Literatura

J. D. Salinger: publicar y arrepentirse

Celoso de su intimidad hasta límites enfermizos, Salinger se negó a ceder a las exigencias de una época marcada por la imagen y las entrevistas. En enero se cumplirá el centenario de su nacimiento, pero ya hay toda una avalancha de reediciones en marcha para conmemorar al más esquivo de los escritores del siglo XX.

El escritor Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, en una de las pocas imágenes conocidas de su vida
El escritor Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, en una de las pocas imágenes conocidas de su vida

Celoso de su intimidad hasta límites enfermizos, Salinger se negó a ceder a las exigencias de una época marcada por la imagen y las entrevistas. En enero se cumplirá el centenario de su nacimiento, pero ya hay toda una avalancha de reediciones en marcha para conmemorar al más esquivo de los escritores del siglo XX.

He aquí un autor cuya obsesión por el retiro llegó hasta límites inconcebibles y del que se cumplirá el centenario de su nacimiento el próximo día 1 de enero. De tal modo que se diría que Jerome David Salinger realmente descansó en paz el día de su muerte, a los noventa y un años. Su vida en cierta manera ya había acabado en 1951 con «El guardián entre el centeno», porque a partir de esa fecha empezó otra, angustiosa, solo sobrellevada por sus prácticas de budismo zen, en la que quiso proteger su intimidad hasta lo enfermizo. Así, si un atrevido pretendía escribir su biografía –caso de Iam Hamilton, con «J. D. Salinger: A Writing Life»–, el autor le demandaba. Algo que no prosperaría, aunque el libro, merced a una orden judicial, no pudiera dar extractos literales de las cartas del biografiado. Incluso su hija Margaret quiso decir su opinión del genio cascarrabias en «El guardián de los sueños» (editorial Debate, 2002), donde se afirmaban cosas verdaderamente íntimas y humillantes, de orden escatológico y sexual, sobre el escritor.

Pero ¿qué era de Salinger antes de ese impresionante debut? ¿Y qué fue de él después? Hasta «El guardián entre el centeno», este hijo de comerciantes judíos se orientó hacia el ambiente militar, estudiando en la Academia de Valley Forge, en Pensilvania. Pero ya de muy joven hizo sus primeros pinitos en el relato corto al colaborar con diversas revistas neoyorquinas: en los años cuarenta vieron la luz varios de sus cuentos e incluso un par de capítulos de lo que sería su inmortal novela. En su cabeza crecía la historia que protagoniza el adolescente Holden Caulfield mientras, como voluntario, participaba en la Segunda Guerra Mundial, nada menos que en el desembarco de Normandía. Tras la experiencia bélica, Salinger contrajo matrimonio con una médica francesa, pero la unión no duró mucho, y luego probó suerte de nuevo en 1955 con otra mujer de la que se divorciaría doce años más tarde. Solo era el comienzo de una relación con el otro sexo verdaderamente difícil, como el caso que sufriría en 1972, cuando una chica de dieciocho años subastó las cartas que Salinger le había escrito.

Budismo e histeria

Poco a poco, Salinger va desarrollando una personalidad contradictoria que busca en el budismo una calma que él mismo, por sus reacciones públicas, está lejos de hallar. Su personaje más famoso es en cierta medida como él, un inadaptado social: Caulfield constituye la representación del hombre incomprendido, y más si cabe en su edad adolescente. Salinger parece él mismo un hombre de perpetua pubertad, hiperestésico, intratable incluso. Todo lo cual le lleva a decidir una especie de encerramiento propio. Abandona Manhattan y se traslada a una localidad de New Hampshire; no desea publicar nada más, como si su éxito hubiera extremado su inadaptación. Y entonces va creciendo la leyenda en torno a él: Salinger está desaparecido, quiere borrarse del mapa, escapa de los ojos curiosos, de los flashes, de los periodistas; una actitud que únicamente hace aumentar la curiosidad de la gente. Ni siquiera permite ilustraciones en las portadas de sus libros.

Desde pronto, la fama lo acorraló, y él se metió en un búnker, podríamos decir que literalmente. Por algo David Shields y Shane Salerno, autores de «Salinger» (editorial Seix Barral, 2014), empezaban su libro diciendo: «J. D. Salinger se pasó diez años escribiendo ''El guardián entre el centeno'' y el resto de su vida arrepintiéndose». Después de casi una década siguiendo cada detalle del narrador y obteniendo documentos y opiniones inéditas, acabaron ofreciendo una biografía escrita cual obra de teatro a partir de la voz de numerosas personas del entorno más o menos cercano del escritor. Nada se les escapó a los biógrafos, que ahondaban en todas las contradicciones de Salinger, sobre todo, desde luego, en el celo por su vida privada y a la vez en su propio interés por lo que se decía de él, poniendo además el acento extensamente en su experiencia bélica, ya que tal cosa marcaría su personalidad de modo trascendente, y luegon su obra, durante los años que sirvió en Europa y sufrió en sus carnes cinco sangrientas batallas.

