Alubias rojas, votación exprés y la mitad del pueblo en la mesa electoral

El censo de Jaramillo Quemado (Burgos) tiene seis nombres; es uno de los municipios más pequeños de España con Ayuntamiento propio

Juan, Jose y Miguel Ángel (agachado), frente a la parroquia del pueblo, San Martín Obispo
Juan, Jose y Miguel Ángel (agachado), frente a la parroquia del pueblo, San Martín Obispo FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Miguel Ángel Hernando es el alguacil de Jaramillo Quemado. El «hombre para todo» que igual preside una mesa electoral que cocina unas alubias rojas o hace sitio en el cementerio para nuevas sepulturas. Los que le conocen no le auguraban «ni dos telediarios» en este pueblo de Burgos, el más pequeño de España con Ayuntamiento propio. Se equivocaron. Lleva aquí nueve años y dice que le van a sacar con los pies por delante: «Llegué con el camión de la mudanza de Amorebieta el 13 del 3 de 2013, a las 13:00. Venía quemado por mi trabajo de parrillero en un restaurante y ahora estoy encantado. He ganado en salud». Este ex cocinero vasco con nula aversión al mal fario vive bastante satisfecho en la España vacía de la que «los políticos se acuerdan solo en elecciones». Tampoco confiesa grandes problemas el resto del censo que hoy tiene derecho al voto en Jaramillo: seis personas en total para elegir entre diez listas. Más partidos que votantes.

En la pasada campaña han sido pocos los mitineros y analistas que nos han ahorrado la alusión a la novela de Miguel Delibes «El disputado voto del señor Cayo». Ambientada también en Burgos y en un pueblo diminuto como este, la referencia encajaría a la perfección, aunque aquí el paisaje no es tan oscuro, si acaso surrealista o berlanguiano. A Miguel Ángel casi le arrestan en las elecciones de abril de 2019; como solo quedaban por votar los tres de la mesa, cerraron el salón de plenos y se fueron a comer al pueblo de al lado. «Vino la Guardia Civil a buscarnos dos veces. Luego nos dijeron que podían ponernos una multa de campeonato y hasta pena de cárcel. Hombre, tampoco es que aquí fuéramos a cambiar el destino de España. Menos mal que luego se repitieron en noviembre, a las siguientes ya no nos atrevimos a liarla, ja, ja. Creo que para estas voy a cocinar unas alubias aquí para todos».

Las papeletas de los diez partidos aguardan a los siete votantes
Las papeletas de los diez partidos aguardan a los siete votantes FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Desde entonces, se ciñe a la hoja de ruta cada jornada electoral sin moverse un milímetro. Abre la sala puntual a las ocho de la mañana para recibir a los seis suplentes, que llegan y se vuelven en el mismo taxi a Salas de los Infantes, a 12 kilómetros de distancia, después de comprobar que la mesa está constituida. Hoy le servirán de escuderos Juan y Eugenio, a izquierda y derecha. A 48 horas de la cita tiene todo listo y dispuesto: las tres sillas de colegio bien alineadas frente a la mesa y el manual facilitado por la Junta Electoral de Castilla y León. Una regla, el subrayador fluorescente amarillo, el lápiz y el boli azul. No les falta detalle, incluida la cabina para proteger el secreto del sufragio.

Cada cual suele votar a su aire, pueden llegar a salir hasta tres o cuatro partidos diferentes en las generales y autonómicas. Las municipales, en cambio, son sagradas. Jaramillo Quemado tiene el mismo alcalde desde hace 23 años. Se llama David Sebastián Castrillo y es del Partido Popular. Con apenas 19 años, este abogado se convirtió en el regidor más joven de España en el pueblo más pequeño y aquí sigue. Él vota en Santo Domingo de Silos, donde tiene una bodega, Alma Silense, y un hotelito rural. Sus padres y abuelos nacieron en Jaramillo y conservan casa. Según vaya de trabajo, suele pasar a ver a sus vecinos más o menos, «algunas semanas hasta dos veces». El presupuesto del Ayuntamiento sobrepasa los 90.000 euros gracias a la caza y a las fincas ganaderas. Dice con orgullo que es de los pocos pueblos totalmente pavimentados de la zona y reconoce que el principal problema es la desconexión, tanto física como de comunicaciones.

