Gobiernos indecisos que fomentan el miedo

No valen criterios técnicos con unos políticos sólo atentos a cubrirse las espaldas

Alberto Ortega

El jueves, más de la mitad de las 29.000 personas que estaban convocadas en Madrid para recibir la vacuna contra el Covid-19 no acudieron a la cita, solicitaron un aplazamiento de fecha o se negaron a inyectarse con el suero de AstraZeneca. Ayer, a falta de que las autoridades sanitarias madrileñas actualizaran los datos, parecía repetirse la situación, si bien en menor medida. La desconfianza, cuando no el miedo, se está extendiendo entre la población española a caballo de un Gobierno indeciso, sin criterio reconocible y que se muestra incapaz de llevar a las últimas consecuencias sus propias conclusiones.

O dicho de otro modo: si la vacuna en cuestión no es segura, la obligación de los gobernantes es retirarla del mercado por encima de cualquier consideración. Pero si lo es, la respuesta no puede ser ese «cortejo de la confusión» que denunciaba el viceconsejero de Sanidad de Madrid, Antonio Zapatero, con sucesivos cambios de pautas de inmunización sin apoyatura técnica, que ha llevado a muchos ciudadanos a preferir arrostrar el riesgo de contagio antes que recibir la vacuna. Porque, además, la situación tiene mala solución de continuidad. Así, ayer, la Agencia Europea del Medicamento (EMA) hacía público que se estaban analizando varios casos de trombos asociados a la vacuna de Janssen, que empezará a distribuirse en Europa a partir del 16 de abril, y, antes, se hablaba de los efectos secundarios asociados al suero de Pfizer, con inflamación de ganglios.

Hablamos de vacunas que han superado los protocolos más exigentes de las autoridades sanitarias europeas y que, al menos a día de hoy, mantienen la vigencia de sus permisos de distribución. Frente al creciente alarmismo, ni siquiera la vacuna de AstraZeneca está sujeta a contraindicaciones, más allá de la advertencia de la EMA de que puede producir «raros casos de coágulos», sin que pueda determinarse qué grupos de población estarían en mayor riesgo. Por supuesto, prácticamente ningún medicamento está exento de provocar efectos indeseados, de ahí que el criterio general estribe en si su uso es beneficioso para el conjunto de la población. Y, con las vacunas actualmente autorizadas, ese criterio se cumple ampliamente, como se demuestra en Reino Unido, donde las reacciones desfavorables a la vacuna de Oxford, con la que se han inmunizado más de doce millones de británicos, apenas es del 000,2 de los casos. Y, sin embargo, todas estas consideraciones se vienen abajo cuando los propios gobernantes transmiten inseguridades y vacilaciones que sólo pueden atribuirse al miedo a equivocarse. Dirigentes políticos siempre más atentos a cubrirse la espaldas ante la opinión pública que a cumplir su deber con el rigor que exigen las actuales circunstancias.