andalus.

La zona septentrional de Galicia había sido anexionada a Asturias por el rey Alfonso I, que impuso como obispo en Lugo a Odoario, un refugiado cristiano de la antigua provincia romana de África. En las décadas subsiguientes, particularmente durante los años de gobierno de Fruela, tanto en Galicia como en otras regiones periféricas se desarrollaron ciertas tendencias secesionistas que pugnaban por liberarse del dominio político asturiano.

Pero fue durante el reinado del rey Silo cuando tuvo lugar una revuelta generalizada. Para sofocarla, las tropas asturianas avanzaron por la calzada romana que unía Oviedo y el centro de Asturias con las poblaciones de Lugo y de Iria Flavia e interceptaron a los rebeldes gallegos a la altura de Castroverde, donde los derrotaron.

Según el canónigo compostelano Antonio López Ferreiro en la parroquia de Montecubeiro existen dos castros, los de Maxide y Sarceda, que quizá pudieron servir como refugio a las tropas gallegas frente al asedio asturiano.

La victoria de Silo debió ser rotunda, porque no vuelve a haber más menciones a la rebelión de los gallegos y a nuevos intentos “independentistas”. De hecho, en las crónicas de la época no se habla de pactos ni acuerdos con los vencidos. De hecho, es probable que los caudillos gallegos cayeran muertos o presos en la lucha.

Madrid

Aunque Madrid ha sido escenario de numerosas batallas, tanto en la propia cuidad como en lo que hoy en su provincia, sobre todo durante la Guerra de la Independencia y en la Guerra Civil, quizás el levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, junto a la batalla por la toma de Madrid por parte de las tropas franquistas, sea una de las más épicas y conocidas.

El 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se levantó en armas contra las tropas francesas que Napoleón había enviado para ocupar la Península; daba así inicio la Guerra de la Independencia, que se prolongaría hasta comienzos de 1814.

Los fusilamientos 
del 3 de mayo en el 
Madrid de 1808, de 
Francisco de Goya
Los fusilamientos del 3 de mayo en el Madrid de 1808, de Francisco de Goya FOTO: La Razón La Razón

Madrid fue ocupada por las tropas del general Murat el 23 de marzo de ese año y el 24 se producía la entrada triunfal de Fernando VII y su padre, Carlos IV, forzado a abdicar a favor del primero. Ambos son obligados a acudir a Bayona para reunirse con Napoleón, donde se producirán las abdicaciones de Bayona.

Mientras tanto, en Madrid se constituyó una Junta de Gobierno, aunque el poder efectivo quedó en manos de Murat. El 27 de abril, éste solicitó la autorización para el traslado a Bayona de los dos hijos de Carlos IV que quedaban en la ciudad, la reina de Etruria María Luisa, y el infante Francisco de Paula.

Ante esta situación, el 2 de mayo, a primera hora de la mañana, grupos de madrileños comenzaron a concentrarse ante el Palacio Real para evitar que los franceses sacasen de palacio al infante, último miembro de la familia real que permanecía en Madrid, para llevárselo a Francia, por lo que, al grito proferido por José Blas Molina «¡Qué nos lo llevan!», parte del gentío asaltó las puertas de palacio.

Un grupo atacó a una patrulla francesa, que solo pudo zafarse de la acometida por la intervención de un batallón y dos piezas de artillería, que dispararon contra la multitud. El choque desencadenó una violenta reacción popular en la ciudad, y precipitó que la lucha se extendiese por todo Madrid.

Los madrileños comenzaron así un gran levantamiento popular espontáneo pero largamente larvado desde la entrada de las tropas francesas. El alto mando español, lejos de la insubordinación contra los ocupantes, ordena a las tropas que permanezcan acuarteladas a la espera de órdenes. Sin embargo, algunos militares deciden desobedecer y enfrentarse a los franceses. Entre ellos, el comandante de artillería Luis Daoíz, al mando del Parque de Artillería de Monteleón, y su amigo y compañero el capitán Pedro Velarde, un alto cargo del Estado Mayor del Cuerpo de Artillería. Tras desarmar a la pequeña guarnición francesa que había allí, entregaron armas a la población y sacaron a las puertas del cuartel varios cañones para repeler el previsible ataque de los franceses.

A pesar de que la revuelta se extendió por toda la ciudad, las tropas francesas consiguieron una rápida victoria, en apenas tres horas, aunque sufrieron un importante número de bajas: unos 150 muertos, frente a los alrededor de 400 fallecidos entre los españoles, 39 de ellos militares.

Pese a la derrota, la mecha de la rebelión contra los franceses estaba encendida y se extendió por toda España.

Málaga

Uno de los episodios más dramáticos que se produjeron en el transcurso de la Guerra Civil española fue, quizás, el bombardeo de la carretera que unía Málaga y Almería, la conocida como “Desbandada” o “Desbandá”. Y aunque llamar a este suceso batalla sería ser injustos, pues solo había un bando que atacaba, el de los sublevados, no podíamos obviar su existencia en este listado.

La conocida como "carretera de la muerte", que une Málaga con Almería, es un tramo que hace alusión a las víctimas de la conocida como Desbandá
La conocida como "carretera de la muerte", que une Málaga con Almería, es un tramo que hace alusión a las víctimas de la conocida como Desbandá FOTO: Archivo Archivo

A comienzos del año 1937, exactamente el 8 de febrero, caída la ciudad de Málaga del mando de las tropas franquistas gracias a un ataque en el que participaron regularos marroquíes y blindados italianos del Corpo Truppe Volontarie enviados por Mussolini.

Ante la caída de la ciudad, se produjo un éxodo de población civil que decidió huir por temor a las represalias. Decenas de miles de civiles intentaron evacuar la ciudad asediada a través de la carretera costera N-340, que conectaba Málaga con Almería, ciudad aún en manos de los republicanos.

La carretera estaba desprotegida de los bombardeos de los buques españoles “Canarias”, “Baleares” y “Almirante Cervera” de la Armada de Franco y de algunos italianos también, así como de la aviación nazi y de la artillería, que trataban de cortar la huida.

