La derecha llega dividida a la marcha de Colón

Cada partido moviliza a sus militantes pero no hay unidad ni estrategia

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Los partidos del bloque de centro derecha apuran estas últimas horas en la movilización de su militancia para llenar este domingo la madrileña Plaza de Colón. El objetivo es sacar toda su artillería a la calle, y, para ello, las estructuras orgánicas se han puesto a trabajar a toda máquina, con el apoyo de las redes sociales, para conseguir que la protesta de este domingo sea un éxito de convocatoria contra el Gobierno de coalición.

La razón formal de la movilización es la decisión del Ejecutivo de conceder el indulto a los líderes independentistas del «procés», pero lo que ocurra este domingo en Madrid se medirá como un golpe con mayor o menor fuerza de desestabilización del Gobierno de Sánchez.

Los equilibrios dentro de la derecha se han roto y el PP llega esta vez a Colón como el partido mejor posicionado en las encuestas, con más poder territorial, y con mejores perspectivas para aumentarlo en las próximas convocatorias autonómicas y municipales.

Pero, al mismo tiempo, el escenario es propicio para Vox, y ahí se centra el sentido de las preguntas que se hacen dentro de la organización popular respecto a la eficacia, en clave de interés de partido, de una convocatoria ante la que Pablo Casado no tenía más salida que asistir, igual que Inés Arrimadas, una vez que la había puesto en marcha la plataforma cívica Unión 78, que preside Rosa Díez.

Vox acude a Colón con la intención de mantener la protesta en la calle contra la negociación con los independentistas, estrategia de la que el PP necesita diferenciarse, aunque el margen para hacerlo sea muy pequeño. Génova teme que Vox les prepare una encerrona en la concentración, después de que la hayan «calentado» con la amenaza de responsabilizar al PP, a sus gobiernos, de las situación a la que se ha llegado en Cataluña.

Los indultos son la primera estación de un largo proceso, en el que la reacción de la oposición tendrá que amoldarse a lo que pueda ocurrir en la mesa de diálogo que Gobierno y Generalitat activarán una vez aprobada la medida de gracia para los condenados por sedición y malversación.

Y en este largo proceso, el Gobierno ha empezado ya a hablar de reforma estatutaria y de financiación como punto de partida, una música de fondo que ha puesto en alerta a otras comunidades. El presidente socialista de la Comunidad de Valencia, Ximo Puig, reclamó ayer que si el Gobierno abre una negociación con Cataluña para establecer un concierto fiscal, esto se debe extender al resto de autonomías. En una entrevista con Carlos Alsina, en Onda Cero, el presidente valenciano defendió que Cataluña vuelva a la mesa multilateral del Consejo de Política Fiscal y Financiera.

El aviso de Puig es el primero, pero no será el último porque ninguno de los presidentes autonómicos, con independencia de su color político, permitirá que la negociación redunde en más beneficios políticos o fiscales para Cataluña, sin que el reparto incluya también a su territorio.

La foto de este domingo en Colón marcará la agenda de la próxima semana, pero no condicionará el arranque de la negociación del Gobierno ni su agenda para los próximos meses.

De la misma manera que tampoco será determinante en las próximas elecciones generales porque en el camino quedan muchas otras decisiones que estarán más recientes en la memoria colectiva, además de los términos del posible acuerdo que se alcance en la mesa de diálogo.

En todo caso, sí es un primer paso dentro de un nuevo clima de protesta, como ocurrió con el que acompañó a la reforma del Estatuto catalán de 2006, y, ante todo, sí puede tener efecto en los movimientos de voto dentro del bloque de la derecha. Vox salió bien parado de las elecciones catalanas, pero en los últimos comicios de Madrid simplemente salvó la cara. Y el partido de Santiago Abascal necesita que haya agitación en temas como el de Cataluña y el modelo territorial para marcar una agenda que le permita recuperar espacio y mantener cohesionado a su granero.

En medio del pulso entre PP y Vox, Ciudadanos es el que se ha llevado la peor parte, y, a pesar de que la bandera de la oposición al independentismo es una de las razones que impulsó como la espuma al partido en la etapa de Albert Rivera, hoy tampoco es ya una cuestión en la que los naranjas sean referentes. Muy reciente está la debacle electoral en las catalanas de febrero, cuando Cs sufrió un cataclismo, perdió hasta 30 escaños, y aquello abrió en canal al partido.

Los focos estarán puestos mañana no sólo en la capacidad de movilización de la derecha, sino también en si hay foto o no entre los líderes de las tres fuerzas. El mayor morbo está en el saludo entre Pablo Casado y Santiago Abascal por la presión política y mediática. Pero, en cualquier caso, la imagen que deje el domingo será un espejismo porque la derecha, en concreto PP y Vox, no mantendrán unidad de acción a futuro. Al contrario, los dos partidos seguirán en su competencia por ver quién tiene más protagonismo o lidera la ofensiva de la oposición contra la política de negociación de Sánchez con el independentismo.