Alfredo Pérez Rubalcaba, un político en extinción

Convocaba a sus compañeros de partido para reuniones en las que hablar de España y el PSOE. «Hoy toca 'mesa camilla'», les decía.

Convocaba a sus compañeros de partido para reuniones en las que hablar de España y el PSOE. «Hoy toca 'mesa camilla'», les decía.

Alfredo Pérez Rubalcaba, cántabro, 67 años, profesor de Química, pasa a la historia como un político con sentido de Estado y cierta fama de intrigante y maniobrero. Pertenece a una generación de políticos en extinción que ponían el interés nacional por encima de su propio interés. Es la generación depositaria de los valores de la Transición, que ahora desfallece. Cuentan quienes compartieron responsabilidades políticas con él que era una gran conversador con dos temas que destacaban sobre los demás: España y el PSOE. «Nos citaba un día cualquiera, entre semana, a lo que él llamaba 'mesa camilla'», relatan. «En esas reuniones, no había cuestiones cotidianas. Era un hombre que miraba al largo plazo y a los temas que eran importantes para todos», explican algunos de los convocados a aquellas 'mesas camilla'.

Después de un fracaso electoral, no tuvo inconveniente en abandonar la carrera política y retornar con naturalidad, sin aprovecharse de las puertas giratorias, a su carrera de profesor en la Universidad, como haría cualquier político europeo. Rubalcaba fue un político de raza, muy fiel desde joven al ideal socialista. En los últimos tiempos se mostraba preocupado con razón, como la mayor parte de los personajes históricos del PSOE, por la deriva de Pedro Sánchez en relación, sobre todo, con la crisis catalana y con su política de alianzas. Su carrera arrancó con fuerza al lado de Felipe González y llegó a ser el miembro más poderoso en el Gobierno de Zapatero. Pasó por varios Ministerios y puede asegurarse que pocos han conocido mejor que Rubalcaba la Administración por dentro, desde los altos despachos a las tuberías; desde la mesa del Consejo de Ministros, a las cloacas y los recovecos más escondidos. El conocimiento de los secretos y las debilidades humanas le proporcionaba poder, que él sabía administrar bien. Por lo demás fue un buen vendedor a la opinión pública de los éxitos de su Gobierno y de su partido. Como portavoz del Gobierno fue convincente y como portavoz parlamentario, un dialéctico temible. Echaba mano de las buenas artes y de las malas cuando no había más remedio. Estas últimas las utilizó con enorme eficacia después de los terribles atentados de Madrid. Aprovechó las interesadas interpretaciones del Gobierno de Aznar sobre los autores de la tragedia para rodear la sede de la calle Génova y volcar las urnas a favor de Zapatero. Con esta jugada inesperada, el PP se quedó a dos velas y el PSOE recuperó el poder. A pesar de ello, se entendió luego bien con Rajoy en los grandes momentos, cuando el dirigente popular, que había sido su contrincante en las urnas y en el Parlamento, llegó a la Presidencia del Gobierno. Es preciso anotar en esta hora de los reconocimientos el importante papel de Rubalcaba en dos asuntos delicados de Estado de la etapa de Mariano Rajoy: el tratamiento del final de ETA y la gestión del relevo en la Jefatura del Estado en un momento poco brillante de la Corona. El entonces secretario general del PSOE conocía bien el problema vasco desde sus tiempos de ministro del Interior y colaboró silenciosamente con éxito al rendimiento de la banda terrorista. La abdicación del Rey Juan Carlos en su hijo Felipe VI fue un momento especialmente delicado de la vida nacional. No sólo las fuerzas soberanistas de Cataluña y el País Vasco, sino la emergente fuerza de Podemos y sectores socialistas pretendieron aprovechar la ocasión para imponer su ideal republicano. Rubalcaba, con sentido de Estado, se puso a disposición del presidente del Gobierno. A pesar de su fama de intrigante, era un político de fiar, que ahora echamos de menos.