La mayoría de pueblos en el camino hacia Almería no ayudaron a los fugitivos ante el miedo a las represalias posteriores por parte de los sublevados, que continuaban avanzando.

Este bombardeo dejó entre 3.000 y 5.000 muertos, la mayoría civiles. Igualmente, la represión sobre los que habían permanecido en la ciudad fue brutal y hay cálculos que hablan de unos 8.000 fusilados y enterrados en fosas comunes.

Región de Murcia

El Sitio de Cartagena hace referencia a las operaciones militares que tuvieron lugar en esta ciudad entre las fuerzas cantonalistas y las tropas gubernamentales, durante el trasfondo de la rebelión cantonal.

Cartagena, importante fortaleza militar y una de las bases de la Armada Española, se convirtió en el principal epicentro del movimiento cantonal. Debido a la fortaleza de sus defensas, su resistencia se alargó durante varios meses y por ello se convirtió en el centro cantonal que más tiempo duró la rebelión; concretamente hasta el 12 de enero de 1874, cuando se produjo la rendición de las tropas que la defendían y la huida por mar de numerosos cantonalistas.

Previamente a la rendición, en noviembre, las fuerzas centralistas bombardearon fuertemente la ciudad. Tal fue el castigo artilleros que se llegaron a arrojar 1.000 proyectiles diarios, lo que provocó la destrucción total de 300 edificios y daños a la mayoría de los existentes.

Además, los anticantonalistas que vivían en la ciudad también trataron de acabar con la rebelión desde dentro y, así, realizaron numerosos sabotajes, destacando la voladura del Parque de Artillería, hecho en el que murieron 400 personas.

Sin medios para mantener la defensa, sin alimentos apenas y acechados por la sed, los sitiados se fueron entregando hasta que el 12 de enero se rindieron finalmente.

La caída de Cartagena significó el punto final de este acontecimiento que agitó tan profundamente a la Primera República Española durante su corta existencia.

Navarra

El emperador Carlomagno, hombre pío y ferviente católico, deseaba retomar la Península Ibérica para el cristianismo y expulsar a los musulmanes del emirato de Córdoba. La empresa era demasiado grande y un primer paso era crear un estado colchón al sur de los Pirineos, la Marca Hispánica.

En el 777 le surgió la excusa perfecta para poner en marcha su plan: una delegación de gobernadores andalusíes le ofreció el vasallaje de los territorios que iban de Barcelona a Zaragoza a cambio de que sus tropas les apoyasen para rebelarse contra el emir Abderramán I.

Carlomagno aceptó la propuesta y dirigió su ejército hasta Pamplona, ciudad que saqueó y desmanteló, para luego dirigirse a Zaragoza, pero durante el asedio de ésta recibió la noticia de una sublevación sajona en el Rhin, de tal modo que se vio obligado a interrumpir su aventura en España y regresar a Francia.

Fue precisamente durante el camino de regreso cuando la retaguardia de su ejército sufrió una emboscada por un numeroso contingente de vascos y navarros que se precipitaron sobre la columna francesa repentinamente y con un gran ardor. Los atacantes lanzaron grandes rocas por la ladera superior del camino, masacrando a los soldados y arrojándoles al precipicio. La sección de retaguardia fue aniquilada, pero el resto del ejército logró escapar aunque a costa de una terrible humillación.

La victoria de los españoles aquel 11 de enero de 788 fue total y las pérdidas de los francos enormes, pereciendo el célebre caballero francés Rolando, uno de los famosos doce pares de Francia.

La batalla de Roncesvalles, se hizo famosa y fue cantada posteriormente por los poetas. De hecho, es el Cantar de Roldán el que sitúa la batalla en Roncesvalles, algo que no ha podido ser demostrado.

En cualquier caso, décadas más tarde Roncesvalles fue escenario de una segunda derrota de los carolingios, esta vez en el año 824, bajo el reinado del hijo y sucesor de Carlomagno, Ludovico Pío, esta vez a manos de una alianza de jefes cristianos y musulmanes.

Orense

En el marco de la Guerra de la Independencia, los franceses llegaron a Galicia y, aunque la provincia de Orense no ha sido escenario, afortunadamente, de grandes batallas, sí que cabe reseñar la de Pazos de Arenteiro, localidad que se tiñó de sangre durante el encarnizado enfrentamiento entre las tropas invasoras francesas y el ejército popular local.

La batalla tuvo lugar el 2 de marzo de 1809, hace 213 años, y supuso un punto de inflexión en la guerra en Galicia. La llegada, por la mañana, de los primeros soldados enviados por el emperador Napoleón, al mando de su mariscal de confianza, Jean de Dieu Soult, ya provocaron los primeros escarceos con la población, y la detención y posterior fusilamiento del cura párroco y del maestro de la localidad.

Sin embargo, ni los proyectiles lanzados por los cañones contra esta villa medieval orensana ni las balas de los fusiles lograron arredrar a los vecinos, que comandó el general Bernardo González del Valle, conocido como Cachamuíña, capitán del regimiento militar que había participado en diferentes batallas. Así, los gallegos finalmente plantaron cara a los soldados franceses en una lucha cuerpo a cuerpo en el Ponte da Cruz, que pasa sobre el río Avia, estratégico enclave y objetivo de los invasores.

Cachamuíña, militar profesional nacido en las proximidades de Ourense, que encabezaba el Batallón de Voluntarios de O Ribeiro, había llegado a Boborás para coordinar las tropas del ejército y a los vecinos que se sumaron a la lucha.

Con el conocimiento que tenía de tácticas militares, propició la derrota de las tropas francesas. El Batallón de Voluntarios do Ribeiro utilizó un armamento muy ligero, consistente en mosquetones, mientras que los vecinos de la zona recurrieron a todo lo que tenían en casa, desde las escopetas de caza a herramientas de trabajo. Frente al mayor número y armamento de los enemigos ofrecían valor, unión y un mejor conocimiento del terreno

El mariscal Soult, herido de muerte en los combates, se vio obligado finalmente a rendirse ante el valor de los resistentes al mando de su bravo líder. El avance que Napoleón había previsto hacia el interior de la provincia quedaba así truncado en el corazón de Boborás.

