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Nueva guerra por la toma de Granada

El «nacionalismo andaluz» y los «antifascistas» la emprenden con la fiesta que cada año celebra la caída de Granada por honrar un «genocidio»

  • «La Rendición de Granada», de Francisco Pradilla, un cuadro de 1882, recreaba este suceso. Hoy está en el Palacio del Senado
    «La Rendición de Granada», de Francisco Pradilla, un cuadro de 1882, recreaba este suceso. Hoy está en el Palacio del Senado

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13 de enero de 2019. 13:12h

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Jorge Vilches 13/1/2019

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La controversia generada por la propuesta de VOX de cambiar el 28 de febrero, día del referéndum sobre su autonomía y día de Andalucía, por el 2 de enero, aniversario de la Toma de Granada, responde solamente a una cuestión política. Cada régimen tiene sus fiestas cívicas ideadas para conmemorar momentos fundacionales. El propósito es crear una identidad colectiva sobre la recreación del pasado, atribuyendo al acontecimiento un carácter excepcional por los valores que representa o su trascendencia. No es algo de origen popular ni espontáneo, sino que viene determinado por los dirigentes políticos, deseosos de marcar una fecha como inicio de una época. La toma de Granada culminó una guerra que comenzó en 1482. Los Reyes Católicos emprendieron, quizá, el primer conflicto de la Edad Moderna tanto por la composición de las fuerzas militares, profesional y permanente, incluyendo mercenarios ingleses, hasta por las técnicas de asedio y negociación. Esta fue una de las bases del predominio español a partir de entonces: unidad, modernidad y eficacia. Por el contrario, el reino de Granada estaba en guerra civil por una crisis dinástica, con auténticas matanzas que provocaron la huida de muchos a Castilla. La división cainita del mundo musulmán y la superioridad del ejército cristiano hicieron que las operaciones se limitaran, ya desde 1490, al asedio de Granada desde Santa Fe. Las negociaciones las condujo Gonzalo Fernández de Córdoba, principalmente. Las condiciones para la rendición fueron el respeto a la islam, la exención fiscal durante tres años, y un perdón general por los crímenes de guerra. Cuatro días después de la entrega de Granada, sin lucha, el 6 de enero de 1492, Día de la Epifanía, los Reyes Católicos entraron triunfantes en la ciudad. Atravesaron la Puerta de Elvira, una de las principales, acompañados del príncipe Juan, el heredero, y de un séquito de caballeros y clérigos. La mezquita de los cristianos conversos fue convertida en San Juan de los Reyes, e Isabel y Fernando se alojaron en Palacio. El impacto fue considerable: desapareció el último enclave musulmán peninsular, reforzó la unidad de las dos Coronas y convirtió a España en una potencia mundial. El final de la Reconquista y su nacimiento como momento fundacional fue, como escribió Claudio Sánchez-Albornoz, maestro del moderno medievalismo y republicano muy señalado, «la clave de la Historia de España».

