¿Quién mató al conde de Villamediana?

Su asesinato en una céntrica calle no sorprendió, pues sus excesos eran constantes. El misterio hoy continúa

Cuadro que representa el asesinato de Villamediana en 1622

Un hombre embozado salió de repente del portal y se abalanzó sobre una carroza que avanzaba por la madrileña calle Mayor. Era la noche del 21 de agosto de 1622. Abrió con violencia la portezuela y extrajo del bolsillo un machete con el que cosió a puñaladas a uno de los pasajeros.

Un hombre embozado salió de repente del portal y se abalanzó sobre una carroza que avanzaba por la madrileña calle Mayor. Era la noche del 21 de agosto de 1622. Abrió con violencia la portezuela y extrajo del bolsillo un machete con el que cosió a puñaladas a uno de los pasajeros, causándole heridas mortales. La víctima era el conde de Villamediana, un extravagante personaje de la Corte del rey Felipe IV. Su muerte, cuatro siglos después, sigue envuelta en el misterio y ha dado rienda suelta a la leyenda. Tal vez sea porque nunca se detuvo al culpable, convirtiéndose en un enigma sin resolver sobre el que se han aventurado toda clase de hipótesis. Y también, cómo no, porque el infortunado era una de las personalidades más controvertidas del Siglo de Oro. De hecho, se dice incluso que su figura constituyó la principal fuente de inspiración del mito literario de Don Juan.

Juan de Tassis y Peralta, segundo conde de Villamediana, se hallaba entonces en la cumbre de su fama. Iba a cumplir cuarenta años, pero llevaba ya mucho tiempo dando que hablar, desde que con apenas dieciocho fue nombrado gentilhombre de cámara del anterior monarca Felipe III.

Su padre había sido embajador y Correo Mayor del reino, lo cual le permitió criarse en ambientes palaciegos donde recibió una esmerada educación de manos del humanista Luis Tribaldos de Toledo y de Bartolomé Jiménez Patón, que le granjearon un profundo conocimiento de los clásicos.

Nuestro protagonista fue a la universidad, aunque no llegó a graduarse. Prefería correr detrás de las chicas, emborracharse y escribir poemas de amor, algunos de los cuales eran excelentes y llamaron la atención de los entendidos.

En la corte, Villamediana adquirió enseguida reputación de aventurero y libertino. Aficionado a los duelos, al lujo y a los juegos de naipes solía convertirse en el centro de las fiestas de mayor esplendor, donde lucía trajes de fantasía y conquistaba a las mujeres más hermosas.

Pero en la poesía demostró su lado más temerario. Con su deslenguado talento para la sátira escarneció sin piedad las miserias de ministros, altos clérigos y aristócratas, sin importarle lo poderosos que fuesen. En el aspecto pendenciero, era un calco de su padre, que tenía el rostro cubierto de cicatrices como resultado de los duelos de honor en los que había salido victorioso.

Como es natural, los excesos cometidos en sus sonetos le granjearon pronto antipatías y el rey en persona se vio obligado a desterrarle hasta en tres ocasiones. Sus exilios le llevaron a Italia y Flandes, donde combatió con brillantez como soldado.

Cada vez que le levantaban el castigo, regresaba a la Corte donde volvía a erigirse en un provocador. Y pese a darse cuenta de que su conducta le conduciría algún día a su perdición definitiva, prefería vivir en el filo de la navaja.

Entre tanto, subió al trono Felipe IV siendo un adolescente. Villamediana gozó enseguida de su favor, acompañándole a todas partes y ayudándole en todos sus galanteos. El conde se hallaba entonces en pleno apogeo político, hasta que surgió el rumor de su loca pasión por la reina consorte Isabel de Francia.

El traje de reales

En la primavera de 1622 los jóvenes monarcas deseaban celebrar una gran fiesta para inaugurar su reinado. Eligieron a Villamediana para componer una comedia que debía representarse en un privilegiado escenario levantado en los mismos jardines de Aranjuez. Durante la función, se declaró un fuego inesperado que obligó a desalojar al público. La gente empezó a murmurar entonces que el incendio lo había provocado Villamediana para rescatar a la amada reina en sus propios brazos. Más tarde, durante una fiesta de cañas y toros en la madrileña Plaza Mayor el conde participó como rejoneador luciendo un traje bordado con reales de plata donde figuraba inscrito este lema: «Son mis amores».

Muchos entendieron que aquella frase era una demostración pública de su amor por la reina y a la vez un claro desafío a su regio esposo Felipe IV. Aquella afrenta podía costarle la vida. Y eso mismo fue lo que sucedió semanas después, cuando el conde, como ya sabe el lector, fue asesinado en una céntrica calle de la capital a la vista de una muchedumbre. Aun así, no aparecieron testigos y sobre el crimen se extendió enseguida un interesado manto de silencio. Tampoco hubo una investigación. Desde el Palacio Real se limitaron a difundir una versión oficial que casi nadie creyó. Y es que las conjeturas eran demasiado peligrosas como para expresarlas en público.

La mano del conde-duque de Olivares

Hubo demasiadas personas que no lamentaron la muerte de Villamediana, sino que más bien se alegraron tras el violento crimen. Entre ellos, numerosos cortesanos agraviados por sus sátiras, maridos deshonrados o personas con deudas de juego. Los sospechosos, mención hecha del propio monarca, desfilan por la historia como sombras, al igual que en una novela de Agatha Christie.

Pero la hipótesis más plausible para algunos es la del crimen de Estado, tramado, al parecer, por el conde-duque de Olivares, el ambicioso valido real. Según esta teoría, el conde-duque consideraba a Villamediana un rival político peligroso y se propuso eliminarlo. Para ello, convenció al monarca recordándole sus excesos de confianza con la reina.