Palencia

La Batalla de Vellica se disputó en el año 25 a. C. Corría el siglo I a. C. cuando el Imperio romano comenzó su asalto definitivo a los territorios dominados por cántabros y astures, llevado a cabo en persona por el emperador César Augusto, las denominadas guerras cántabras.

Según las narraciones de Floro y Orosio, a los pies de Vellica, en el llano, se desarrolló en el año 25-26 a. C. una monumental batalla entre romanos y cántabros que culminó con la toma de la ciudad, en la que intervino el propio emperador. Posiblemente este emplazamiento se refiera a la llanada de Mave, que es donde otros historiadores sitúan la batalla.

A diferencia de otros enfrentamientos, en esta ocasión los cántabros decidieron enfrentarse al enemigo en campo abierto, quizás por carecer de armas y víveres para resistir el asedio del castro.

Esta conquista fue llevada a cabo por la poderosa Legio IIII Macedonica, establecida en Segisama Iulia (actual Sasamón) como antesala del asalto al Castro de Monte Bernorio, cuyo asedio, en función de los vestigios hallados, guarda algunas diferencias con el de Cildá. Es posible que también interviniera en la batalla, dada su envergadura, la Legio IX Hispana.

A la conquista de la ciudad siguió su destrucción por parte de las fuerzas romanas.

Los romanos fortificaron fuertemente este enclave, ya que tenía gran valor estratégico de cara al posterior control del territorio. Fue reforzada en hasta tres ocasiones para defenderse de las invasiones barbaras, llegándose a utilizar los restos de las antiguas edificaciones cántabras e incluso lapidas sepulcrales. De hecho, en la actualidad todavía se conservan restos de esta muralla.

Pontevedra

De entra las muchas batallas que han tenido lugar en tierras y aguas pontevedresas, vamos a destacar la batalla de Fornelos, quizás no tanto por su importancia o su magnitud como por lo que tiene de muestra de las incursiones vikingas en tierras peninsulares, muy especialmente en Galicia.

La batalla de Fornelos fue un enfrentamiento librado el 29 de marzo de 968 en las cercanías del río Louro, entre los vikingos noruegos del caudillo Gunderedo y las tropas reunidas por el obispo de Iria Flavia Sisnando Menéndez.

Los saqueadores nórdicos asaltaban las costas gallegas desde hacía décadas, y con la intención de buscar nuevamente botín desembarcaron en las Rías Bajas.

Según el Cronicón Iriense, los invasores entraron por la ría de Arosa con más de un centenar de embarcaciones. El obispo Menéndez organizó un ejército con el que defender el territorio, logrando cercar a los invasores, pero no pudo hacer nada contra ellos una vez iniciado el choque. El obispo fue muerto por un flechazo y su hueste desbandada, dejando vía libre para que los vikingos continuaran sus incursiones.

Habrían llegado a la zona de Galicia unas doscientas naves al mando de Gudrød (Guðrǫðr), hermano de Harald Gråfeldr,, el caudillo Gunderedo mencionado anteriormente, que con este nombre fue recogido en las crónicas gallegas de lo sucedido.

Cien de esas naves se detuvieron en la costa cantábrica de Galicia y atacaron la diócesis de Bretoña, villa esta que quedó destruida y sobre cuyas ruinas se levantó la actual Mondoñedo, mientras que otras cien se internaron en la ría de Arosa y desembarcaron en el puerto de Iuncariae (Xunqueira), con el objetivo de llegar, vía terrestre, hasta Santiago de Compostela.

El obispo Sisnando intentó detenerlos en las proximidades de Iria Flavia, donde habían llegado los vikingos remontando el río Ulla, pero no lo consiguió y murió atravesado por una flecha durante la batalla de Fornelos el 29 de marzo. Ya sin resistencia, los vikingos se dispersaron por Galicia arrasando a su paso todo cuanto pudieron. En Lugo el obispo Hermenegildo consiguió defender la ciudad, pero no pudo impedir que los vikingos arrasaran las tierras de Bretoña.

La Rioja

Quizás la batalla más conocida de las ocurridos en terreno riojano no existió nunca. Nos referimos a la mítica batalla de Clavijo, un supuesto enfrentamiento que se consideró durante mucho tiempo una de las más célebres batallas de la Reconquista, dirigida por el rey Ramiro I de Asturias contra los musulmanes el 23 de mayo del año 844.

Sin embargo, varios elementos como la supuesta intervención del Apóstol Santiago, su condición de justificación del Voto de Santiago y la falta de datos historiográficos que demuestren su existencia han llevado a replantear su propia existencia y considerarla una leyenda.

En cualquier caso, sí que parece que se produjo una batalla o una serie de escaramuzas entre las tropas de Ramiro y de su hijo Orduño y los árabes. De hecho, sí se habla de la batalla de Albelda de Iregua, localidad también de La Rioja, en donde Orduño I de Asturias obtuvo la victoria sobre su oponente Muzaben-Zeyad, en 852. En este caso sí, los hallazgos arqueológicos sí parecen demostrar que en Albelda hubo combates. También es la referencia histórica que Enrique IV y posteriormente el resto de monarcas han empleado para la creación y confirmación de privilegios al Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, único señorío que se ha mantenido desde entonces hasta la actualidad.

Salamanca

De entre todas las batallas acaecidas en tierras salmantinas volvemos de nuevo a la Guerra de la Independencia y nos centramos en la batalla de los Arapiles, el enfrentamiento con más soldados librada en España durante el siglo XIX. Tuvo lugar en los alrededores de las colinas conocidas como «Arapil Chico» y «Arapil Grande», en el municipio de Arapiles, al sur de la capital salmantina, el 22 de julio de 1812.

