Un “pato cojo”

Lo único que importa a Sánchez es tirar adelante sea como sea

Antonio Martín Beaumont

Tanto en las formas como en el fondo, Pedro Sánchez encara el nuevo curso político como terminó el anterior: débil en el ámbito interior, con «postureo» en el internacional y subido a la propaganda para ver si es capaz de levantar su alicaída imagen ante unos votantes que se alejan de él con desilusión, sintiéndose traicionados. La encuesta que publica LA RAZÓN deja claro el camino tortuoso por el que corretea el PSOE bajo el manto del sanchismo: Alberto Núñez Feijóo, si se celebrasen hoy las elecciones generales, les aventajaría en 50 diputados. Más todavía, casi el 10% de los votantes que en 2019 optaron por las papeletas socialistas se decantan ya por los de Génova 13. El vuelco es total. En poco más de dos años el socialismo se habría dejado 30 escaños mientras los populares ganan 52. ¿Seguirá Ferraz negando el cambio de ciclo?

En realidad, pienso que se está dibujando un ambiente que va más allá de un cambio de color político al uso. Es lo que en Estados Unidos llaman tener un «pato cojo» en la presidencia, o sea, cuando los presidentes afrontan su último mandato, por mucho que Sánchez, con su habitual optimismo, no sea todavía capaz de verlo. Es muy complicado que, con estos datos demoscópicos y con la situación económica que se viene encima, pueda superar la prueba de la cita electoral municipal y autonómica de mayo. El mapa político se va a teñir de azul. En primavera las cosas van a ser muy similares a 2011, cuando Zapatero tuvo que tirar la toalla tras el fracaso de sus siglas en los ayuntamientos y comunidades.

Cierto: con este panorama, Sánchez ha sido capaz de sacar adelante el decisivo decreto energético de la mano de la nada altruista coalición Frankenstein. Quizá sea peor el remedio que la enfermedad. Porque el líder del PSOE, por su terquedad partidista y por no dar su brazo a torcer, ha llegado a un punto donde ya no le queda otra que amarrar su presente y su futuro a Arnaldo Otegi y Oriol Junqueras. Y, ya se sabe, hay amores que matan. El presidente no puede ser tan inconsciente como para no darse cuenta de que la fotografía con tales aliados es corrosiva para los intereses de su partido. Así que lo único le importa es tirar para adelante sea como sea, machacando incluso las siglas tradicionales del puño y la rosa.

Por curioso que parezca, mientras la «zanahoria» es para los costaleros parlamentarios que más hunden al PSOE y que tienen una idea de país ajena al sentir de las grandes mayorías españolas, el «palo» es para un Feijóo al que se colma de insultos cada día, hable o calle. El líder popular tiene la culpa de todo. Pronto, permítanme la exageración, se le va a poner al nivel de Putin. De momento ya le tildan de «negacionista» y «anticonstitucional». Raro, desde luego, que se desempolve una estrategia ya utilizada en el pasado por los rasputines presidenciales contra Isabel Díaz Ayuso y cuyo rotundo fracaso les condujo a una debacle en Madrid.

Ha calado hasta los tuétanos de la opinión pública que el presidente solo tiene un objetivo y una prioridad: Pedro Sánchez. Esa mácula no se limpia con ocurrencias de asesores gritando desconsolados que a la gente no le llega bien todo lo bueno que hace por ella el Gobierno. O que los medios se han conjurado para instalar al PP en La Moncloa. Cuando las cosas van peor, los presidentes –lo han hecho todos– siempre acaban diciendo que su problema es la comunicación. «Con lo bien que hago las cosas y lo mal que se transmiten». En fin, cuando entran por esta senda desesperada aconsejados por quienes les regalan los oídos es porque ya no tienen remedio. Cambian de portavoces para ver si lo que es negro se convierte en blanco, deciden exhibir más al mandatario como fórmula para dar la vuelta a las encuestas… Aunque, olvídense, las urnas acaban demostrando la ineficacia de esos saltos al vacío. Como, por cierto, le ha ocurrido a Sánchez en Galicia, País Vasco, Madrid, Castilla y León y Andalucía. Tozuda realidad.