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Leo Nucci, maestro del canto y la escena

  • El pianista James Vaughan (izda.) junto al barítono Leo Nucci tras acabar el recital
    El pianista James Vaughan (izda.) junto al barítono Leo Nucci tras acabar el recital

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19 de diciembre de 2017. 23:48h

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Gonzalo Alonso 19/12/2017

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Obras de Verdi, Tosti, Field, Buzzi-Peccia, Rossini, Puccini, etc. Leo Nucci. James Vaughan. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 18-XII-2017.

Antonio Moral tiene muy a gala que el ciclo de lied no incluya arias de ópera en los programas oficiales. Leo Nucci intervino en dos anteriores temporadas respetando este criterio, pero a la tercera fue la vencida y, anunciado como «recital extraordinario», la segunda parte se centró en aquel género. Lleno hasta la bandera, como no podía ser de otra forma, con un público que adora al artista de quien muchos recordaban aquel inolvidable bis de la «vendetta» en el Teatro Real. Leo Nucci (Bolonia, 1942) es ante todo un artista muy inteligente, exponente de una edad de oro de la lírica de la que nos quedan muy pocos nombres ya. Empezó con una sorpresa fuera del programa anunciado. Salió al escenario con chistera para sacar de ella no solo pañuelos, que también, sino para interpretar vocal y escénicamente el «Prologo» de «Pagliacci». Desde esta página inicial demostró la cualidad apuntada, dando vida a cada una de las piezas de forma que no sólo llegasen más al espectador sino que ayudase a dejar en la irrelevancia la posible constatación de que a los setenta y cinco años la voz no puede estar como a los cuarenta. Cantó con intimidad acariciadora la infrecuente «Donna, vorrei morir» de Tosti y sobrevoló con soltura las velocidades de «La danza» rossiniana, pero fueron las arias de «Gianni Schicchi», «I due Foscari», «Ballo in maschera» e «Il barbiere di Siviglia» las que arrebataron al público. Un cantante que sabe variar la expresión para ir de la dramaticidad del «Eri tu» a la alegría de «Largo al factótum». Frasea con sentido y expresa con pasión a través de una voz baritonal, lírica en sus inicios y oscurecida al paso del tiempo, extensa y caudalosa, de timbre con metal, de fácil, seguro y mordiente agudo. Los colegas jóvenes harían bien en observar cómo logra colorear los sonidos mediante el uso de direccionalidades del aire. Le acompañó al piano con autoridad James Vaughan. En la casi media hora adicional de propinas nada menos que el aria de Posa en la prisión del «Don Carlo», posiblemente lo mejor de la noche por intensidad y nobleza, el «Cortigiani» de «Rigoletto» y el «Nemico de la patria» de «Andrea Chenier». Total nada. Como colofón la napolitana «Mamma» coreada por los asistentes. A la salida es inevitable pensar en la diferencia entre los artistas de ayer y hoy, en una clase que va desapareciendo. Leo Nucci dejó constancia de ello, haciendo recordar el último recital de Carlo Bergonzi en Madrid un 23 de diciembre de 1989. ¿Por qué no hay artistas así? Nos preguntábamos entonces y nos preguntamos hoy. La generosidad en la entrega al público y el sentirse feliz al cantar, transmitiendo esa felicidad, son el condimento final y definitivo.

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