El origen de la jornada laboral de ocho horas

Aunque a día de hoy se asume como estándar, en épocas pasadas fue concebida como una utopía. España fue uno de los países pioneros en implantar esta medida de forma estatal tras la agitación social de inicios del siglo XX que culminó con la huelga de “La Canadiense”

Empresa metalúrgica en Badajoz
Empresa metalúrgica en Badajoz FOTO: UGT FICA UGT FICA

La popularización de la jornada de cuatro días avanza a pasos agigantados. La posibilidad de trabajar conforme a objetivos o de concentrar el esfuerzo en menos días para poder descansar el resto de la semana se presenta como una opción más que atractiva en la era del teletrabajo y la conciliación. Sin ir más lejos, este 15 de febrero Bélgica aprobó una reforma en su mercado laboral, por la que los empleados podrán elegir trabajar solo cuatro días a la semana, sin reducción de sueldo, siempre y cuando este día extra de descanso sea compensado con más horas durante el resto de los días. España, por su parte, está a punto de dar a luz a un proyecto piloto para la implantación de la jornada laboral de cuatro días, pero no al estilo belga, sino centrado en rebajar las horas a 32 semanales sin perjuicio en el salario. Este modelo ha abierto un debate sobre su efectividad y su aplicabilidad en el mercado laboral español, sustentado principalmente por el sector servicios, en el que la presencialidad es un factor clave. El escepticismo es inherente al cambio, pero aprovechando el punto de inflexión generado por esta propuesta, no está de más echar la vista atrás y recordar el origen de la jornada de ocho horas, un estándar actual concebido en épocas pasadas como una utopía.

La jornada laboral en la Revolución Industrial

La jornada laboral empezó a aumentar considerablemente en los sectores industriales tras la caída del Antiguo Régimen, en concreto, del régimen gremial. En este, el trabajo y la producción artesanal estaban regulados por unas organizaciones económicas denominadas gremios. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, estos fueron decayendo hasta desaparecer, sustituidos por la iniciativa privada, la industria incipiente, y las leyes de libre comercio, aspectos que caracterizarían la capitalización del sistema económico y la Revolución Industrial. Aunque la cobertura que otorgaban a los trabajadores no era la que se tiene hoy día, su caída, propició oscilaciones en la jornada laboral. Trabajadores y empresarios establecerían la duración de la jornada, pero debido a la desigualdad evidente, estos acabarían en una posición forzosa de sumisión a los intereses del empresario.

Con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XVIII en Inglaterra, y siglos XIX e inicios del XX en otras zonas del mundo, las condiciones de trabajo empeoraron considerablemente. La industria privada era la que contrataba la fuerza de trabajo, y por tanto organizaba sus condiciones en su beneficio. Estos cambios llevaron a jornadas de trabajo agotadoras de hasta 14 horas, y 16 horas, indefensión en casos de enfermedad, vejez o accidentes, trabajo infantil desde los 6 años, etc.

Aunque la legislación en torno a la jornada laboral llegaría más tarde, en Gran Bretaña se dio un caso de cambios significativos en las condiciones de los trabajadores, de mano del socialista utópico Robert Owen. En la zona de New Lanark, Escocia, Owen adquirió las fábricas de hilo más grandes de la zona, e implantó una serie de cambios significativos: limitó el trabajo infantil, y estableció escuelas para los niños que trabajaban en sus fábricas, mejoró la salubridad de estas y estableció la jornada de 10 horas y tres cuartos para los trabajadores. A inicios del siglo XIX, propondría una nueva reducción a ocho horas, con su lema “8 hours labour, 8 hours recreation, 8 hours rest” ( 8 horas de trabajo, 8 de diversión y 8 de descanso).

Las reivindicaciones anteriores

A finales del siglo XIX, se establece como demanda unánime de los trabajadores la jornada de ocho horas. Antes, las reivindicaciones habían estado centradas en reducir las jornadas de ciertos sectores o de las mujeres y los niños. Por ejemplo, en EE UU, sería el movimiento por las 10 horas en Nueva Inglaterra, que mediante diversas huelgas entre 1832 y 1835, consiguió la jornada de 10 horas en Filadelfia, Boston y otras ciudades. En Inglaterra, entre 1840 y 1850 la agitación laboral junto a la propagación del cartismo (movimiento popular esencialmente político) consiguieron la jornada de 10 horas para mujeres y niños. En Francia, cabe destacar que sí se extendió a todos los trabajadores la jornada de 12 horas tras la revolución de 1848. En España, la primera ley aprobada, decretada y sancionada por las Cortes Constituyentes en la que se trataba esta temática es la Ley Benot, promulgada en 1873, y que regulaba las jornadas de los trabajadores menores de edad.

Primeras reducciones de jornada

Entre la segunda mitad del siglo XIX, y el primer tercio del siglo XX, se establecerán por ley las primeras jornadas de ocho horas en ciertos países, como consecuencia de la presión provocada por los movimientos obreros y las huelgas. Una de las más tempranas será la implantación de la jornada de ocho horas en Australia para el sector de los trabajadores en obras públicas, tras la marcha de 1856 en Melbourne. En 1868 se aprueba en EE UU una ley federal dirigida a los trabajadores de la administración en la que se implanta la jornada laboral de ocho horas, que ya había sido establecida en algunos estados como Nueva York o Illinois meses antes. Entre otros eventos, destaca la huelga del 1 mayo de 1886 en Chicago, cuando se consigue la jornada de ocho horas en este estado, debido a la magnitud y represión de la huelga y por la que se estableció posteriormente el día del trabajador. No obstante, esta jornada no llegaría a todo el país hasta bien entrado el siglo XX.

Países pioneros

Los primeros países que se han de destacar por su establecimiento de forma estatal y a todos los trabajadores de la jornada de ocho horas a inicios del siglo XX, fueron la antigua URSS, España, Portugal, y Francia, entre otros. La Unión Soviética fue pionera en este ámbito ya que estableció por decreto la jornada de ocho horas tras la Revolución de octubre de 1917. En España, el Real decreto de 3 de abril de 1919 estableció la jornada de ocho horas de trabajo diario, y 48 horas semanales. Esta fue motivada por la situación de agitación social que se dio en España a inicios del siglo XX, que culminó con la huelga de los trabajadores de “La Canadiense”, una empresa de producción y distribución de energía eléctrica, a la que siguieron otras más, llegando a producirse el paro del 70% de las fábricas barcelonesas. En Portugal, el decreto del 7 de mayo de 1919 establecía la jornada de ocho horas para todos los trabajadores estatales y privados, exceptuando a los rurales y domésticos. La medida estuvo también alentada por la presión de la oleada de huelgas de 1919 que se dio en este país, y que estuvo apoyada por el sindicato UGT de Portugal (União Geral de Trabalhadores). Le seguirían países como Francia, que establecería la jornada de ocho horas a finales de abril de 1919, propuesta por el gobierno de Clemenceau. Otros países que incorporaron esta reforma a su legislación entre 1919 y 1922 fueron: Noruega, Suiza, Suecia, Bélgica, etc.

El resto de países de Europa y otras partes del mundo irían incorporando la jornada de ocho horas a su legislación posteriormente. Aspectos como la inclusión dentro del Tratado de Versalles de 1919 de la jornada máxima de trabajo en ocho horas o la constitución ese mismo año de la Organización Internacional del Trabajo, que servía como vía para promulgar normas laborales, influirían en estas decisiones.

Sergio Jaén, historiador