España se juega la estabilidad

La campaña cerró con una llamada al voto útil. En la antesala del fin del bipartidismo la fuerza de los emergentes marcará el color de La Moncloa. El PP necesita una mayoría holgada para evitar la pinza PSOE-Podemos. La postura de Ciudadanos será decisiva

El candidato del PP participó ayer en un multitudinario mitin en Valencia y cerró la campaña en un acto con cena junto a los militantes en Madrid
El candidato del PP participó ayer en un multitudinario mitin en Valencia y cerró la campaña en un acto con cena junto a los militantes en Madrid

Si el PP no logra una mayoría suficiente la izquierda podría gobernar con un «pacto de perdedores». Rajoy pide el voto para frenar a «Soemos» y Rivera le ofrece una abstención, pero no le garantiza su apoyo

Todos los partidos han cerrado la campaña electoral con algún guiño al voto útil. Aunque de todos ellos, el PSOE es el que más se juega en estas elecciones en ese terreno por su dura competición con Podemos por el voto de izquierdas. El PP, también, pero los expertos sostienen que el PSOE tiene la prueba más difícil. La campaña concluyó anoche con casi una única certeza si se cumplen los pronósticos, y si después de las elecciones los partidos nuevos cumplen, a su vez, lo que han prometido durante la campaña. Podemos ha sido menos claro, pero Ciudadanos sí ha marcado su terreno de juego.

El escenario más previsible es el que deja al PP como primera fuerza, en principio con un tercio, más o menos, de escaños del nuevo Parlamento. La segunda posición podría ser para el PSOE, pero la competición con Podemos queda completamente abierta, y los de Pablo Iglesias están digiriendo una campaña que les ha sentado más que bien, según algunos de los sondeos de última hora que manejan los partidos. Y, por último, Ciudadanos, en cuarta posición, previsiblemente, y ligeramente a la baja respecto a las expectativas creadas después de las elecciones catalanas. Pero, en cualquier caso, con un buen resultado para su tiempo de vida y para ser la primera vez que entra en el Congreso.

Las urnas, no obstante, pueden hacer saltar por los aires este retrato. Pero tendría que haber una sorpresa sustancial en favor del PP, que le llevase a situarse por encima de los 130 escaños y a aumentar notablemente la diferencia con el segundo partido, para que la lista más votada no esté amenazada seriamente por la posibilidad de un Gobierno de PSOE y Podemos. Estas elecciones se separan de todas las que se han celebrado hasta ahora para elegir al Gobierno de la Nación por el hecho de que, por primera vez, la disconformidad o el malestar de los votantes con la posición de los partidos tradicionales tiene otra alternativa que la de la abstención o la de votar al álter ego de la opción inicialmente preferida.

En el cuadro final todo queda resumido en un par de interrogantes: si PP y Ciudadanos sumarán más que PSOE y Podemos ( en este último caso puede pesar más el coste de la división del voto de la izquierda); y si Rivera no se moverá en la negociación postelectoral de la abstención a cualquier alternativa que no sea su lista. El PP cree que mejorará los resultados que le conceden las encuestas. Y también el PSOE sostiene el mismo argumento, aunque los trackings de los últimos días hayan sido menos favorables a los socialistas que a los populares. Pero la cuestión es cuánto, en teoría, sumarían PP y Ciudadanos, la única opción, también en teoría, con la que podría pactar la lista más votada frente al pacto PSOE-Podemos. La caída del partido de Albert Rivera detectada en la recta final de la campaña aumenta la incertidumbre, y aún más los últimos posicionamientos de su candidato. Ayer mismo, Rivera ratificó su apuesta a favor de que su partido se abstenga para investir presidente al candidato de la lista más votada el 20-D, independientemente de que ésta sea la del PP o la del PSOE, y siempre que no llegue a acuerdos con Podemos o los nacionalistas. Pero, salvo que el PP mejore bastante los sondeos, y se sitúe por encima de los 130 escaños, la abstención de Ciudadanos no sería suficiente para que Rajoy pudiese gobernar. Y el PP cerró anoche la campaña sin que en sus sondeos hubiera llegado a esa cifra mágica.

Por tanto, esa abstención del partido naranja, que presenta como un gesto en favor de que el Parlamento funcione y como una posición de Estado si no es la fuerza más votada y opta al Gobierno, tiene su trampa porque sería insuficiente para frenar el acuerdo de PSOE y Podemos, en la medida en que el candidato a ser investido como presidente del Gobierno necesita más «síes» que «noes» para conseguir la aprobación de la Cámara. Es decir, que para que Rajoy, si se confirma que es la lista más votada, pueda acceder al Gobierno, necesita que Ciudadanos le apoye, porque es más que previsible que el resto del arco parlamentario votará en contra.

Con este panorama, la noche del domingo es muy posible que no haya terminado nada, sino que empiece una larga negociación, como ocurrió tras las elecciones generales del 96. Con la diferencia de que ahora la negociación de los dos principales partidos no será con los nacionalistas, sino con los partidos emergentes. Ciudadanos, aunque sea finalmente la cuarta fuerza, se presenta de partida como el gran árbitro. No entrará en ningún tripartito, y votará en contra de un Gobierno en el que esté Podemos. También ha dicho en campaña que no apoyará a Pedro Sánchez, como a Rajoy, mas allá de la abstención. Pero el lunes empezará una nueva partida, en la que salvo una sorpresa con la que no juegan en los cuarteles generales de ninguno de los partidos, se abrirá un proceso de negociación en el que el que no pacte se irá a la oposición. Rajoy tomará la iniciativa y como prioridad tendrá el nombre de Albert Rivera. El presidente del Gobierno pone fin a sus mítines con la idea de que en la izquierda su principal rival puede que no sea Sánchez, porque PSOE y Podemos compiten mano a mano, según sus encuestas, por el segundo puesto. Si fuera así, si Pablo Iglesias se midiese de tú a tú con Sánchez en el resultado final de las elecciones, el acuerdo entre los dos se hace más difícil. Un veterano diputado socialista lo expresa con precisión: «Nosotros podemos pactar con Iglesias, o con Rivera, si se dejara, para gobernar, pero siempre con Sánchez como presidente del Gobierno. Si pactamos para que gobierne otro, ese acuerdo incluiría la cláusula secreta de la defunción de nuestras siglas».