Economía

La otra guerra de Putin

►Putin quiere que le paguen el gas en rublos porque necesita dinero, pero también porque debilita sobre todo al dólar y al euro. No puede ganar, pero sí complicar el comercio mundial

FILE - Russian President Vladimir Putin attends a meeting via videoconference in Moscow, Russia, March 25, 2022. (Mikhail Klimentyev/Sputnik, Kremlin Pool Photo via AP, File)
FILE - Russian President Vladimir Putin attends a meeting via videoconference in Moscow, Russia, March 25, 2022. (Mikhail Klimentyev/Sputnik, Kremlin Pool Photo via AP, File)Mikhail KlimentyevAgencia AP

Vladimir Putin, el sátrapa ruso que ha invadido a sangre y fuego Ucrania, no solo no tiene intención de detenerse ahí, sino que ya ha puesto en marcha los mecanismos para desatar otras guerras, menos sangrientas en principio, pero en las que también habrá víctimas. El jueves, sin ir más lejos, tras prometer la víspera al canciller alemán Olaf Scholz que permitiría a los países europeos pagar el gas en euros, firmó un decreto, de efecto inmediato, aplicable a 48 países «extranjeros hostiles», que exige el pago en rublos. Hay una excepción para que países europeos paguen en rublos a través del banco de Gazprom, pero no está claro durante cuanto tiempo y en Alemania, por si acaso, han empezado a prepararse para un eventual corte del «grifo» del gas ruso. El Gobierno de Berlín, con apoyo de los ecologistas, ha activado el «estado de alarma energético», que prevé restricciones de consumo de gas.

La otra guerra de Putin es económico-monetaria y, aunque tiene todas las de perder, parece dispuesto a darla, consciente de los problemas que puede generar. El enemigo, en este caso, no es Ucrania, sino unos más poderosos, los Estados Unidos de Joe Biden, en primer lugar, y de rebote, la Unión Monetaria y las grandes economías de Occidente. El dictador, que es lo que es el ruso, sabe que quizás no pueda vencer al dólar y al euro, pero quiere debilitarlos y el exigir los pagos en rublos de gas es el primer paso, muy calculado.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), que dirige la búlgara Kristalina Georgieva acaba de advertir sobre otros riesgos de la invasión de Ucrania. Gita Gopinath, consejera económica y directora del departamento de Estudios del FMI, ha explicado al Financial Times que las sanciones financieras impuestas a Rusia amenazan con diluir gradualmente el dominio del dólar y dar como resultado la aparición de pequeños bloques monetarios basados en el comercio entre grupos separados de países. Hace unos días, India y Rusia anunciaron el acuerdo entre ambos países para la venta de petróleo ruso pagadero en rupias. Más llamativo es que Arabia Saudí estudie, por ahora solo estudie, vender petróleo a la China de Xi Jinping en yuanes, la moneda de ese país. «El dólar, en cualquier caso –apunta Gopinath– todavía sería la principal moneda mundial en ese escenario, pero al mismo tiempo aumentaría la fragmentación monetaria. Ya lo dice Larry Fink, el jefe del mayor fondo de inversión del mundo, BlackRock: «la invasión de Ucrania pone fin a la globalización». Ahora mismo, más de la mitad de comercio internacional global se factura en dólares y, si se excluyen las importaciones intraeuropeas, el comercio en dólares supera el 80% del total mundial.

El dólar, como moneda de reserva global, ha sido uno de los pilares de la hegemonía económica de Estados Unidos, pero también ha garantizado una más que cierta estabilidad desde que Richard Nixon, en los años setenta y para pagar la guerra de Vietnam, acabó con el sistema de cambios fijos de Bretton Woods. Casi al mismo tiempo, el presidente del escándalo Watergate, aunque quizá habría que atribuírselo a su secretario de Estado Henry Kissinger, alcanzó un acuerdo con Arabia Saudí por el que el país árabe vendería su petróleo «sólo en dólares» y a cambio los Estados Unidos se comprometían a garantizar la seguridad del reino saudí ante posibles vecinos hostiles.

Las ventajas de aquel acuerdo para los EEUU han sido enormes, hasta el punto de que las empresas americanas no tienen en la práctica que preocuparse del tipo de cambio y la Reserva Federal –el banco central americano– puede emitir nuevos dólares sin que el valor de la moneda se deprecie. Todo eso también ha permitido la financiación de déficit públicos descomunales en EEUU –sustentados en una cordillera de deuda– sin casi efectos negativos para la economía americana. Por otra parte, la primacía del dólar facilitaba el comercio internacional y permitió el auge de la globalización. Además, el dólar, al ser una moneda de reserva, es también un arma, como se ha demostrado cuando Estados Unidos ha congelado las reservas en dólares de Rusia y, como en su día, hizo con Afganistán, Irán, Cuba y Venezuela. Ninguno de esos países pretendieron nunca desafiar ni sustituir al dólar. Putin, sin embargo, no es lo mismo. Necesita un dinero que ni tan siquiera su maga monetaria, Elvira Nabiúlina, gobernadora del Banco de Rusia, puede fabricarle con valor. Por eso intenta que le paguen el gas en rublos y, si tiene éxito, luego lo hará con el petróleo. Obtiene fondos, pero sobre todo pretende debilitar al dólar y, claro, al euro. No puede ganar, pero si dar muchos dolores de cabeza. Es la otra guerra de Putin.