En la batalla, Wellington al frente de tropas españolas, portuguesas e inglesas consiguió derrotar al ejército francés, que se vio privado de las bases y los arsenales que necesitaban para llevar a cabo la invasión de Portugal, imprescindible para librarse de la constante amenaza que constituía el ejército aliado comandado por Wellington.

Además, la derrota francesa en Salamanca en 1812 marcará, junto con la desastrosa campaña de Rusia de ese mismo año, el principio del fin de la Europa napoleónica.

Del lado francés combatieron 49.919 soldados de ocho divisiones, la caballería ligera, una división de dragones y la artillería. Del aliado (participaron España, Portugal y Reino Unido), 50.453, la mayoría británicos, aunque había unos 5.000 lusos y unos 3.400 españoles.

En cuanto a las bajas, fueron brutales: las tropas napoleónicas perdieron más de 10.000 hombres y las aliadas 9.840, el 21,8 y 19,5% del total de efectivos, respectivamente.

Segovia

Se conoce con el nombre de batalla de Guadarrama a la primera campaña militar de la Guerra Civil española que tuvo lugar en la última semana de julio y principios de agosto de 1936 y en la que se enfrentaron las columnas del bando sublevado enviadas por el general Mola desde la submeseta norte y Navarra para atravesar los puertos de montaña de la sierra de Guadarrama y llegar desde el norte a Madrid y las columnas del bando republicano que había salido de la capital para intentar impedirlo y que estaban compuestas por milicianos y por tropas de las unidades militares que habían sido disueltas por orden del gobierno para evitar que se pudieran sumar a la sublevación.

Los combates en los Altos del León y en Somosierra, en la frontera entre Segovia y Madrid, fueron feroces y los prisioneros eran fusilados, en ambos bandos.

En cuanto al número de víctimas es muy difícil de calcular porque se desconoce el número de combatientes que salieron para el frente en aquellos días, aunque debieron rondar los 5.000 muertos. En el bando republicano cayeron muchos oficiales profesionales, entre ellos los capitanes Condés, Fontán Cadarso y González Gil —Condés era, junto al también fallecido Luis Cuenca, uno de los hombres relacionados con el asesinato de José Calvo Sotelo—.

En el bando sublevado destaca la muerte del líder falangista Onésimo Redondo, abatido en un encuentro en Labajos por unos milicianos que habían penetrado más allá de las líneas del frente.

Las tropas franquistas tomaron el Alto del León y consolidaron en este punto una fuerte posición mediante la construcción de fortines, viviendas, muros y puestos de ametralladora. Sin embargo, las tropas del Gobierno tuvieron éxito y los rebeldes no consiguieron atravesar los puertos de montaña por lo que el frente norte de Madrid quedó así estabilizado hasta el final de la guerra.

Sevilla

La reconquista de Sevilla tuvo lugar entre agosto de 1247 y el 23 de noviembre de 1248 por parte de las tropas cristianas de Fernando III de Castilla. La ciudad se encontraba hasta ese momento bajo el dominio musulmán del caíd Axataf.

Así, el 23 de noviembre la ciudad se rendía ante las tropas castellanas capitaneadas por Fernando III, culminando así una de las empresas de armas más duras y difíciles del periodo de la Reconquista. Por parte cristiano participaron cerca de 26.000 hombres mientras que por la musulmana unos 47.000, procedentes no solo de la guarnición sevillana, sino de las ciudades del contorno.

Fernando III tenía su base de operaciones en Alcalá del Río hasta que el 15 de agosto él y su ejército partieron bordeando Sevilla hasta Alcalá de Guadaíra con el objtivo de aproximarse a San Juan de Aznalfarache y cortar el suministro de víveres.

Ante la tardanza de los esperados refuerzos navales que habían de llegar a través del Guadalquivir, el monarca decidió armar su propia flota y mandó construir 16 embarcaciones en los astilleros de Santander, Castro Urdiales, San Vicente de la Barquera y Laredo.

Mientras finalizaban la construcción de la naves, las tropas castellanas comandadas por el Almirante Bonifaz, se afanaron por dominar el río e ir tomando posiciones alrededor de la ciudad con sus propias fuerzas o con las que fueron llegando de refuerzo.

El 3 de mayo, los barcos procedentes de tierras cántabras superaron la barrera de la Torre del Oro y dos de ellos partieron el puente de barcas que unía la zona con el arrabal de Triana, dejando a Sevilla completamente aislada. Los musulmanes quedaron así asediados hasta noviembre, cuando se abre un periodo de negociaciones.

El 23 de noviembre se produjo la entrega de las llaves de la ciudad, que aún se conservan en la catedral, momento a partir del cual Fernando III, concedió una tregua a la población musulmana para que abandonase Sevilla.

La ciudad quedó vacía y fue llenada con emigraciones cristianas y las tierras fueron repartidas entre diversas órdenes militares. Aunque no hay cifras de bajas militares, sí que se baraja la cifra de unos 300.000 exiliados tras la reconquista de la ciudad.

El 23 de diciembre se produjo la entrada de Fernando III en Sevilla.

Soria

Quizás la batalla más importante que hayan vivido las tierras sorianas, con permiso de la de Calatañazor, cuya veracidad está más que cuestionada en la actualidad, es el asedio y toma de Numancia por las legiones romanas.

Aún se pueden visitar sus ruinas sobre un cerro que domina la extensa llanura circundante.

Yacimiento arqueológico de la actual Numancia, a escasos kilómetros de Soria
Yacimiento arqueológico de la actual Numancia, a escasos kilómetros de Soria FOTO: La Razón

El hecho que desencadenó el conflicto entre Numancia y el Imperio Romano se debe relacionar con la población de Segeda que decidió construir una muralla en sus inmediaciones, acto considerado por los romanos como un desafío. Los segedenses, ante el envío de tropas por parte de los romanos, decidieron huir y refugiarse en Numancia.

