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Un recuerdo que se desvanece

Aunque el traje de astronauta de Armstrong era una joya de la ingeniería del siglo pasado, hoy se está descomponiendo a marchas forzadas; estaba hecho para sobrevivir al espacio, pero no al tiempo.

  • Niel Armstrong a su llegada a la Luna en el Apolo 11 el 20 de julio de 1969
    Niel Armstrong a su llegada a la Luna en el Apolo 11 el 20 de julio de 1969
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

30 de agosto de 2018. 03:43h

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Jorge Alcalde.  Madrid. 30/8/2018

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En una sala sin acceso al público del Museo Nacional del Aire y el Espacio en Washington yace el traje que vestía Neil Armstrong cuando se convirtió en el primer ser humano que puso un pie en la Luna. Contemplarlo es como tener delante la pelliza y las calzas que llevara Cristóbal Colón en su primer encuentro con la tierra de las Indias, o la parca vestimenta de cuero de un neandertal pionero en adentrarse en el continente europeo. Hay algunas diferencias. La más importante: las vestimentas de hace siglos, incluso de hace milenios, se conservan mejor que los trajes espaciales.

El ropaje de astronauta de Armstrong era una joya de la ingeniería del siglo pasado. Un cuerpo fabricado con 21 capas de diferentes tipologías de plástico (náilon, neopreno, dacrón, teflón, mylar...), algunos de ellos inventados específicamente para esa misión, capaces de mantener la temperatura interna del cuerpo en las más adversas condiciones, de sostener la infusión de oxígeno necesaria para respirar, de detener el impacto mortal de las radiaciones cósmicas... pero no pensado para la posteridad.

El traje se está descomponiendo a marchas forzadas. El principal problema es la capa de neopreno que lleva en su interior. Se está acartonando y pone en peligro el resto del conjunto. Dentro de unos años, el maravilloso traje espacial que toda la humanidad vio saltar sobre el regolito lunar aquel julio de magia y miedo será un revoltijo de materia acorchada.

Seis años después de su muerte, de Neil queda el vívido recuerdo audiovisualmente enlatado de los héroes del siglo XX. Tocamos las piedras de Atapuerca porque son el único testimonio del paso de Homo Antecessor por el mundo (no hay textos, no hay vídeos, no hay entrevistas grabadas). De los antecesores del futuro (los astronautas que conquistaron una nueva frontera para la humanidad) nos queda otra memoria. Pero, curiosamente, el registro historiográfico en cinta de vídeo, en pendrive o en plástico es mucho más efímero. Más vivo, más realista, más abundante, sí. Pero se muere antes. La piedra de Rosetta alberga menos de un bit de información, pero lleva con nosotros más de 2.200 años. La información atesorada sobre la carrera espacial en discos ópticos, archivos digitales y fuentes audiovisuales ocupa millones de megabites... pero si no le ponemos remedio, dentro de menos de un siglo nadie sabrá cómo leerla. Nadie podrá ver en persona el traje espacial de Neil.

Frontera tras frontera

Por eso resulta tan gozoso que el cine, la televisión, el arte, sigan ofreciendo motivos para recordar el hito científico y tecnológico que marcó la historia de la humanidad para siempre y nos recuerden la figura de ese hombre que somos un poco todos nosotros. Desde que el ser humano es ser humano (sea lo que sea eso de «ser humano», dejémoslo en ancestro de hominino), se ha empeñado en viajar fuera de su entorno natural. Abandonó su terruño centroafricano en busca de comida y refugio más al norte y desde ahí, hace más de 200.000 años, atisbó la posibilidad de seguir caminando (o nadando) a otros continentes. Colonizó Asia Menor sin tener ni idea de que estaba ensanchando el futuro de su especie, penetró en Europa, sobrevivió a los envites del frío continental, llegó al extremo de Asia y cruzó («quién sabe cómo») al continente americano... Sin parar: frontera tras frontera.

En 1969 Arsmtrong simbolizó el derrumbe de la última de las fronteras. Aquel astronauta taciturno que a los 16 años, antes de conducir coches, ya tenía el título de piloto. El cortador de césped del cementerio que usaba sus propinas para pagarse las horas de instrucción de vuelo, capaz de correr 20 kilómetros para no llegar tarde al trabajo. Esa figura heroica junto a sus compañeros de viaje que devino, es cierto, en un tipo algo antipático, huidizo y reticente a regalar autógrafos, hasta el punto de que demandó a su peluquero cuando sospechó que estaba vendiendo su pelo a coleccionistas obsesionados.

Armstrong es el ejemplo de esa estirpe humana de colonizadores que nos ha ayudado a sobrevivir. Recientes estudios han demostrado que el Homo Sapiens fue capaz de prevalecer como especie gracias a su espíritu viajero y emprendedor. Otros primos, como el Homo Erectus, desaparecieron en el tiempo incapaces o temerosos de moverse más allá de unos cuantos kilómetros de su terruño para buscar comida o refugio. Sin Homo sapiens como Neil, nuestra especie habría seguido el mismo destino.

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