Jaramillo es el último pueblo de la N-234. Detrás solo hay monte, la Sierra de la Demanda. Llegó a tener más de 200 habitantes en sus 17 kilómetros cuadrados, hasta que la emigración a las grandes ciudades en la década de los 70 le fue arañando vecinos. Jose, de 84 años, recuerda que había autobuses de línea que pasaban «hasta varias veces al día». Tenían escuela, dispensario médico, bar. Ahora cuentan con un transporte privado los martes y los viernes que subvenciona la Junta para acercarlos a Salas «a hacer recados». Esos mismos días pasa la panadera de Hortigüela, que no ha faltado ni durante la pandemia, y, de vez en cuando, si se acuerda, un conductor de un camión de productos congelados los incluye en la ruta.

En la última década, Castilla y León ha perdido 170.000 habitantes. De los 8.131 municipios que integran España, 2.248 están en esta comunidad hiperatomizada en la que ocho pueblos sobreviven con menos de una decena de empadronados. Miguel Ángel reconoce que la de Jaramillo Quemado no es una situación ideal. No hay cobertura de móvil e Internet se cae cada dos por tres porque la antena instalada en el Ayuntamiento es demasiado débil. «Si me caigo dentro de mi casa, donde vivo solo con mis perros, no puedo ni llamar por teléfono. Y eso que soy el más joven del pueblo, imagínate. Muchas veces hay que salir a la calle o subir hasta el cementerio o la era para poder usar el whastapp porque estas casas tienen unos muros de piedra de un metro, son como cuevas y no penetra ni la antena».

Vista aérea de Jaramillo Quemado, a los pies de la Sierra de la Demanda
Vista aérea de Jaramillo Quemado, a los pies de la Sierra de la Demanda FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Hasta este año también tenían cura. El párroco murió «de la noche a la mañana» en la residencia en la que acabó ingresado. La pandemia ha hecho aún más solitaria la vida en el pueblo. Antes, sobre la una y media de la tarde, se juntaban en la cantina autogestionada por ellos para tomar unos vinos y ver a Arguiñano y la Ruleta de la Fortuna. Cuando empezaba el informativo de las tres, cada uno enfilaba para su casa.

Jose y su mujer, que es una de las dos féminas del pueblo, volvieron durante la crisis del coronavirus y ya no se quieren marchar. Sus padres y sus abuelos nacieron en la casa que ahora ocupan ellos, igual que él y sus seis hermanos. El hijo lo tienen en Madrid, igual que le tocó hacer a él en Bilbao, marcharse para ganarse la vida «porque aquí había poco». «Mi mujer se puso enferma con el virus ese y no contábamos con ella, al final salió. Aguantamos y aquí estamos en Jaramillo de vuelta, en mayo va a hacer dos años».

Dice Jose, que un tiempo fue campanero de la parroquia San Martín Obispo, la espectacular iglesia del siglo XV, que «claro que España está vacía, lo que hay que hacer es llenarla». Solo en verano se ven niños por las calles, cuando la población llega hasta los 150. El último burgalés nacido en Jaramillo Quemado acaba de jubilarse en Telefónica con 55 años. Miguel Ángel cuenta que «este año ya he tenido que hacer sitio para tres urnas de cenizas en el cementerio de fallecidos antes de la pandemia. Y desde que vivo aquí he enterrado a dos con ataúd».

Esta curva demográfica imposible no parece preocupar al alguacil, que trabaja a media jornada, ni a Juan López, de 54 años, llegado de Rentería en busca de soledad. «Lo que no queremos es que venga mucha gente, vinimos buscando tranquilidad y la hemos encontrado». Todo apunta a que la van a seguir conservando gobierne quien gobierne la nueva Junta de Castilla y León.