Billy Budd, la ópera busca pelea

El recelo ante lo que se rebela contra lo estandarizado es una de las constantes en la producción de Benjamin Britten y el que vertebra esta ópera que el martes llega a Madrid por primera vez y que está basada en un relato de Melville.

Imagen de los ensayos de la ópera, que nunca se ha presentado en Madrid
Imagen de los ensayos de la ópera, que nunca se ha presentado en Madrid

El recelo ante lo que se rebela contra lo estandarizado es una de las constantes en la producción de Benjamin Britten y el que vertebra esta ópera que el martes llega a Madrid por primera vez y que está basada en un relato de Melville.

No sabía quién era su padre ni tampoco dónde nació. Billy Budd estaba solo, su familia era nadie. Cuando el apuesto joven de 21 años se incorporó al Bellipotent mediante leva forzosa le fue encomendada la vigilancia de estribor desde la cofa del trinquete. Al chico, inexperto y de buen corazón, maldita sea, le cambiaron el nombre aquellos lobos de mar de colmillo retorcido. Para unos era un «bárbaro honorable», otros le tildaban con cierta intención de «marinero apuesto» e incluso le llegaron a llamarle «Baby Budd» por su juventud descarada, según lo describe Herman Melville en su relato homónimo. El padre de la ballena inmensa, de «Moby Dick», escribió este bellísimo texto lleno de acción en el que saltaban chispas entre los miembros de una tripulación tan baqueteada que a veces provocaba hasta lástima. Billy el niño era el soplo de aire fresco en un ambiente enrarecido y siempre a punto de estallar en aquel turbio verano de 1797.

Benjamin Britten tomó esta corta narración para tejer una ópera fascinante, una historia asfixiada por las pasiones, los celos y las envidias, por amores quizá no confesados, que iban mucho más allá de la mera admiración. Y estrenó su ópera a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, en 1951, aunque la que representará en Madrid es la de 1960, preferida por el propio compositor, de la que se filmó una versión en 1962, «La fragata infernal», dirigida por Peter Ustinov.

El chico tartamudea

A pesar de su juventud, la historia lírica de este chaval de buen corazón que tartamudea cuando se ve acorralado por el Mal, se incorporó al catálogo operístico inmediatamente. El Teatro Real quiere con este estreno inaugurar de manera solemne los fastos del 200 aniversarios del coliseo. Será, qué duda cabe, el título por excelencia que vertebre la programación de este 2017. Joan Matabosch, director artístico del coliseo, era un niño cuando vio por primera vez esta ópera. Fue en su estreno en el Liceo a cargo de la Welsh National Opera y protagonizada por un entonces jovencísimo Thomas Allen. Algo debió hacer clic dentro de su cabeza. Y se dijo que algún día la montaría. La ópera, claro. «Melville quiso explicar las consecuencias de la Revolución Francesa en la armada británica. Para los militares ingleses era un momento angustioso en el que se estaba contagiando, más allá de Francia, un clima de insurrección que culminó en una serie de motines (en Spithead y en el río Nore, en 1797) que pusieron contra las cuerdas a la armada británica y que atemorizaron a los militares ingleses. Este es el contexto histórico en el que transcurre la acción dramática. La obra explica cómo en un barco de guerra inglés, en 1797, en plena contienda contra la Francia revolucionaria, un joven marinero, Billy Budd, fue juzgado en un consejo de guerra, condenado a muerte y ajusticiado. En la ópera quien rememora la historia es la máxima autoridad, el capitán Vere, muchos años más tarde. No se trata, pues, de una ópera centrada en las figuras de la víctima o del verdugo, sino en el dolor del capitán que, impotente, tuvo que aplicar una ley injusta que destruyó a un hombre intachable. En el prólogo y en el epílogo encontramos al capitán, ya anciano, mucho después de los hechos que narra, carcomido por los remordimientos por no haber encontrado la forma de salvar a Billy. Este es el cambio más importante de la ópera respecto a la novela de Melville. La ópera da a lo narrativo mucha menos preeminencia. Lo que importa es lo que ha movido en el ánimo de Vere el recuerdo del joven marinero que tuvo que sacrificar», explica Matabosch. Eduard Fairfax Vere era un tipo cuarentón, le apodaban «el rutilante Vere». ¿Y quién era John Claggart? Maestro de armas que había cumplido de sobra los cincuenta y según el relato de Melville se había listado en la Marina del Rey para no responder ante los tribunales por un problema de estafa. «Todo lo tocante a su vida era una incógnita para la marinería», se puede leer. Su maldad no era, escribe Melville, producto de una educación viciosa, de libros corruptores o de haber llevado una vida licenciosa, sino nacida con él y congénita, «una depravación acorde con la naturaleza». Y eso, en un espacio tan reducido y en un ambiente tan enrarecido que se podía cortar con una sierra mecánica no presagia sino algo terrible.

