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Mario Vargas Llosa: "El nacionalismo puede acabar con la democracia en España"

El novelista, Premio Nobel de Literatura, regresa a la actualidad. En otoño publicará su nueva novela, titulada «Tiempos recios», y un documental, «Mario y los perros», aborda sus inicios como autor. En la entrevista reflexiona sobre las amenazas a Europa.

  • Foto: Alberto R. Roldán
    Foto: Alberto R. Roldán
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

26 de mayo de 2019. 00:03h

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Javier Ors Madrid. 26/5/2019

Mario Vargas Llosa es un escritor de discurso abundante, pero cauto de palabra. De su próxima novela comenta su título pero evita revelar su argumento. «No, eso lo dejamos para más adelante». A esos hitos que son «La ciudad y los perros», «Conversación en la catedral», «Pantaleón y las visitadoras» o «La guerra del fin del mundo», que más que continentes literarios son geografías de lo humano, de sus múltiples fanatismos, debilidades, vehemencias y ese amplio arco de pasiones que dirigen sus acciones o sus inacciones, suma ahora «Tiempos recios», que saldrá el próximo mes de octubre.

El novelista, que debe ser un hombre con una inclinación acentuada a la puntualidad británica, se suma a ese debate de Premios Nobel que reunió el pasado miércoles la Fundación Ramón Areces, a la hora justa en que se le esperaba. Viene con traje y corbata, que son las máscaras elegidas por la seriedad, pero que en su caso suponen un embozo de frágil factura, que se craquela cuando sonríe, al recordar «Mario y los perros», el documental que Televisión Española estrenará el 27 de junio y que aborda esos años definitivos, los que van desde los 10 a los 26, que son los de su formación y consolidación. «No he intervenido prácticamente en nada. Me pidieron una entrevista, pero después de haberlo rodado. Sé que ellos estuvieron en Perú, que entrevistaron a mis amigos y, también, entiendo, a enemigos (risas). Sé que es sobre “la ciudad y los perros”, que escribí cuando era joven, pero poco más conozco. Que se va a estrenar pronto. Espero estar allí para poder verlo, aunque no estoy al tanto de su contenido».

–En su juventud, consideraba que la escritura es rebeldía. ¿Todavía lo sostiene?

–Ponerse a escribir, a crear un mundo paralelo a través de la palabra, es un síntoma de rebeldía, de insumisión. Si el mundo, tal como es, nos dejara perfectamente satisfechos y contentos, ¿por qué los escritores estaríamos dedicando tantas horas, tanto tiempo y enfrentando, también, tantas dificultades para crear otros mundos paralelos? Sin duda existe una actitud rebelde y crítica frente al mundo tal como es y que está presente en la vocación literaria.

–Y en la lectura.

–Desde luego. Al mismo tiempo, los buenos libros nos despiertan una actitud muy crítica frente al mundo. En ellos, los sucesos ocurren de una manera coherente, aunque en la vida nunca tenemos esa idea de coherencia, no conocemos las motivaciones que se esconden detrás de las conductas, no sabemos cuáles van a ser las consecuencias de determinadas actitudes, pero eso lo tenemos claro en una obra de ficción o en una obra literaria. Creo que en la lectura hay especie de revelación de unos mundos más perfectos que el que nosotros vivimos y que eso alienta esta actitud de crítica a la que me refiero. Por eso considero que una sociedad muy impregnada de buena literatura es una sociedad de individuos muy críticos y mucho más difíciles de manipular por los grandes poderes que en esas sociedades en la que se lee poco o apenas nada.

–Hoy en día, las pantallas han desplazado a los libros.

–Es verdad. Hay una competencia de las pantallas con los libros que, desgraciadamente, sobre todo entre los jóvenes, significa que están retrocediendo, que son menos importantes para la mayoría de las personas. Para mí, eso es problemático, porque no estoy seguro de que las pantallas, incluso las ficciones que aparecen en ellas, por muy buenas que sean, animen un elemento crítico. Una sensibilidad educada exclusivamente por las pantallas, por las imágenes, es mucho más fácil de manipular por los poderes de este mundo que una personalidad educada con buenas lecturas.

–¿Qué hacer?

– Eso dependerá de nosotros. Si creemos que los libros son importantes, habrá que organizar la vida de una manera que vaya produciendo lectores que sean críticos y que lean buena literatura, porque también existe muy mala literatura que no es de ninguna manera inconformista, sino más bien conformista. Los libros y las pantallas deberían convivir. Y no quedar los libros aplastados por las imágenes, porque las ideas son importantes, fundamentales. Las imágenes no reemplazan totalmente a las ideas. Eso se debe reflejar en la educación porque ésta y el colegio son los que crean buenos lectores. Y de chicos, porque si no se aprende a gozar de la literatura a esa edad, después, de adultos, es más complejo. Los mayores difícilmente pueden descubrir la importancia que tiene la lectura en la vida.

–Me habla de «poderes». Usted los ha combatido.

