Contra la desinformación

Luchar contra la desinformación es garantizar la libertad de opinión y la libertad de expresión, es defender la democracia de los ataques, mayormente externos, que pretenden desestabilizar

No estoy de acuerdo con mis compañeros de profesión. Todos los periodistas, desde diferentes posiciones ideológicas, han salido en tromba contra la publicación en el BOE del Procedimiento de actuación contra la desinformación, acusando al Gobierno de imponer una censura y adjudicándole el poder de definir lo que es verdad y lo que es mentira. Podría aceptarse que las explicaciones sobre el decreto contra las fake news no han sido las adecuadas, pero ¿en serio, consideramos que la lucha contra la desinformación va en contra de la libertad de expresión, de la libertad de opinión?

Lo veo justo, al contrario. Luchar contra la desinformación es garantizar la libertad de opinión y la libertad de expresión, es defender la democracia de los ataques, mayormente externos, que pretenden desestabilizar. Esto poco tiene que ver con el debate político, incluso con el más bronco y enconado, con la diversidad de opiniones, la libertad de prensa o, simplemente, la información y la denuncia.

En marzo del 2019, el Eurobarómetro afirmaba que al 80% de los españoles, y al 76% de los europeos, les preocupa la desinformación porque “se trata de un problema general para la democracia”. Ciertamente es un problema. Un problema que activó a la Unión Europea a protegerse de ataques exteriores, incluidos los sistemas electorales, estableciendo sistemas de actuación contra los bulos. No creo que las informaciones de los medios puedan equiparse a los bulos y los robots que los multiplican en las redes sociales -aunque algunos periodistas, o empresas periodísticas, podrían sonrojarse al no superar la comparación-. El objetivo es identificar a los que quieren formatear la mente de los ciudadanos a través de la mentira y la manipulación, y no a través del convencimiento, del argumento y de la acción política. No podemos poner en el mismo escenario los dos supuestos.

Y lo hemos hecho, las asociaciones de prensa y compañeros de profesión han puesto el grito en el cielo. Insisto que quizás las cosas se podrían haber explicado mejor, siempre se puede mejorar, pero equiparar la mentira insidiosa con la información no favorece el debate, favorece la confrontación. Equiparar al Gobierno con el Gran Hermano quizás sea una licencia periodística, y al tiempo una exageración, y ver en el Palacio de la Moncloa un ministerio de la verdad como el dibujado por George Orwell en 1984, implica en sí misma, compañeros/as, un fake news. O es que ahora vamos a creernos que el Gobierno lo controla todo y que los periodistas somos “estómagos agradecidos”, como lindamente nos califica Javier Ortega Smith, líder de VOX. Visto lo de hoy, hay que reconocer que este control es manifiestamente mejorable.

Podemos discutir si es la forma más adecuada, si se debe mejorar, pero, creo que debe existir, porque a estas alturas vamos a negar que existe la desinformación y que hay que combatirla. Creo en una estrategia de conjunto de la Unión Europea, porque es una estrategia de estados, no de gobiernos, y no es la ocurrencia de un Rasputín o un Maquiavelo que mece la cuna. Y no recuerdo, que cuando se impuso el Procedimiento a los inicios de la pandemia se generara tal polvareda. Por qué ahora y antes no. Es una pregunta que estaría bien contestar, pero no tengo los datos.

Me ganaré muchos elogios, lean la palabra en modo ironía, por este artículo, pero creo que algunas pasadas de frenada, acusaciones desmedidas, agrían un debate que debemos afrontar. Si los estados no actúan los que ganan son los que están detrás de la desinformación, los que desestabilizan y manipulan. La libertad de expresión y de opinión no están en juego porque las fake news también se combaten con información. Y ese es nuestro papel.