Manual del buen espectador

La Razón
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A veces he sentido la tentación de escribir un «Manual del buen espectador de teatro», pues al fin soy autor, escenógrafo, figurinista y director de escena. Esta mi tentacular profesión me ha hecho conocer lo entraño del hecho teatral en toda su extensión, que «el buen espectador» también debiera tener en cuenta: dirección, interpretación, decorado, vestuario, luces y sonorización. Porque todo es intencionado y creativo, todo tiene que colaborar con destreza en esa ilusoria realidad; lo que, en su totalidad, viene a ser el Arte con mayúscula. El espectador tiene que fijarse en todo y dar cuenta de todo, como buen testigo de esta realidad. Porque es una zafiedad y un gran desmán de la crítica emitir un juicio subjetivo y en tono lapidario, absolutorio o condenatorio, sin más explicación; mostrar sus entusiasmos particulares como axiomas o dictámenes inapelables, tal que los de un señor de horca y cuchillo que corta el bacalao a su capricho. A veces tan torpemente como el más bisoño aficionado. Un memo con poderes mediáticos.

Pero dejemos este terreno pantanoso para centrarnos en este fenómeno superlativo y gratificante del teatro. Porque estamos presenciando, en vivo y en directo, la creación material de una obra de arte, que trata de hacerlo a la perfección y con los menos fallos posibles. Una obra que nunca será la misma consecutivamente, a causa de los imponderables del tiempo. Puede que, a la siguiente representación, la primera actriz esté ronca y haga inhumanos esfuerzos para disimularlo, que se produzcan fallos, que se tratarán de disimular o corregir sobre la marcha.

No importa tanto que la obra sea un éxito; lo que importa es que salga bien a cada representación. Esa apasionada tensión de todo el personal farandulero influye y se transmite al espectador. Hay actores que no pueden evitar el «trac», el miedo escénico. Nos enfrentamos al peligro de no gustar, no fascinar al público, no estar a la altura de lo que nos pagan por eso. Y esto se extiende a todos los demás responsables, que no dan la cara pero participan en la buena marcha de esta viva y palpitante creación, desde la cabecera de cartel hasta el encargado de subir y bajar el telón. Porque el teatro no tiene los recursos mejorables y correctivos del cine. Es como si nos jugáramos el puesto en cada ocasión.

Pero hay algo fulgurante y contagioso en una representación teatral: el sentimiento de alegría y de plenitud que experimentamos los profesionales actuando, mostrando nuestras capacidades de cualquier tipo y todos a la vez. Así nos abrazamos y besamos, presas de la emoción, cuando ha terminado un estreno, tanto si es un éxito como si no. Tales esfuerzos y peligros son los mismos, y consolarse o felicitarse tiene el mismo valor. «Lo hemos dado todo» y hemos puesto nuestros cinco sentidos en esa operación. Ese gran valor espiritual, intelectual, sensorial y aun sentimental tiene la ceremonia del teatro, desde Aristófanes a Samuel Beckett. Un «mundo otro» en el que reinan la imaginación, la fantasía y el asombro. Una bella mentira que dice la verdad.