–Sin ninguna duda. Y siendo, además, latinoamericano he padecido las dictaduras, las he visto y las he sentido. Cuando era joven las había de un extremo a otro del continente. Eso afortunadamente ha cambiado. Hoy en día tenemos democracias, que generalmente son corruptas, pero una democracia corrupta es preferible a una dictadura, porque en todas las dictaduras siempre existe la corrupción, solo que no se ve, no aparece en la Prensa, porque nunca hay suficiente libertad para denunciar este aspecto característico de todas ellas.

–Habla de democracias. Ahora se escucha la expresión «democracia autoritaria», sobre todo, referido a algunos países del Este de Europa.

–Eso es un disparate total, porque una democracia está reñida a muerte con el autoritarismo. El autoritarismo es un tipo de sociedad aplastada por una autoridad que no permite la libertad de expresión de crítica ni la disidencia. La democracia está abierta a todas las controversias, a todas las ideas, a todos los credos. Es una diferencia absolutamente fundamental.

–¿Y lo grave es?

–El rebrote de los nacionalismos, que está reñido con la democracia, con el pacifismo, con la coexistencia en la diversidad, y que es el principio fundamental de la democracia. El nacionalismo siempre pretende regresar a esa sociedad homogénea que jamás ha habido y en la que todo el mundo compartía el mismo credo, lenguaje y raza. Eso nunca existió y, además, es un sueño que ha llenado de sangre y de cadáveres la historia de la humanidad. Es un gran peligro, el nuevo peligro. Antes era el comunismo, pero prácticamente se ha extinguido y desaparecido, salvo unas cuantas excepciones. Pero, en cambio, el rebrote de los nacionalismos es una realidad de nuestro tiempo y está amenazando un proyecto tan generoso y altruista como es el de la constitución de Europa. Es una amenaza clarísima. Considero que quienes aman y defienden la democracia tienen que dar esa batalla, que es, fundamentalmente, de ideas, una batalla intelectual. Y hay que hacerlo explicando que la democracia es incompatible con el nacionalismo. En Europa, solo tenemos que mirar hacia un pasado, que tampoco es muy remoto ni lejano, para ver los estragos que causaron las dos guerras mundiales, que han sido consecuencia directa de los nacionalismos.

–En España se ha constituido el Congreso de los Diputados esta misma semana. Y nos ha dejado, si me permite decirlo así, unas cuantas anécdotas... ¿Qué le parece?

–El Congreso de los Diputados expresa una diversidad que es muy real. Hay una división política hoy en día, y muy grande, en España. Yo diría que es lamentable, porque el bipartidismo ha traído enormes beneficios a España, pero la realidad actual es que el bipartidismo no existe y lo que existen son muchas fuerzas y muy controvertidas. Aunque lo más grave en el caso de España, para mí, es el rebrote de estos nacionalismos. Creo que en España los nacionalismos son un grave peligro, no únicamente porque amenaza la unidad del país, que es el más antiguo de Europa, sino porque pueden acabar con la democracia. Son una amenaza, tanto en la izquierda como en la derecha. Los demócratas tienen que movilizarse y hacer frente a este riesgo. El nacionalismo es una realidad que está entre nosotros y si dejamos que se desbande y se propague y consiga sus fines, el resultado no será solo la desaparición de la integridad del país, sino también la democracia, que, y esto hay que afirmarlo de una forma categórica, ha traído enormes beneficios a España en estos últimos cuarenta años.

–Regresando al tema literario, ¿cómo ha evolucionado su prosa desde sus inicios hasta hoy?

–Creo que con los años uno acumula experiencias y todo eso se refleja a la hora de escribir. Yo mismo no me doy cuenta de có-mo el paso del tiempo puede haber afectado a mi escritura, a la manera que tengo de componer historias y escribirlas. Aunque debo decir que eso lo veo mejor en otros que en mí mismo. Quizá, cuando es porque cuando uno se mira en el espejo, no sabe valorar su propio rostro. Hay una expresión en inglés, que me gusta y que para mí es aporta un concepto muy claro, que dice «A Man for all Seasons», «un hombre para todas las estaciones». Esta fórmula se puede aplicar mucho a la vejez, que es una estación en la vida. Todas ellas ofrecen oportunidades y en todas hay muchas posibilidades creativas que corresponden a cada una de ellas.

–Es optimista, entonces, en este asunto.

–Si uno hace de viejo lo que hacía de joven se va a llevar una gran frustración. Pero en la edad mayor existe una experiencia acumulada que puede inducirlo a hacer cosas que corresponden a esta estación, que también puede llegar a ser muy creativa.

–A la gente no le gusta.

–La vejez no tiene por qué ser una decadencia. Hay una que es física, pero cada vez es más llevadera. Sobre todo en una época en que la ciencia ha evolucionado tanto. Nadie tiene por qué sentirse excluido o marginado. Lo que pasa es que las sociedades no están preparadas para soportar a los viejos y no saben qué hacer con ellos. Los marginan, los excluyen, los encierran en esas casas de retiro que considero que es lo más terrible que le puede sucede a un anciano, sentirse apartado de la vida, y entonces, claro, los ancianos se ponen a esperar la muerte y eso, esperar la muerte, es justamente la cosa más triste que le puede suceder a un ser humano.

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