Con todo, los autores concluían que «antes incluso de implicarse en la guerra ya estaba traumatizado, pero después lo estuvo de manera más profunda y para siempre». El sufrimiento extremo que presenció en la Segunda Guerra Mundial y su perfeccionismo ante la escritura se ramifican en una actitud tan seductora como desconcertante. La que más, tal vez, el hecho de que Salinger buscara la compañía de chicas menores de edad para, una vez llevadas a su terreno, acabar por despreciarlas. Esta conducta salía explicada una y otra vez mediante el recuerdo de muchas jóvenes, que sin embargo no podrían igualarse al impacto que le suscitó la belleza de la que sería esposa de Charles Chaplin, Oona O’Neill, al fin un romance frustrado. Un episodio que literaturizó Frédéric Beigbeder en una novela, «Oona y Salinger» (editorial Anagrama, 2016).

Ese punto de inflexión en Europa alejará para siempre a Salinger de su gran amor. Desde el Viejo Continente, el escritor enviará cartas a la bella hija del dramaturgo Eugene O’Neill (cartas que Beigbeder inventaba al no haber trascendido las reales que se intercambiaron ambos protagonistas), y la muchacha le contará lo que enfurece al soldado: que se va a casar con Charlot. Lo hará en 1943, y la pareja, a la que separan treinta y seis años de edad, tendrá ocho hijos y se mantendrá unida hasta la muerte del actor, en 1977. (Truman Capote dijo de su joven amiga, con la que acudía a diversos clubes de Nueva York: «Solo tenía un defecto: era perfecta. Fuera de eso, era perfecta».) Al romance frustrado de Salinger le sucedería, aparte de la guerra, esa fama con la que se sintió asfixiado y ante la que decidió aislarse para siempre. Y las diversas relaciones infructuosas antes apuntadas.

Una mujer hipnótica

Beigbeder se ejercitaba en lo que pudo haber sucedido entre Oona y Salinger; él queda prendado incluso de su «nombre hipnótico» y tienen una relación amorosa sin sexo ante el temor de ella a quedar embarazada. Oona, habitual en la prensa rosa de la época, se considera una «huérfana de una persona viva», pues su padre –famoso por haber sido premio Nobel en 1936– apenas quiso saber de ella cuando abandonó a la familia para instalarse en París. Salinger marchará al ejército con la idea de «demostrar coraje para ganar prestigio a ojos de Oona», y le seguirá escribiendo cartas aun sabiendo que ella jamás las leerá y que su vida pende de un hilo. El escritor, pura contradicción, «enamorado de Oona, escribe que hay que destruir al otro antes que terminar destruido uno mismo. Querer es demasiado peligroso». Desde ese punto de vista, dice Beigbeder, Oona se salvó de sufrir por culpa de Salinger, y este tenía la corazonada de que la joven no lo esperaría: «Lo que no le impidió quedar destrozado cuando su amada lo sustituyó por otro». En paralelo, Salinger, muy lejos, jugándose el pellejo a diario y pensando en su amor platónico, ascenderá a sargento, actuará en el contraespionaje y hablará en el Ritz parisino con otro mito de la literatura americana, Ernest Hemingway (Salinger prefería sin embargo a F. S. Fitzgerald), que le dirá por carta durante la guerra: «¡Qué feliz me hace leer sus relatos y qué pedazo de escritor me parece!».

Escritores furtivos

Hoy, en el reino del marketing, del acto público, del libro como producto y el autor como marca, es difícil ser un escritor sin imagen, como pretendió Salinger. Sólo hay excepciones extrañas. Javier Zardoya, en un artículo titulado «El caso de los escritores furtivos», aparecido en la revista de Camilo José Cela «El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia», decía: «En el panorama literario actual, en el que las campañas de promoción han arruinado toda la clase de mitología que podía envolver a sus principales protagonistas, resulta cuando menos chocante que queden todavía personajes irreductibles a los que el poderoso aliento de la imagen no haya atrapado todavía». Y entonces salían las alusiones a determinados autores de culto que, en algunos casos, han tenido gran éxito comercial: Thomas Pynchon, Maurice Blanchot, J. D. Salinger, Cormac McCarthy, Carlos Castaneda o Julien Gracq. Todos o muertos o muy mayores de edad.

Obra inédita

La leyenda y la extravagancia que rodearon a Salinger no hicieron más que aumentar a medida que los estudios sobre su vida y obra se iban sucediendo hasta su muerte, en el año 2010, y póstumamente. Su corta obra narrativa publicada a lo largo de los años 1951-1963 devino una influencia inmensa para las generaciones siguientes; lo cual se extendió cuando surgieron ciertas informaciones sobre los textos que fue preparando para su propio placer, como reveló a un amigo. Sin embargo, aquellos cinco libros que estaban proyectados para que se publicaran entre los años 2015 y 2020 no tienen visos de aparecer.