¿Podría rodarse hoy «El último tango»?

Nadie causó una conmoción similar a la Marlon Brando en «Un tranvía llamado deseo» (1951) excepto Marlon Brando en «El último tango en París» (1972). Y la provocó por las mismas razones: el deseo del cuerpo de Brando joven y sudoroso y luego maduro y fondón. Entre medias, el viril Kowalski que rezumaba sexo por cada poro de su piel mudó en un macho problemático, inseguro, deseoso de afirmar su masculinidad cuestionada de una forma brutal y descarnada en la escena de las uñas cortadas. Brando experimentaba su bisexualidad de la mano de Bertolucci, que soñaba con documentar el cambio de costumbres, las nuevas formas de sexualidad de la revolución contracultural, manteniendo los estándares del cine de autor a la europea: improvisación, intelectualidad, cierto hermetismo, sexualidad explícita, pictorialismo y un deseo irreverente de «épater le bourgeois». Y lo consiguió.

El resto es leyenda que pertenece a la sociología de cine. Si «2001: Una odisea del espacio» es el filme más caro del cine de autor, «El último tango en París» es el filme más intelectual del destape del «porno blando», anuncio del «porno duro» fetén. El famoso «destape» había comenzado con «El Decamerón» (1971) de Pasolini y el «tango» desbordaba el mercado del cine erótico para reprimidos allende los Pirineos. Una nadería tras «El imperio de los sentidos» (1980).

El mito del «tango» fue inmediato. Corrió como la pólvora que en la película Brando utilizaba la mantequilla para... y la imaginación volaba entre los españoles que acudían directamente desde el autobús al cine de Perpiñán donde se podía disfrutar de un placer prohibido en la España franquista: las primeras sombras de Brando untando a Maria Schneider para penetrarla sin contemplaciones. Un ¡ay! colectivo de dolor se escuchaba en la platea. Dos cosas llamaban poderosamente la atención de los españoles ansiosos de libertad: que un mito como Marlon Brando se prestase a protagonizar un personaje ambiguo y procaz, se desnudase y se dejara penetrar manualmente hasta el fondo, lo que abría un mundo de posibilidades hasta entonces inimaginables para un varón «comme il faut»; y que las escenas eróticas explícitas se rodaran con tal naturalidad que parecían improvisadas, cuando, fuera de cuadro, un equipo de cámaras y la iluminación crepuscular de Vittorio Storaro dotaba a las escenas eróticas del estilo descarnado de los cuadros de Bacon presentes en los títulos de crédito. Como incitador, la mirada atenta de Bertolucci, que mantenía quién sabe si una relación con el actor norteamericano. marcaba las transgresiones. Él lo insinuaba. El actor no lo desmentía. Y María Scheider rugía, ajena a los tejemanejes de los dos hombres que la utilizaban como una muñeca hinchable sin advertirla de ello. Una pregunta recurrente es si hoy se rodaría una película como «El último tango en París». ¿Por qué no? ¿Quién lo impediría? Asunto distinto es si alguien querría volver a ver a Brad Pitt o Leonardo DiCaprio desnudos, compitiendo con los miles de vídeos de porno casero que inundan las redes, con violencia sin límites, y, culturalmente, con el artista Jeff Koons y Cicciolina inmortalizados fornicando en esculturas «kitsch» expuestas en los mejores museos del mundo. El «tango» pertenece a una época periclitada. Un tiempo en el que la pornografía era un arte rechazado social y culturalmente, que el código Hays había impedido exhibirse explícitamente en el cine de Hollywood. Bertolucci tuvo el acierto de Roger Vadim, escandalizar a las masas deseosas de ser escandalizadas, proclives a deslumbrarse con la escena de la mantequilla porque cuestionaban la masculinidad del varón Brando, inserto en un guión estilo «cinéma vérité», cuya inconsistencia contrastaba con el trabajo de luz de Storaro, creador de un aura dorada que convirtió las escenas eróticas del piso de la calle Julio Verne en un espacio mítico, envolviendo de sensualidad la crudeza sadomaso, con tintes homosexuales, de lo encuentros de Marlon Brando y María Scheiner. El saxo de Gato Barbieri redoblaba con desgarrada melancolía el tango sexual mientras las prohibiciones hacían el resto.