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Opinión

Adiós se llama el juego

Hace un siglo, cuando Sabina era un killer y no amanecía jamás, cuando su lema era "como fuera de casa en ningún sitio", los escenarios eran hogueras

Imagen de uno de los últimos "pases" de Joaquín Sabina en Barcelona Kai ForsterlingEFE

Se va Sabina para siempre, dice. De los escenarios. Y hay algo en ese dato, en esa revelación concluyente, sin fisuras, que hace que la luz que nos rodea se atenúe y la melancolía nos asalte por unos minutos o unas horas, dependiendo de la vinculación sentimental que cada cual mantenga con quien es, sin contestación, uno de los más grandes artistas que ha dado la música en español en los últimos 50 años. Hay adioses y adioses, y algunos se nos quedan atorados en el lagrimal y en esa zona del pecho que empieza a doler cuando se desanudan las emociones. Y en este caso, ojalá se tratase de la 101 mentira del más hábil de los embusteros.

A todo trueno le precede un rayo. Hace un siglo, cuando Sabina era un killer y no amanecía jamás, cuando su lema era «como fuera de casa en ningún sitio», los escenarios eran hogueras en torno a las cuales bailaban los devotos la danza salvaje del rocanrol de los idiotas. Sabina salía a darse un atracón de humanidad con ese cataclismo que lo visita, puntualísimo, antes de cada concierto, pero enseguida la sangre se transformaba en pólvora y la magia de cantar para la multitud anulaba el terror. No se me ocurre mejor modo de sentirse un dios que cuando miles de gargantas braman tu nombre y recitan tus obsesiones. Hay anormalidades inequívocamente hermosas.

Se acabaron las giras extremas (alguna actuación caerá seguro, ya sea en el concierto de un íntimo o por causa de un antojo irrefrenable), pero esas canciones inmortales, en las que se miran y se reconocen las dos Españas, seguirán a nuestro alcance con solo darle al play.

No se puede ir quien siempre va con nosotros. Pongamos que hablo de Joaquín, ese que canta.