Danza barroca bailada en el Siglo XXI

«À l’Espagnole. Fantasía escénica» llega a los Teatros del Canal para recuperar los ritmos llegados de América y representar la relación amor-odio entre la España y la Francia de los siglos posteriores a través de la música

Compañía Antonio Ruz Y Accademia del Piacere
Compañía Antonio Ruz Y Accademia del Piacere

«À l’Espagnole. Fantasía escénica» llega a los Teatros del Canal para recuperar los ritmos llegados de América y representar la relación amor-odio entre la España y la Francia de los siglos posteriores a través de la música

«À l’espagnole». Lo dicen mucho en Francia para referirse aquello que se hace a nuestra manera, «a la española». Algo improvisado, desinhibido, casi a lo loco... Prácticamente el significado que cada uno le quiera dar, aunque «normalmente no es un aspecto negativo», confiesa un Antonio Ruz –director del montaje– que conoce de primera mano el tema tras haber vivido algún tiempo en el país del hexágono. Ahora es este «exiliado» –en palabras suyas– el que se ha detenido en una expresión cuya curiosidad le hizo tirar de un hilo que le llevó siglos atrás, hasta el Barroco, donde nuestros vecinos ya empleaban la expresión para referirse a la música escrita llegada de aquí, o al menos aquella impregnada con su aroma. Composiciones que tenían su origen en las Indias, muestra de ese intercambio infinito entre dos mundos tan diferentes hasta entonces.

Ritmos de otro tiempo, el del Rey Sol –Luis XIV–, que se rescataron de América antes de ir subiendo la meseta y llegar hasta una Europa por la que viajaría ya distorsionados y contaminados por cada uno de esos lugares en los que se detuvieron las notas.

Es precisamente ese espíritu el que el director «À l’Espagnole. Fantasía escénica» –en los Teatros del Canal del 19 al 21 de noviembre, dentro del Festival Madrid en danza– ha querido recoger y reproducir encima del escenario. «La idea de rescatar ese repertorio con influencia española, esa moda barroca que tuvo importancia en toda Europa», comenta. Así surgió una idea que fue brotando y mutando conforme Ruz profundizaba: primero junto al director de la otra compañía que acompaña la obra,

Academia del Piacere, y después con un proceso de investigación a través de cuadros, tratados de danza, trabajo cinematográfico de investigación... Hasta darle forma.

Todo para llegar a un punto en el que mezclar teatro, danza y música y subirlos conjuntamente a las tablas. «Los músicos interactúan, la cantante también baila –comenta Ruz–... Quería conseguir que esas disciplinas, que normalmente las vemos por solitario, dialogasen». Un reto en desuso en España, que, sin embargo, en Centro Europa sí se trabaja con la idea de integrar todo en el lecho escénico. De aquí el punto del que Ruz ha sacado el subtítulo: «Fantasía escénica», «porque no hay un hilo narrativo, pero si una fantasía que da lugar a un espectáculo completo y y accesible a todos», cierra.

La plasticidad y el ritmo está muy presente en todo momento, pero el guiño al teatro también. Ello es lo que intentan las aportaciones del propio Ruz con algunos «textos que hemos ido escribiendo y con gestos hacia unos personajes que han sido importantes en la historia de Francia y España».

Todo fruto de esas investigaciones que han terminado convirtiéndose en pinceladas que ayudan a contextualizar la obra. Al igual que «los emblemas del señor español», carteles de principios del siglo XVII que la literatura satírica antihispánica utilizó para reírse de las costumbre españolas. De esta forma, se crea una trama-coreografía en la que a través de la historia y los diferentes momentos a nivel diplomático con Francia se observa esa relación de amor-odio se que ha ido cambiando desde principios del XVII, con una guerra poco afectiva, hasta la llegada de los Borbones. Diferentes miradas de la sociedad, la política y la monarquía francesa hacia España. Una teatralidad que no pierde de vista la música en ningún momento, «se puede bailar todo: un ruido, el viento, una máquina...». Partiendo de esta base de interpretación libre, Ruz recoge la música barroca para actualizarla y convertirla a «un lenguaje de nuestros días».