El vascuence como militancia

“No es necesario ser lingüista para intuir como un gran error fiar el progreso de una lengua a la militancia política”

Cartel de un pueblo donde el vascuence suple al castellano
Cartel de un pueblo donde el vascuence suple al castellanoTwitter

Escribo estas líneas con pena y preocupación. Pena por la utilización espuria de una lengua que no merece ser maltratada y preocupación por sus efectos tras cuarenta años de imposición. Obviamente me estoy refiriendo al vascuence, y digo bien, vascuence, porque tampoco se me ocurriría referirme a la importancia de conocer el “english” o hablar el “deutsch” escribiendo en español. Vamos, que no soy un facha, solo una persona preocupada por el uso correcto de la lengua.

Hecha la aclaración vayamos al grano. Leí hace unos días un artículo de un destacado militante del PNV y miembro también de la Real Academia de la Lengua Vasca “Euskaltzaindia”. El título ya da una pista sobre el contenido: “El euskera, aliento vital de un pueblo ancestral”. Arranca con la siguiente frase: “El euskera es parte del código genético del PNV”. Continúa después con un recorrido histórico de las vicisitudes de esta lengua destacando previamente la gran labor de Sabino Arana para sacarla de su postración y alcanzar un “objetivo que pocos podían imaginar”.

Pues bien, tras cuarenta años de enseñanza obligatoria en los colegios, de exigencia para el acceso a la función pública y de cientos de millones de euros públicos invertidos, los objetivos alcanzados, teniendo en cuenta que no se partía de cero, no parecen muy satisfactorios. Antes de exponer con brevedad los resultados conviene aclarar que, si la situación del vascuence a mediados de los años setenta del siglo XX era casi residual, no lo era solo como consecuencia de razones exógenas, las preferidas de los nacionalistas vascos, sino también endógenas, aunque prefieran ocultarlas.

El nacionalismo se ha empeñado siempre en responsabilizar a la dictadura de Franco como culpable de la postración del vascuence y no les falta razón, aunque no digan toda la verdad. Durante cuarenta años no estuvo permitida por el régimen franquista, si bien es igual de cierto que nunca dejó de hablarse en los lugares en los que se utilizaba y que también a mediados de los sesenta, comenzaron ya a funcionar las primeras “ikastolas” para su enseñanza en estos centros.

Pero por mucho que se empeñen, aunque en cuarenta años pueda perjudicarse su avance, no se consigue acabar con una lengua si está verdaderamente arraigada. Para entender su debilidad, además del recurrente “enemigo exterior” deben analizarse también los factores endógenos, aunque resulten incomodos para el nacionalismo. Los “de casa” algunas veces también podemos resultar culpables. Factores como el desinterés de quienes la hablaban por conservarla, por vergüenza a veces al considerarla una lengua de aldeanos, su falta de utilidad fuera del ámbito rural o en otros por simple desconocimiento al no haberse utilizado nunca en su entorno como ocurría en la mayoría de Álava y en núcleos importantes de Vizcaya y Guipúzcoa. Un dato interesante al respecto, el propio Sabino Arana (1865-1903) aprendió el vascuence siendo ya mayor y su desconocimiento inicial no creo pueda achacarse al Franquismo, a la muerte del fundador del PNV el luego General Franco apenas tenía once años.

Pero volvamos al presente, según la última encuesta sociolingüística elaborada por el Gobierno Vasco, un 34% de la población vasca -740.000 personas- se declara vascohablante. En territorios como Álava a duras penas alcanza el 19% de la población. Curiosos porcentajes cuando el artículo seis de nuestro estatuto afirma que “el euskera es la lengua propia del pueblo vasco”.

En mi opinión la razón fundamental de la situación que atravesamos es consecuencia de la utilización política que el nacionalismo ha hecho del vascuence desde siempre y de manera singular en sus casi cuarenta años al frente del Gobierno Vasco. Una lengua convertida en instrumento político de adoctrinamiento está condenada al fracaso, máxime si nunca en su historia tuvo una masa crítica suficiente para convertirla en lo que debe ser: un instrumento de comunicación, una lengua para el comercio, para el progreso, para la ciencia o para la literatura.

El español, hablado por 580 millones de personas en docenas de países y tan propia de los vascos como el vascuence, no alcanza esa cifra mediante la imposición. El esplendor del castellano llegó y se mantiene de la mano de la integración. Los vascos, pese a contar con la suerte de tener también como propia una lengua de este potencial, nos encontramos con que su presencia ha sido proscrita en nuestro sistema educativo. El nacionalismo gobernante ha optado por repetir los errores del pasado. Hoy la realidad nos enseña que resulta casi imposible encontrar un centro educativo, público o concertado, en el que poder matricular a los alumnos en modelo A (todas las asignaturas en castellano salvo la de vascuence). Y otra realidad es que muchísimos padres hemos optado por matricular a nuestros hijos en el modelo D (todas las asignaturas en vascuence salvo lengua castellana) no por gusto, sino para evitar perjudicar su carrera profesional si en el futuro deciden continuar en el País Vasco.

Mientras los nacionalistas vascos no asuman que solo la libertad y la utilidad de una lengua aseguran su continuidad estarán arruinando nuestro futuro. De la imposición y la exclusión solo se deriva la descapitalización de nuestro mejor recurso como sociedad, quizá el único: las personas y su talento. Este es el gran drama que han provocado y cuyas consecuencias ocultan.

Una Comunidad de dos millones de personas necesita del aliento y el empuje de los más próximos para avanzar, la apuesta por la endogamia solo garantiza el páramo intelectual ¿Qué catedráticos de otros lugares van a venir a enseñar a nuestras facultades si el vascuence se convierte en una barrera imposible de franquear? ¿Vamos a poder retener algún talento para el futuro si en los colegios dedicamos más tiempo a estudiar vascuence que matemáticas, lengua o física?

No es necesario ser lingüista para intuir como un gran error fiar el progreso de una lengua a la militancia política. El fanatismo, tarde o temprano, lleva siempre aparejado el fracaso. Pero incluso aunque triunfara la imposición, la lengua no sería amada y lo que no se ama no se conserva, se acaba perdiendo. El desaguisado, al menos para una generación, ya está hecho, y precisamente por ello debemos exigir a nuestros gobernantes que sean capaces de recapacitar y reconducir esta situación. Recordar algo tan elemental como que los derechos son de las personas y no de las lenguas sería quizá un buen comienzo.