El director artístico del Real, fan y apasionado de este título, lo define como un clásico: «Es una de las mejores óperas de la historia y merece formar parte de lo más nuclear del repertorio. Los que acudan a las representaciones del Real tendrán ocasión de comprobarlo», y añade que su inclusión como eje de estas celebraciones significa cubrir «una de las lagunas culturales más espectaculares de la historia operística de Madrid», explica. Le preguntamos por los personajes. Y ahí se explaya: «Son un mosaico de personalidades construido con un impresionante talento teatral y psicológico. Billy Budd es algo así como un “modelo de humanidad”. Melville y Britten lo presentan como lo que los griegos calificaban, con una única palabra, un hombre «bello y bueno». Su belleza y lealtad, su generosidad, juventud, fuerza, su ingenuidad y bondad lo convierten en un hombre casi podría decirse que sin taras. Es un inocente trasplantado a un mundo extraño, y que amenaza el “statu quo”; y allí se encontrará con las fuerzas del mal en mutua aniquilación. John Claggart odia, por su belleza y bondad, a Budd. Y buscará perderlo con provocaciones que lo precipiten a la protesta y a la indisciplina para poderlo castigar. En su impresionante monólogo revela su firme y sádica determinación de destruir a Billy Budd. Y el capitán Vere es un hombre franco y honesto, sin máscara, capaz de reconocer el mal y su inevitabilidad. Es como Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac. Es el exponente de la Ley y la Razón, en constante enfrentamiento con su parte instintiva, que le pide otra cosa. Un hombre razonable al servicio de una empresa irracional», comenta.

Triángulo letal

Para la realización del libreto Britten se rodeó de dos de sus principales colaboradores, el escritor Edward Morgan Foster y el director teatro Eric Crozier. No fue una tarea sencilla, pues Britten dejó el texto inconcluso. En principio iba a ser una balada poética garabateada en unas cuantas cuartillas con el nombre de «Billy esposado»; sin embargo, del verso saltó a la prosa y el compositor pasó a arropar al marinero, a quien rejuveneció, de otros personajes hasta construir el poderoso y fatal triángulo. El autor amplió y corrigió el texto en numerosas ocasiones y tras su muerte quedó olvidado. Es curioso destacar que la primera edición crítica del texto está fechada en 1962, cuando la ópera llevaba ya compuesta más de una década, según desvela Luis Gago.

Cuenta Matabosch que esta ópera explica cómo la maldad y la envidia «destruyen, gratuitamente, a este hombre puro que es Billy Budd. En el fondo late uno de los temas favoritos de Britten: el recelo maligno ante la singularidad, ante un miembro de la comunidad diferente, ante lo no asimilable, ante lo que se rebela contra lo estandarizado. La ejemplaridad del joven es un espejo en el que algunos ven su propia vileza».

«No, no había ningún reconr entre nosotros. Jamás le tuve inquina al maestro de armas. Lamento que esté muerto. No fue mi intención matarlo. Si hubiera podido usar mi lengua no lo habría golpeado. Pero mintió vilmente en mi cara y en presencia de mi capitán, y yo tenía que decir algo, y sólo lo pude decir con un golpe. ¡Dios se apiade de mi!», escribe Melville ante de que la soga rodee el cuello de Billy Budd.

Historia de un triángulo letal

Del 31 de enero al 28 de febrero el Teatro Real ofrecerá 10 funciones de «Billy Budd», nueva producción del coliseo en coproducción con la Ópera Nacional de París, la Ópera Nacional de Finlandia y la Ópera de Roma. La dirección musical es de Ivor Bolton y la propuesta escénica (sin barco en escena, avisamos) lleva la firma de Deborah Warner. El equipo de voces es exclusivamente masculino, y está encabezado por Jacques Imbrailo (como Billy Budd), Toby Spence (Edward Fairfax Vere) y Brindley Sherratt (John Claggart), tres personajes que forman una conjunción letal, un triángulo de pasiones y amores callados que desmbocará en una tragedia apoteósica, un final terrible que ya apuntan los tartamudeos de Budd que, en palabras del director artístico del Real «no es tanto un signo de imperfección sino que apunta a la impotencia de la perfección ante la presencia del mal: es la incapacidad de la inocencia de luchar contra la perversión. Es un elemento cargado de simbolismo».

Deborah Warner, la única mujer en una olla a presión

«El antiguo montaje de Willy Decker de la Opera de Colonia fue imprescindible en su momento, pero me atrevo a pronosticar que en el futuro el de referencia será el de Deborah Warner. En su propuesta, el ‘‘Indomitable’’, es más bien la metáfora de un barco que remite a la humanidad: un pequeño fragmento del mundo, un reino navegante», explica Matabosch. Warner (en la imagen) define el navío como «un espacio anacrónico, con un pie en el pasado y otro en el momento presente», y añade que la sensación de movimiento constante se consigue a través del movimiento escénico y las luces. «Este es un lugar donde nadie querría estar. Es una prisión», explica quien es uno de los grandes nombres de la dirección de escena actual y que ya ha dirigido tres título de Britten: «Otra vuelta de tuerca», «El rapto de Lucrecia» y «Muerte en Venecia». Es la única mujer en todo el reparto.