Cultura

El laboratorio de la Historia

El ocaso de las monarquías europeas

Con el final de la Segunda Guerra Mundial, la costa portuguesa fue acogiendo a un buen número de familias reales que habían perdido sus tronos en sus países de origen

Imagen de archivo de María José de Bélgica y Humberto II de Italia
Imagen de archivo de María José de Bélgica y Humberto II de Italia larazon
La fecha: 1945. La Costa Dorada portuguesa que se extiende entre Carcavelos y Cascais se convirtió, tras la II Guerra Mundial, en una corte de reyes en el exilio.
Lugar: Estoril. Entre los representantes de todas aquellas dinastías destronadas no faltaba el hermano de Mafalda de Saboya, Humberto II, último rey de Italia.
La anécdota. La reina belga Isabel era un caso especial. impulsiva, la encontraron tocando de madrugada el violín en el interior del cráter formado por una bomba.

La Costa Dorada portuguesa que se extiende entre Carcavelos y Cascais, alcanzando las estribaciones de la sierra de Sintra, se convirtió tras la Segunda Guerra Mundial en una majestuosa corte en el exilio que reunía a las familias más distinguidas del Almanaque de Gotha, auténtica Biblia de la realeza y nobleza europeas. ¿Acaso el exilio no constituía en el fondo una pasión amarga para un monarca sin corona, despojado de la noche a la mañana de todas sus dignidades regias, por mucho que los caprichos y lujos mundanos consolaran en parte el incomparable poder de las tiaras?

Entre los representantes de todas aquellas dinastías destronadas no podía faltar el hermano de Mafalda de Saboya, Humberto II, último rey de Italia. Afable, de aspecto agradable y de alta estatura, había barruntado ya el ocaso de su reinado en junio de 1944, mientras asistía a la ceremonia en honor de los mártires de las Fosas Ardeatinas. Los insultos y silbidos que le dispensó entonces la multitud, y hasta una fallida agresión, le confirmaron que el referéndum entre monarquía y república supondría su derrota final en la gran batalla campal librada por la forma de gobierno en Italia. Aun así, Humberto no se escondió y cumplió con sus obligaciones regias hasta el último momento, pasando revista a las tropas y dando vida al Quirinal mientras disimulaba su fracaso matrimonial con María José de Bélgica, que le ayudó a representar ante el pueblo la falsa imagen de una familia modélica.

El 2 de junio de 1946, dos años después de la muerte trágica de su hermana Mafalda, el referéndum «decapitó» la monarquía de los Saboya en Italia: casi trece millones de votos para la República y alrededor de once millones para la Monarquía. Dividida así la sociedad italiana, Humberto pronunció finalmente su célebre frase, la cual recordaba a la triste despedida de Alfonso XIII quince años atrás, para evitar una guerra civil que estallaría sin remedio cinco años después: «No quiero un trono manchado de sangre».

A las cuatro de la tarde del 13 de junio, Humberto subió al avión con destino a Portugal, donde le aguardaba ya su familia también desterrada. Una vez allí, entabló contacto con «los Barcelona», abreviatura con la que se conocía a don Juan de Borbón y a su familia, a quienes se adhería al principio el rey Carol de Rumanía, fallecido en abril de 1953, y su esposa la princesa Elena Lupescu, los condes de París, y hasta el ex regente de Hungría, Nicolás Horthy, acusado de criminal de guerra por combatir a favor de Alemania, que vivía entonces de forma idílica en la también llamada Riviera portuguesa.

A los reyes se sumaban archiduques húngaros, la princesa Teresa de Orleáns-Braganza y miembros de la familia del pretendiente portugués; además de otros regios parientes que visitaban asiduamente aquel apreciado edén, como el rey Leopoldo III de Bélgica y su madre la reina viuda Isabel, cuya otra hija María José era esposa de Humberto II, o los duques de Aosta, la princesa María de Saboya e Isabel de Grecia.

Un caso especial

La reina belga Isabel era un caso especial. Apasionada e impulsiva, la encontraron un día, recién terminada la guerra, tocando de madrugada el violín en el interior del cráter formado por una bomba. Ante el asombro general, la reina exclamó: «¡Hace una mañana preciosa, y la acústica de este cráter es perfecta!».

La decadencia monárquica de Europa era un hecho ineluctable hacia 1952, cuando Jorge VI de Inglaterra fue enterrado entre lágrimas de impotencia. Tan sólo fue a despedirle entonces un puñado de monarcas, entre ellos Haakon VII de Noruega, Gustavo Adolfo y Luisa de Suecia, o Federico e Ingrid de Dinamarca. Algunos reyes soportaron con notable entereza su desgracia pero otros, no. Algunos abandonaron el trono únicamente con las ropas que llevaban puestas, pero otros en cambio se marcharon con el tesoro nacional de su país. El caso del rey Simeón de Bulgaria fue el más patético de todos. Subió al trono con seis años, tras la misteriosa muerte de su padre, el zar Boris. Tres años después, un gobierno comunista lo envió al exilio. El niño empaquetó sus juguetes y se marchó asustado con una sonrisa triste y resignada.

En Estoril, el rey Humberto no se dedicaba a politiquear como el conde de París o don Juan de Borbón, que mantenían todavía en alto sus aspiraciones al trono. Aunque todos eran reyes sin corona a quienes las vicisitudes de la Historia habían privado de sus regias dignidades.

EL TESORO DE MAURA

Otros vivían en Estoril a cuerpo de rey sin serlo tampoco, como Gabriel Maura Gamazo, duque de Maura y ministro de Trabajo en el último Gabinete de Alfonso XIII. Maura pasaba largas temporadas en su Villa Darveida, donde guardaba uno de sus más preciados tesoros: todo un Rolls-Royce de cuyo modelo, según presumía su altanero dueño, solo existían tres en el mundo entero. Claro que, entre las alhajas de la automoción, sobresalía el llamado «fantasma de plata», el primer Rolls-Royce que Alfonso XIII incorporó a su colección en 1918. Denominado en inglés Silver Ghost, nadie se cansaba de admirar su carrocería reluciente de aluminio en las cocheras de Villa Giralda, la residencia de los condes de Barcelona. Aquel modelo 40/50 HP era un prodigio de la técnica que había ganado una carrera de resistencia de 3.000 kilómetros hasta Escocia, y recorrido más de 23.000 kilómetros sin sufrir la menor avería.