Uno de los capítulos memorables del cerco a Numancia fue la llamada Batalla de los Elefantes. Después de que las tropas comandadas por Nobilior fueran derrotadas por numantinos y segendeses, Nobilior pidió ayuda a su aliado el rey Masinisa de Numidia, quien envió en su ayuda trescientos jinetes y diez elefantes. Estos animales fueron escondidos en la retaguardia para sorpresa de los celtíberos, que nunca habían visto este animal. La carga de los romanos hizo retroceder a los celtíberos para volver a buscar refugio detrás de la muralla de Numancia, desde donde consiguieron que los elefantes se volvieran contra los suyos. La ciudad de Numancia opuso una heroica resistencia, durante 20 años, convirtiéndose así en un mito que ha llevado a la Real Academia Española de la Lengua a reconocer el adjetivo “numantino” como sinónimo de resistencia tenaz hasta el límite.

Tarragona

La batalla del Ebro fue, no solo la mayor de las que tuvieron lugar en el marco de la Guerra Civil española sino, seguramente, la mayor de cuantas se han celebrado en la Península a lo largo de la Historia, tanto por los enormes medios materiales y humanos empleados, como por los objetivos, como por las tremendas bajas en uno y otro bando. De hecho fue, de largo, la más sangrienta de todas: la República reunió a hasta 130.000 hombres al final de la batalla del Ejército del Ebro, 250 piezas de artillería de campaña; 27 piezas de artillería antiaérea; 120 tanques y vehículos blindados, así como unos 200 aviones; el bando sublevado movilizó hasta 185.000 soldados del Ejército del Norte al final del choque; 550 piezas de artillería y más de 300 aviones, incluidos los de la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria italiana.

Los combates comenzaron un 25 de julio de 1938, cuando las tropas republicanas cruzaron el río Ebro para intentar desestabilizar a los sublevados.

Una imagen de la Batalla del Ebro de la Guerra Civil
Una imagen de la Batalla del Ebro de la Guerra Civil

La batalla comenzó ventajosa para los republicanos, pues los sublevados tuvieron que paralizar todos sus planes para atajar el ataque. Sin embargo, pronto comenzaron a sufrir problemas.

Los republicanos comenzaron a sufrir faltas de aprovisionamiento, así como la legión cóndor realizó bombardeos masivos. A esto, se le añadió que al bando republicano le fue imposible transportar tanques al otro lado del río, por lo que los franquistas tuvieron ventaja en cuanto a armamento.

Durante el transcurso del enfrentamiento, los franquistas fueron tomando las posiciones abandonadas por los republicanos tras los bombardeos, de tal manera que el 10 de noviembre solo quedaban seis baterías de los atacantes y el día 18 consiguieron recuperar la línea del Ebro tal y volver a tenerla tal y como estaba antes del inicio del conflicto.

La batalla se saldó con 7.150 muertos (algunas fuentes hablan de hasta 10.000) y 20.000 heridos del lado republicano y 6.500 muertos y 30 000 heridos en las filas franquistas.

La batalla del Ebro significaba la derrota decisiva de la República en la guerra y preparó el camino para la caída de Cataluña.

Santa Cruz de Tenerife

Corría el año 1797 y el ya por aquel entonces contralmirante Nelson quiso tomar Santa Cruz de Tenerife, para lo cual contaba contaba con una escuadra de ocho barcos y otro más capturado a los españoles además de una fuerza de desembarco de aproximadamente 900 hombres. Enfrente, un puerto protegido por varios fortines artillados situados en la costa y en las alturas.

La maniobra de Nelson consistía, primero, en desembarcar en la playa de Valleseco, avanzar hasta tomar por retaguardia el castillo de Paso Alto y desde allí negociar la rendición de la ciudad. De no lograrse, se iniciaría el envío de fuerzas para desembarcar y tomar Santa Cruz en combinación con las de Valleseco.

Sin embargo, sus planes de Nelson después de que su flota fuera avistada la noche del 21 al 22 de julio y el gobernador de Tenerife diera la orden de preparar las defensas. Reunió para ello todo lo que tenía a mano así que buena parte de sus “tropas” eran milicias formadas por los propios vecinos de la isla.

El primer intento de Nelson en la madrugada del 22 de julio fracaso. A la mañana siguiente, las fragatas inglesas fueron remolcadas por las lanchas para fondear todo lo cerca que pudieron del Bufadero, y se produjo el desembarco de un millar de hombres en la playa de Valleseco. Sin embargo, no pudieron progresar. Además, el teniente general Gutiérrez envió refuerzos para ocupar los pasos de Valleseco, que se prepararon para frenar una posible incursión en la ciudad de los asaltantes de Paso Alto. Tras un intercambio de fuego el 23 de julio, los ingleses iniciaron su retirada. El segundo intento había fracasado también.

Sin embargo, Nelson no parecía querer darse por vencido así que lo intentó una tercera (y última) vez. En esta ocasión, decidió atacar frontalmente Santa Cruz. A primera hora del 25 de julio, las lanchas de desembarco comenzaron a navegar hacia el muelle, en plena noche, pero la fragata española San José las detectó y dio la alarma, y el castillo de Paso Alto hizo lo mismo.

Solo tres grupos pudieron dirigirse al muelle, de los que únicamente lograron desembarcar los hombres de cinco lanchas. Las restantes se estrellaron contra las rocas. Al mismo tiempo, las baterías defensoras hicieron blanco sobre la Fox, le causaron 97 muertos y gran cantidad de heridos, y terminaron por hundirla.

El desembarco fue un fracaso estrepitoso y, encima, Nelson fue alcanzado por un proyectil, sufriendo una grave herida en el brazo. Cuando volvió a su barco, presentaba un aspecto terrible, con el brazo derecho colgando por su costado. Al final hubo que amputárselo.

La rendición se firmó el día 25.

Teruel

Otra de las batallas más duras y encarnizadas de la Guerra Civil española fue la batalla de Teruel, que se desarrolló entre el 15 de diciembre de 1937 y el 22 de febrero de 1938 en esta ciudad y sus alrededores. El Ejército Popular de la República acumuló un gran número de hombres y equipo en torno a la capital turolense y la cercó del resto del territorio sublevado, aunque la conquista de la ciudad se demoró durante dos semanas más debido a la resistencia ofrecida por la guarnición y las duras condiciones meteorológicas.

