Pequeño caleidoscopio sacro

Beethoven: «Missa Solemnis»; Vivaldi: «Stabat Mater»; Bach: «Partitas». 17, 18 y 19 de abril de 2019.

Tras no pocas dificultades presupuestarias arrancó esta tradicional cita conquense, que ha llegado ya a su edición número 58. Su actual director, Cristóbal Soler, ha conseguido poner en pie una estimable y bastante equilibrada programación en la que no han faltado conciertos de interés. Aquí vamos a comentar, muy resumidamente, algunos de ellos. Empezamos por el que situaba en atriles una obra de las dimensiones y dificultad de la «Missa Solemnis» de Beethoven, de tan ciclópea arquitectura, de exigencias vocales tan altas. Considerando lo espinoso que resulta vencerlas en su totalidad hemos de admitir que la versión que nos ofrecieron el Coro de la RTVE, al mando de Juan Pablo de Juan, y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, con Pedro Amaral al frente, tuvo su mérito. El director portugués, que estudió con Emmanuel Nunes y Peter Eötvös, es sobre todo buen conocedor del repertorio contemporáneo, lo que se nota en su gesto bouleziano, sin batuta, seco y generalmente vertical. Consiguió un buen ajuste de los pasaje contrapuntísticos más complejos y una aceptable prestación de los conjuntos; y se apreció en «Cum Sancto Spiritu». Incluso obtuvo algún meritorio piano, pero no clarificó siempre las texturas, no consiguió impedir lo destemplado vecino al grito

–tan difícil de evitar particularmente en la escritura de las sopranos– y no matizó convenientemente en los pasajes clave. Cantó bien el violín de la concertino Ana Pereira en el «Benedictus», pero el fraseo y la tímbrica algo áspera del «tutti» –que se denotó en otros momentos– no la secundaron adecuadamente. El cuarteto solista estuvo algo desequilibrado. La soprano Miren Urbieta-Vega, de ancho lirismo, segura y hábil incluso para el filado, afinó y emitió con solvencia, aunque casi siempre demasiado fuerte. Correcto y audible el tenor Martti Turi –sustituto a última hora del anunciado e indispuesto Fabián Lara–, y, más oscurecidos, la exquisita mezzo –aunque creemos que es más bien soprano– Lorena Valero y el joven bajo-barítono André Henriques de escaso e incierto vibrato. El trompetista de la Orquesta Nacional Manuel Blanco y el organista Pablo Márquez Caraballo ofrecieron en la Capilla Espíritu Santo de la Catedral un bello recital con obras de Haendel, Martini, Bach/Vivaldi, Bohm, Reinken, Leopold Mozart y Buxtehude, en el que pudimos apreciar la justeza del ataque, la pureza de sonido del uno y la musicalidad y finura del otro manejando el órgano barroco. Como cierre escuchamos una bien labrada y repetitiva composición de Márquez edificada en torno al himno gregoriano «Urbi caritas». Variado y bien construido el concierto la Capella Cracoviensis a las órdenes del violinista Jorge Jiménez con composiciones de Caldara, Alessandro Scarlatti y Vivaldi. El «Stabat Mater» de este último coronó la animada sesión, en la que fue protagonista principal el contratenor Xavier Sabata, que mostró excelente estilo, afinación, pulcra dicción y expresividad junto a un timbre un tanto opaco y una apreciable carencia de graves. Su «Eja Mater», número 7 de la obra vivaldiana, que brindó como bis, fue ejemplar. La versátil violinista Lina Tur Boner tocó en el Museo Torner la «Partita nº 3» y la «Sonata nº 2» de Bach. Elegante sentido de la danza, impulso decidido, fraseo minucioso por un lado y gravedad, a veces dolorida, tono lamentoso por otro. Expresó con convicción y ofreció, desde su violín barroco, un sonido claro, delgado y puro, una acentuación justa y una airosidad muy característica. No todo fue perfecto en la ejecución y hubo vacilación en los pasajes más intrincados, pero el resultado final fue muy tonificante.