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«La verbena de la Paloma»: Sin mantón de Manila

Tiempo de lectura 2 min.

02 de marzo de 2019. 01:45h

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Raúl Losánez.  2/3/2019

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Música: Tomás Bretón. Libreto: Pablo Messiez, a partir del original de Ricardo de la Vega. Director musical: Oliver díaz. Director escénico: P. Messiez. Intérpretes: Antonio Buendía, Etheria Chan, Lara Chaves, Laura Enrech... Teatro de la Zarzuela. Hasta el domingo.

Última entrega del interesante Proyecto Zarza que lleva a cabo el Teatro de la Zarzuela con la intención de acercar a nuevos públicos el patrimonio de nuestro género dramático-musical por excelencia. Zarzuela hecha por jóvenes para jóvenes; este viene a ser el «leitmotiv» de un ciclo pensado para hacer evolucionar un tipo de teatro que, en su representación escénica, sigue siendo deudor de un mundo y un tiempo ya extintos. «La verbena de la Paloma», tan popular entre los mayores como desconocida por las nuevas generaciones, ha sido la obra elegida en esta ocasión. Y es el director escénico Pablo Messiez quien ha asumido la tarea –probablemente polémica para algunos puristas– de desmenuzarla dramatúrgicamente, con sumo cuidado y con necesario cariño, para volver luego a armarla en un código de inapelable contemporaneidad. El verano y el calor; la festividad de la Paloma, como pretexto para la celebración; y la verbena, como acontecimiento propicio al encuentro y la diversión, son básicamente los elementos que ha mantenido Messiez del texto original de Ricardo de la Vega. Junto a ellos, en una trama relacionada con las actividades culturales y deportivas de un centro cultural de un barrio en el que se va a inaugurar un nuevo salón, ha insertado algunos problemas que bullen hoy a pie de calle –al fin y al cabo, eso era lo que hacían tradicionalmente los libretos de zarzuelas–, como son el respeto y la tolerancia en razón de género, de lugar de procedencia, de orientación sexual... o de lo que sea. Por otro lado, ha tamizado el asunto de los celos que planteaba en su argumento De la Vega y ha revestido de pureza el concepto del amor que planea en toda la función y que determina las relaciones de los personajes. Finalmente, con todos estos ingredientes, el director ha querido, sobre todo, rendir un abierto homenaje a la música, defendida aquí como una expresión humana que, prescindiendo del entendimiento, nos conecta a todos a través de la emoción y los afectos y nos convierte, por ello, en seres casi mágicos. Además, la historia, que no deja en realidad de ser un sainete como era, está envuelta bajo una capa de metateatralidad que permite tender un puente al pasado y rescatar de él para el escenario, siquiera brevemente, algún chulapo y algún mantón. Y todo, eso sí, está contado sin trastocar una sola nota de la famosa partitura de Tomás Bretón, interpretada aquí por un grupo de cámara –formado por músicos tan jóvenes como los actores– que, bajo la dirección de Óliver Díaz, ha sabido transitar entre el desenfado y la ternura que parecía demandar de forma inexcusable la acción.

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