Soldados a bajas temperaturas durante la batalla de Teruel
Soldados a bajas temperaturas durante la batalla de Teruel FOTO: archivo

Los últimos bastiones sublevados se rindieron a comienzos de enero de 1938 y las tropas republicanas pasaron a la defensiva frente a la cada vez más intensa contraofensiva de los ejércitos franquistas. Las tropas gubernamentales, no obstante, lograron mantener sus posiciones y los franquistas se vieron incapaces de reconquistar la ciudad recientemente perdida.

Sin embargo, en febrero los franquistas desbordaron los flancos republicanos e infligieron a estos una dura derrota en la zona del Alfambra, enfrentamiento que supuso un grave quebranto para el Ejército Popular. Tras esto, el camino la suerte estaba echada y el 22 de febrero la ciudad volvía a manos de Franco. Aunque las operaciones supusieron un grave desgaste para ambos ejércitos, este lo sufrieron especialmente los republicanos.

Además, no hay que olvidar que durante aquel invierno se combatió en Teruel a temperaturas inferiores a -20 ºC. Los brigadistas internacionales lo llamaron «el Polo Norte». La magnitud de aquellos fríos fue destacada por los corresponsales llegados a la ciudad, como Herbert L. Matthews, reportero de «The New York Times», al que nada impresionó tanto como «el increíble mal tiempo en que se libró la batalla».

Fue, además, una de las más mediáticas batallas de la guerra, pues fue contada por numerosos periodistas de las cabeceras más importantes del mundo, así como por figuras como Ernest Hemingway.

Toledo

Pocas batallas hubo en el imaginario popular del franquismo tan simbólica como la del asedio del Alcázar de Toledo, por lo que tuvo de icono heroico y de acicate en un momento en el que el curso de la Guerra Civil española no estaba aún nada claro. También tuvo una gran importancia militar, no por la toma en sí del Alcázar y de la ciudad de Toledo, sino por lo que pudo retrasar la toma de Madrid.

Sea como fuere, en la batalla de Toledo se enfrentaron fuerzas gubernamentales compuestas fundamentalmente por milicianos del Frente Popular y Guardias de Asalto contra las fuerzas de la guarnición de Toledo, reforzadas por la Guardia Civil de la provincia y un centenar de civiles militarizados. Se estima que en total en su interior pudiera haber unas 1.800 personas, de las cuales medio millar eran mujeres y una cincuentena de niños.

Los sublevados se refugiaron en el alcázar, entonces Academia de Infantería, Caballería e Intendencia, acompañados de sus familias. Disponían de víveres y municiones suficientes para aguantar un asedio de larga duración además de retener un centenar de prisioneros de izquierdas.

Las cifras de los atacantes varían según las fuentes consultadas. Algunas estimaciones hablan de unos 5.000 milicianos, también llegados desde Madrid, que bajo las órdenes del general José Riquelme pusieron en asedio al Alcázar y hostigaron a sus defensores desde los edificios de alrededor con el apoyo de la artillería, algunos blindados y la aviación republicana. Las fuerzas republicanas empezaron el asedio el 21 de julio de 1936 y no lo levantarían hasta el 27 de septiembre, tras la llegada del Ejército de África.

Varela (segundo por la izquierda), con Castejón y Barrón en Escalona, días después de la liberación del Alcázar de Toledo
Varela (segundo por la izquierda), con Castejón y Barrón en Escalona, días después de la liberación del Alcázar de Toledo FOTO: La Razón La Razón

Para rendir el Alcázar, decidieron volarlo con minas explosivas colocadas en su subsuelo y tomarlo al asalto después a través de las brechas abiertas. Para el 17 de septiembre fueron colocadas dos minas con 2.500 kilos de trilita cada una con el fin de hacer volar por los aires una parte del edificio.

El 18 de septiembre estallaron las minas provocando el desplome de casi toda la fachada oeste del Alcázar, tras lo cual se produjo el intento de asalto por parte de dos columnas de milicianos que, sin embargo, fueron rechazados por las ametralladoras que habían colocado estratégicamente los sitiados. Al final, los milicianos se tuvieron que retirar tras perder a 150 hombres por una 72 de los sitiados.

Se había perdido una oportunidad de oro, pues las tropas franquistas avanzaban hacia Toledo: el 21 de septiembre, solo tres días después del intento de asalto, tomaron Maqueda en su avance desde el surooeste. Se dice que fue en aquel momento cuando Franco tomó la decisión de desviarse hacia Toledo en vez de proseguir hacia Madrid, su objetivo principal.

Finalmente y tras más de dos meses de asedio, el 27 de septiembre el Ejército de África al mando del general Varela llegó a Toledo. Moscardó, con semblante serio y barba de varios días saludó a la comitiva para después sentenciar la frase que pasaría a la historia: “Sin novedad en el Alcázar, mi general”.

El día 30 se hacía público el nombramiento del general Franco como Generalísimo y como Jefe del Gobierno del Estado.

Valencia

El sitio de Sagunto fue un enfrentamiento militar que tuvo lugar en el 219 a. C. entre los cartagineses, dirigidos por Aníbal Barca, y los saguntinos. Esta batalla se recuerda principalmente por haber sido el desencadenante de la segunda guerra púnica.

Aníbal, nombrado comandante supremo de Iberia en el 221 a.C. a la edad de 26 años, tras la muerte de Asdrúbal. Pasó dos años consolidando el dominio cartaginés en la península ibérica, atacó a los Ocaldes (en la Meseta Central) ampliando su poder hasta el río Tajo.

En el 220 a.C. se enfrentó a los Vacceos logrando un importante botín tras el saqueo de sus principales ciudades (Helmántica y Arbocala). Finalmente, las tribus atacadas por el general cartaginés se unieron bajo el liderazgo de los Carpetanos y se produjo una gran batalla junto al río Tajo (posiblemente en la zona de Driebes) que se saldó con la victoria de Aníbal.

