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  • Anna Caterina Antonacci
    Anna Caterina Antonacci

Tiempo de lectura 2 min.

14 de julio de 2018. 02:52h

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Arturo Reverter.  14/7/2018

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Canciones de Debussy, Respighi, Boulanger, Britten, Poulenc y Albéniz. Soprano: Anna Caterina Antonacci. Piano: Donald Sulzen. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 9-VII-2018. XXIV Ciclo de Lied.

Anna Caterina Antonacci (Ferrara, 1961) siempre nos deja buen sabor de boca. Es una artista de clase que goza de una dorada madurez y que aún atesora muchos de los atributos con los que inició su carrera, en principio como mezzo. El timbre es cremoso, oscuro, tornasolado, homogéneo, libre de gangas y se adapta a cualquier repertorio. En estas páginas hemos dejado constancia de sus magníficas prestaciones en el campo barroco (concierto con los Zapico) o moderno («La voz humana» de Poulenc). Sabe cambiar la expresión, acentuar, dar intención a las palabras. Hoy el instrumento empieza a dar ciertos signos de decadencia: los agudos, no más allá del sol, poseen menos tersura y el grave no resulta tan natural y coloreado, aunque el centro mantiene su esmalte y redondez. Bazas suficientes para causar la mejor impresión en un público receptivo; pese a que el programa no era muy variado y se insertaba en estéticas hasta cierto punto análogas, tocado en bastantes casos de aromas conectados con el impresionismo y que inauguraban cuatro conocidas piezas de Debussy, entre ellas «C’est l’extase langoureuse» (Verlaine), que la voz acertó a matizar convenientemente. Las algo prolijas canciones de Respighi, sobre poemas de Rubino, dejaron escuchar la plenitud de un timbre al que asoma con frecuencia un vibrato no deseado. En el vals que es «Egle» admiramos las bellas inflexiones de la interpretación y las sabias regulaciones de intensidad. «Acqua» nos permitió reconocer el arte de la soprano para musitar y decir sigilosamente. Las más sencillas de Nadia Boulanger fueron comunicadas de forma íntima y recogida. «Mon coeur» fue un modelo de fraseo en cotas altas sin pérdida de timbre. De Britten se nos ofrecieron las cinco canciones de «On this Island op. 11». Tanto ella como el buen pianista que es Sulzen dibujaron excelentemente los melismas de «Let the florid music praise!» Y mantuvieron el ritmo obsesivo de «Now the leaves are mailing Fast», con un espléndido cierre lento y piano. Claramente avistado el tono humorístico de «As it is, plenty». Hubiéramos querido una mayor variedad de acentos, de colores y de humores en las siete páginas de «Le travail du peintre» de Poulenc, en donde, no obstante, aparecieron estratégicos tonos delicados y plásticos. Admirable empleo general del «parlato» expresivo. Una no muy conocida canción inglesa de Albéniz, «The Gifts of the Gods», de hermosa construcción, cerró el programa, prorrogado con dos exquisitos bises: una graciosa canción antigua italiana y una versión «sui generis», de tonos íntimos, de la «Habanera» de «Carmen».

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