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Por el Valle de la Muerte cabalgaron los Seiscientos

La carga de la Brigada Ligera durante la batalla de Balaclava es uno de los episodios más célebres de la historia militar

  • La carga del 17.º de Lanceros en la batalla de Balaclava
    La carga del 17.º de Lanceros en la batalla de Balaclava /

    Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones

Desperta Ferro Ediciones.

Tiempo de lectura 4 min.

11 de febrero de 2019. 08:58h

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Àlex Claramunt Soto.  Desperta Ferro Ediciones. 10/2/2019

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«El ruido de los cañones y obuses que estallaban era ensordecedor. También el humo era casi cegador. En todas direcciones caían hombres y caballos, y los caballos que no estaban heridos estaban tan enloquecidos que no podíamos mantenerlos en línea recta durante un tiempo. Un hombre llamado Allread, que cabalgaba a mi izquierda, cayó de su caballo como una piedra. Miré hacia atrás y vi al pobrecito que yacía boca arriba, con la sien derecha arrancada y parte de su cerebro esparcido sobre el suelo». El ejército británico que desembarcó en Crimea en otoño de 1854 adolecía de múltiples defectos en la organización, la logística y el liderazgo, que desembocarían, ese 25 de octubre, en una acción incomprensible: después de que el 93.º Regimiento de Highlanders (la célebre «delgada línea roja») y la Brigada Pesada de caballería desbaratasen un ataque ruso sobre el puerto de Balaclava, la única vía de abastecimiento de las tropas británicas que, junto con las francesas y otomanas, acababan de poner Sebastopol bajo asedio; después de aquello, una serie de órdenes confusas llevaron a que los 661 jinetes de la Brigada Ligera, al mando del excéntrico lord Cardigan, se lanzasen en una carga alocada y suicida a través del fondo de un valle contra varias baterías de artillería rusa. Los hombres del 17.º de Lanceros formaron la primera línea junto con el 13.º de Dragones Ligeros, seguidos por el 11.º de Húsares en segunda y el 8.º de Húsares y el 4.º de Dragones Ligeros en retaguardia.

Dos kilómetros de fuego

A lo largo de dos kilómetros, el fuego de los cañones y tiradores rusos causó estragos en los escuadrones de caballería británicos que atravesaron el «valle de la muerte». Fue un calvario tanto para los hombres como para sus caballos. El teniente ruso Koribut-Kubitovich, que tenía una buena visión del campo de batalla, narró la carga con viveza: «Los valientes ingleses siguieron rápidamente a su comandante. Los rusos los recibieron con botes de metralla, y la infantería, que había formado en cuadro, abrió sus filas. Nada podía detener a los ingleses, ni el fuego de metralla, que barrió hileras completas de soldados, ni las balas que zumbaban sobre ellos como moscas. Siguieron avanzando con rapidez hacia adelante». No faltaron momentos dantescos. El soldado Wightman, del 17.º de Lanceros, vio cómo una bala de cañón arrancaba la cabeza de su sargento: «Un disparo directo lo descabezó limpiamente, pero, sin embargo, durante treinta metros más su cuerpo decapitado se mantuvo en la silla, con la lanza en ristre, firmemente aferrada bajo su brazo derecho». Y todo aquello solo fue la primera parte de la ordalía, pues la Brigada Ligera aún debía apoderarse de los cañones rusos y regresar al campo británico. Cuando, tras soportar el mortífero fuego de la artillería y los tiradores enemigos, los maltrechos escuadrones de la Brigada Ligera alcanzaron por fin los cañones rusos, se lanzaron contra los artilleros y la caballería enemiga que aguardaba detrás. Un oficial del 17.º de Lanceros describió lo que pasó a continuación: «Seguimos adelante, matamos a los artilleros junto a sus cañones (los rusos siguieron disparando hasta que estuvimos a menos de diez yardas de ellos), continuamos, rompimos una línea de caballería detrás de los cañones y la empujamos contra la tercera línea. Pero habíamos quemado nuestro último cartucho. Los rusos formaron en cuatro hileras de profundidad, y nuestras filas delgadas y desordenadas, y nuestros caballos reventados no pudieron atacarlas». El terrible balance de bajas de la unidad (casi 300 entre muertos, heridos y prisioneros, a las que habría que sumar la pérdida de más de 450 de sus preciadas monturas) supuso un duro golpe moral para el Ejército británico. Poco después del combate, un oficial del 17.º de Lanceros escribía: «Todos nuestros muertos y heridos graves quedaron atrás, y no sabemos quiénes están muertos o prisioneros. Todo esto me hace sentir miserable, incluso para escribir, pero es la pura verdad». El 17.º de Lanceros fue una de las unidades que salió peor paradas del choque, que uno de sus hombres, el cabo Thomas Morley, compararía con «cabalgar dentro de la boca de un volcán». La Brigada Ligera había dejado de existir, pero se había granjeado la inmortalidad.

Por el Valle de la Muerte cabalgaron los Seiscientos

PARA SABER MÁS:

"La Guerra de Crimea (I) Balaclava"

Desperta Ferro Historia Moderna nº 38

68 páginas

7 euros

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