En este momento de victorias y expansión cartaginesa por Hispania, Roma procede a firmar una alianza con Sagunto en el año 241 a.C., por la cual no se podía atacar a una ciudad aliada. Otras fuentes afirman que el tratado Roma-Sagunto se firmó en el 223 a.C. situando este anterior al del Ebro, eliminando así la demanda cartaginesa de que aquel tratado no era legal, ya que el tratado del Ebro, como comentamos antes, situaba aquella ciudad en la zona de influencia y expansión de Cartago.

Durante el asedio, los cartagineses, sufrieron la mayoría de pérdidas debido a las potentes fortificaciones y la tenacidad de sus defensores, el propio Aníbal fue gravemente herido por una jabalina, y la lucha se detuvo durante unas semanas mientras se recuperaba. Finalmente, las tropas de Aníbal, asaltaron y destruyeron las defensas de la ciudad una por una.

Entre el 219 a.C. o finales del 218 a.C., tras ocho meses de asedio, las últimas defensas cayeron. Sagunto no pudo resistir el ataque de uno de los mejores ejércitos de la antigüedad. Aníbal ofreció perdonar la vida a los saguntinos con la condición de que estuvieran «dispuestos a salir de Sagunto, desarmados, cada uno con dos prendas».

Valladolid

Batalla de Villalar. Calificada por autores como José Antonio Maravall y Joseph Pérez como la “primera revolución moderna”, la Guerra de las Comunidades se tradujo para la Corona de Castilla en el tránsito de la Edad Media a la época Moderna. Los intereses dinásticos del nuevo monarca, Carlos de Gante, chocaron de pleno con los de una sociedad en la cual distintos sectores sociales, apartados hasta entonces del poder político, buscaron el modo de expresar y promover sus intereses, no siempre concordantes.

En la rebelión comunera confluyeron aspiraciones de lo más variopintas, algunas de carácter reformista, que pretendían devolver la corona a la senda de racionalidad fiscal de los Reyes Católicos; otras, abiertamente revolucionarias, como las de los campesinos que se alzaron contra sus señores, y unas y otras contrarias al poder absoluto.

La unión de las ciudades castellanas perseguía revertir dichos males, y la Santa Junta que se formó en Ávila y luego en Tordesillas era el órgano que se juzgó más a propósito para ello. La revuelta social que acontecía en paralelo y sus consecuencias fueron temidas en particular por el estamento nobiliario.

En su vertiente militar, el conflicto vio cómo formas de organización heredadas del medievo coexistían con las más novedosas armas de la época, los cañones de asedio, la disputa por cuya posesión precipitó los acontecimientos. Las tropas comuneras de Juan de Padilla se hicieron con un número considerable de piezas, varias de ellas de elevado calibre. En total, según Adriano de Utrecht, el tren comunero que entró en acción contra el castillo de Torrelobatón estaba formado por “seys piezas gruesas y cinco falconetes con setenta barriles de polvora, quinientas o seyscientas pelotas y treynta otras pelotas de piedra”.

A la postre, sin embargo, la alta nobleza abrazó la causa carolina y su esfuerzo permitió vencer a los comuneros en Villalar el 23 de abril de 1521. Los capitanes Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron ejecutados al día siguiente.

Por su parte, Padilla interpeló a este: “Señor Juan Bravo, ayer era dia de pelear como caballeros, y oy de morir como Christianos”. Comenzaba entonces, para una Castilla que veía a su monarca coronado sacro emperador y que conquistaba en las Indias el imperio mexica, una nueva etapa de su historia.

Vizcaya

La capital vizcaína ha sido un objetivo codiciado a lo largo de la historia, razón por la que sufrió dos asedios durante las guerras carlistas, primero en 1835 y un segundo un año después, pero quizás la más importante, por la magnitud de los combates, por el número víctimas y por la trascendencia que tuvo, fue la batalla de Bilbao durante la Guerra Civil española, que supuso la toma de la ciudad por las tropas sublevadas tras una larga y sangrienta ofensiva en junio de 1937.

La batalla de Bilbao tuvo lugar tanto en el entorno de la ciudad como en la margen derecha de la ría y la Sierra del Ganguren entre Bilbao y Galdácano, en el contexto de los combates que estaban teniendo lugar en Vizcaya. Su posesión era elemental para ambos bandos, tanto por su situación estratégica en la franja cantábrica controlada por la República, como por sus industrias pesadas y fábricas de armas.

El 12 de junio las tropas franquistas, al mando del general Dávila, y con la ayuda de los ejércitos de la Alemania nazi y la Italia fascista, atravesaron el Cinturón de Hierro y, tras la dura resistencia de soldados y milicianos en Artxanda, el día 19 ocuparon Bilbao. El ejército republicano vasco se fue replegando hacia Cantabria, donde buena parte del mismo fue hecho prisionero tras la caída de Santander, mientras que otros batallones continuaron combatiendo en su retirada hacia Asturias.

También participaron en los combates 80 aviones de la Legión Cóndor alemana y otros 70 de la aviación de Mussolini, así como la aviación republicana.

En total, por el lado republicano combatieron unos 50.000 hombres del I Cuerpo de Ejército de Euskadi, así como numerosas piezas de artillería y tanques soviéticos y franceses; por el lado franquista, unos 65.000 hombres y un importante número de tanques Panzer I alemanes y tanquetas italianas.

Aunque no hay datos exactos, se estima que en el bando republicano hubo 14.000 muertos, heridos y prisioneros, mientras que en el sublevado habría habido cerca de 8.000 pero en el conjunto del País Vasco, no solo en la toma de Bilbao, según datos del Gobierno vasco de la mano del Instituto de Memoria (Gogora).

La caída de Bilbao y toda Vizcaya supuso un durísimo golpe para la República, pues perdía uno de sus polos industriales y mineros. Para el conjunto del Frente del Norte fue una catástrofe, porque afectaba también a la defensa de Santander y Asturias.