Integración y motín

Los Reyes Católicos organizaron la primera fiesta de la entrega de Granada el 2 de enero de 1494. El encargado fue el arzobispo Hernando de Talavera, quien usó los fondos que hasta el momento se usaban para financiar la guerra para una celebración que sirviera a la integración de los colonos entre la población granadina. Esa convivencia no fue fácil, y finalmente se obligó a los islámicos a su conversión al cristianismo en 1502. El motivo fue la resistencia de los musulmanes a las conversiones, a pesar de los numerosos bautismos. Al aumento de la presión respondieron con un motín en el Albaicín, barrio musulmán de Granada, y en las Alpujarras, territorio cedido a Boabdil, que pronto fueron sofocados. En los años siguientes se instauró la Fiesta de la Toma, fundada por Fernando el Católico, quien derivó la celebración, no a la conquista, sino al homenaje a los Reyes Católicos. Ese cambio se llevó al deseo de fortalecer simbólica e ideológicamente a la monarquía hispánica, con la personificación en ambos soberanos de un proceso histórico de ocho siglos. La orden de Fernando, además, incluía organizar la fiesta como se hacía en Sevilla, donde se conmemoraba el 23 de noviembre, San Clemente, la conquista de la ciudad por Fernando III el Santo. El modelo que se aplicó en Granada era ya muy popular en otras ciudades: misa, cantos, repique de campanas, juegos, toros y simulacros bélicos. De esta manera, la idea de Fernando el Católico era convertir la Fiesta de la Toma, según escribe la historiadora francesa Cécile d’Albis, en una variante local de una celebración nacional. El rey aragonés quería dar un sentido fundacional al fin de la Reconquista y su reinado, y por eso Isabel y él fueron enterrados en Granada. De esta manera, el día de la Toma, cada año, se colocaba una corona sobre cada sepulcro para manifestar la presencia real. Después de la expulsión de los moriscos del Albaicín de Granada, el día de San Juan de 1569, la Fiesta de la Toma tuvo un doble significado: la unidad territorial y espiritual, lo que reforzó su carácter simbólico y también el político. La interpretación romántica y liberal de la historia de España durante el siglo XIX asentó el concepto de Reconquista y la importancia, por tanto, de la Toma de Granada. La celebración del IV Centenario no tuvo el esplendor que se deseó por la crisis económica. El ayuntamiento se apoyó en los arabistas de su Universidad, como Antonio Almagro, en la Unión Hispano-Mauritánica, fundada en esa ciudad en 1883 para recoger las iniciativas de los africanistas españoles, y en la prensa local. El mejor testimonio de la celebración del IV Centenario de La Toma, que fue muy popular, de barrio, fue la que dejó Miguel Garrido Atienza, historiador y concejal republicano progresista, en una de sus obras más reconocidas, «Las fiestas de la Toma» (1891). El ayuntamiento nombró una comisión, en la que estaba dicho político, para festejar «la verdadera epopeya de la Reconquista» que «corona la larga y trabajada obra de la unidad patria». La toma de Granada, decía aquel izquierdista, había sido un acontecimiento que marcó la «secular lucha entre el Oriente y el Occidente» entre «contrarias civilizaciones que se disputaban el dominio del mundo». Los festejos se centraron en los Reyes Católicos con una procesión cívico-religiosa, además de reparto de alimento entre los pobres, vestido para los niños y niñas escolarizados, la interpretación del «Himno a la Unidad de la Patria» del maestro leridano Celestino Vila de Forns, toros, teatro, banderas por doquier y salvas de artillería, entre el 31 de diciembre y el 6 de enero de 1892. También hubo un exposición sobre el arte árabe y su legado en el palacio de Carlos V de la Alhambra, donde el «bazar marroquí» tuvo un enorme éxito. La Fiesta de la Toma de Granada se mantuvo durante la Segunda República, que sustituyó el «Viva el Rey» por el «Viva la República» en la proclama tradicional desde el ayuntamiento. Durante la dictadura de Franco, se cambió ese último «viva» por otras referencias políticas propias. Desde la Transición, sin embargo, ha cambiado casi todo. La fiesta cívica andaluza es el 28 de febrero, la Reconquista es tenida por un concepto discutido y discutible –algo que ya apuntó en su momento Joaquín Costa– según la ideología de la alianza de civilizaciones, y la Toma de Granada es ahora criticada por los «antifascistas» y el «nacionalismo andaluz» por ser, argumentan, un recuerdo «racista e imperialista» de un «genocidio». Por su lado, Pablo Iglesias, de Podemos, incluso, llegó a sugerir que la Fiesta de la Toma es propia de un «patrioterismo rancio, inculto y reaccionario». Sin embargo, la Historia es inamovible, y hoy el Día de la Toma es una de las fiestas tradicionales más populares, representativas y queridas en Granada y en el resto del país.

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