Zamora

Batalla de Toro. Con el fin de defender los pretendidos derechos a la Corona de Castilla de Doña Juana, “La Beltraneja”, su tío (Alfonso V, rey de Portugal), invadió las tierras castellanas el 25 de mayo de 1475. Su ejército llegó hasta Toro y Zamora, desde donde amenazaba Valladolid y Medina del Campo, residencia de los reyes castellanos Isabel y Fernando.

El 1 de marzo de 1476 se encontraron los ejércitos de Alfonso V y de Fernando el Católico en las inmediaciones de la ciudad de Toro. Inició el ataque la vanguardia portuguesa, pero fue detenida por las huestes del Cardenal Mendoza, momento que aprovechó el Duque de Alba para flanquear con su ejército la derecha de los portugueses y decidir la batalla, que duró más de tres horas.

Los castellanos lucharon con gran valor y se apoderaron de ocho estandartes enemigos. Las pérdidas en uno y otro bando fueron cuantiosas, pero el triunfo sirvió para acabar con las divisiones entre la nobleza de Castilla.

Isabel I vio que había soldados que no morían en el campo de batalla, sino después, a causa de la falta de atención médica y de falta de medios para curar las heridas. Por todo ello, mandó instalar seis grandes tiendas equipadas con materiales y personal sanitario, lo cual repitió a partir de ese momento, en el la guerra de Granada, en Santa Fe y Loja. Por este hecho, la reina Isabel fue la creadora del primer hospital militar de campaña, y todo esto ocurrió en España un siglo antes que en otros países europeos, la reina había encontrado una solución sanitaria a las tragedias de la guerra.

Zaragoza

La batalla de Belchite (24 de agosto de 1937 al 7 de septiembre de 1937), en el marco de la Guerra Civil española, dejó 5.000 muertos, un pueblo arrasado y una huella difícil de borrar. Belchite, municipio ubicado en la provincia de Zaragoza, fue escenario durante 14 días de un enfrentamiento con gran y grave repercusión en la guerra.

Ruinas de Belchite
Ruinas de Belchite FOTO: Ayuntamiento de Belchite

Todo comenzó cuando los republicanos prepararon unas ofensivas con el fin de aliviar la presión de esta zona e intentar evitar la caída de Bilbao. Para ello, un gran número de efectivos se extendieron a lo largo del frente de Aragón, con la intención de realizar un avance rápido sobre la capital de la región, ocuparla y provocar el desplazamiento de los sublevados.

Sin embargo, en la guerra nada es como se espera. Tras unos días de frenética lucha entre ambos bandos en el casco urbano de Belchite, las luchas se realizaron de casa en casa, acabando así con todo resquicio de resistencia. El día 5 de septiembre la iglesia de San Martín fue tomada por los republicanos, hasta que el municipio cayó por completo al día siguiente.

Ceuta

La batalla de Ceuta de 1415, librada el 21 de agosto de 1415, y la posterior conquista de la actual ciudad autónoma por los portugueses, arrebatada a los musulmanes, tiene sus raíces en los primeros años de la dinastía de Avis en Portugal. Tanto la batalla de Ceuta y, en un sentido más amplio, la era de la expansión europea, fueron influenciados por el infante Dom Henrique de Portugal, más conocido como el príncipe Enrique el Navegante.

Los 45.000 hombres que viajaron en 200 buques portugueses sorprendieron a los defensores de Ceuta y el ataque, que se inició por la mañana, terminó con la captura de la ciudad por la noche tras el desembarco y la toma del castillo, ya vacío tras la huida de los musulmanes. El príncipe Enrique se distinguió en la batalla, siendo herido durante la conquista de la ciudad.

La toma no afectó las relaciones entre Portugal y Castilla, que, por aquel entonces, todavía andaba sumida en sus propios problemas internos y sus esfuerzos más centrados en expulsar a los musulmanes que ún quedaban en el Reino de Granada.

De hecho, pasados los años, fueron precisamente los españoles los que terminaron controlando Ceuta sin necesidad de presentar batalla. En 1580 la corona portuguesa pasó a manos del rey español Felipe II, lo que unificó los dos países durante 60 años.

Para cuando Portugal recuperó su independencia de España en 1640, Ceuta no reconoció como rey a João IV y se mantuvo bajo el dominio español. lo que quedaría oficializado en el Tratado de Lisboa firmado por ambos países en 1668.

Melilla

La guerra de Melilla (1909) fue un conflicto que enfrentó a tropas españolas con las cabilas rifereñas. La rebelión de los rifeños fue motivada por las concesiones mineras a compañías extranjeras. El hecho más destacado fue el desastre del Barranco del Lobo.

El día 18 de julio tuvo lugar el primer combate importante, en el monte Si Ahmed el Hach, cuando las cabilas atacaron las posiciones españolas más alejadas de Melilla, las de Sidi Amet y Sidi Alí. Le siguieron otros combates el 20 de julio, generalizándose las posiciones atacadas, que se prolongaron en alguna de ellas hasta del día 21.

Las autoridades españoles empezaran a entender que se trataba de algo más que una simple escaramuza, por lo que el Gobierno envío refuerzos. El 23 de julio hubo 300 bajas españolas, entre muertos y heridos.

Días después salen de Melilla dos columnas, una al mando del coronel Fernández Cuesta, con seis compañías, cinco de la 2º Brigada Mixta y una de la de África, y otra integrada por los batallones de la 1.ª Brigada Mixta, de Madrid, con varias compañías recién desembarcadas, al mando del general Pintos. La segunda, marchando por terreno desfavorable, se extravió el 27 de julio y fue a internarse en el Barranco del Lobo, en donde el ataque de las cabilas le causó numerosas bajas: 17 jefes y oficiales, además del propio general Pintos, y 136 hombres de tropa y soldados muertos; 35 jefes y oficiales, y 564 hombres de tropa y soldados heridos. Total: 752 bajas.

Esta derrota fue llamada el desastre del Barranco del Lobo.

Los ataques siguieron produciéndose en los meses siguientes, hasta diciembre de ese año. En los aproximadamente seis meses que habían transcurrido, el número total de bajas españolas en la guerra de Melilla ascendió a 2.235, de las que 358 fueron muertos.