
Opinión
¿Para cuándo una serie?
La imagen de un PSOE corrupto vuelve con fuerza. Se recuerda la última etapa de Felipe González, con innumerables casos de corrupción

No hay nada como los hechos para desmontar un relato que, además, sirven para forjar una serie documental más entretenida que el tostón de «Cuatro Estaciones». Ahí van. Enero de 2020. Barajas. Aterriza el avión que lleva a una mujer señalada por Estados Unidos y que no puede pisar la Unión Europea por atentar contra los derechos humanos: Delcy Rodríguez. No viene sola. La acompañan cuarenta maletas misteriosas que desaparecen en la noche madrileña.
Julio de 2021, Ábalos es cesado como ministro de Transportes y secretario de organización del PSOE. Sánchez no da explicaciones. El río debe ser atronador porque la Agencia Tributaria acaba pidiendo en enero de 2022 un informe a la Oficina Nacional de Investigación del Fraude sobre los contratos firmados por Ábalos para Soluciones de Gestión. Las sospechas se confirman. Parece una historia de drogas, putas, casas de lujo, sacos de billetes, chanchullos, glamour choni, y todo desvelado por emails y whatsapps. No se puede ser más cutre. El asunto huele mal y puede salpicar muy arriba. Lo mejor es aforar a Ábalos por lo que pueda pasar y, además, ha sido «compañero» de fatigas sanchistas desde 2016.
Julio de 2023, el exministro es incluido en la lista electoral, en un puesto de salida para que tenga su escaño protector. La investigación está muy avanzada y a punto de estallar. No hay manera de pararla. El «caso Koldo» explota en febrero de 2024. «Te lo dije», se oye en La Moncloa. Sánchez tira de manual de resistencia y se carga a Ábalos. Cree que su expulsión es un buen cortafuegos. Sacrificar al amigo por el bien del partido, vamos, de Su Persona.
La imagen de un PSOE corrupto vuelve con fuerza. Se recuerda la última etapa de Felipe González, con innumerables casos de corrupción. La tensión en Moncloa es máxima porque recuerdan que Pedro Sánchez llegó a la Presidencia en 2018 acusando a Rajoy de corrupto. Ahora es al revés. El narcisista no lo soporta. Es preciso distraer al personal con otra cosa, ganar el relato, y si es conservando la etiqueta de corrupción para el PP, mejor que mejor.
Marzo de 2024, los sanchistas encuentran en el novio de Ayuso un problema con Hacienda. No importa que se cometiera antes de conocerse. Está relacionado con Ayuso y basta. Es la bomba. Saben que tendrá una enorme repercusión mediática. MJ Montero se apunta un tanto. Comienza la campaña contra la presidenta madrileña. El Gobierno cuenta con el Fiscal General del Estado, que hace lo imposible para «ganar el relato». Por eso está imputado. El precio merece la pena. Durante unos días no se habla de Koldo y Ábalos, y, en el peor de los casos, el sanchismo cree que la balanza está equilibrada. Lo intentan también con Feijóo, a quien amenaza MJ Montero en un pleno del Congreso de los Diputados con sacar «cosas de su mujer». Es el momento de gloria de la andaluza, que sabe que está en la cuerda floja ante un presidente para el que toda entrega es poca.
No cuela la estrategia disuasoria de Sánchez porque estalla el caso Begoña Gómez, con el hermano músico al fondo con una japonesa enchufada. Esto es demasiado: no solo la cesión a Bildu y Puigdemont sino la corrupción en casa. La Moncloa tira de argumentario victimista y antifacha, pero resulta patético, tanto como la carta a la ciudadanía y los cinco días de reflexión. Sánchez toma nota de la reacción de los acólitos y traza un plan de purga que todavía está en marcha.
Mientras, la ciudadanía empieza a oír la música de la corrupción sanchista con la letra de Globalia, Air Europa, Wakalua, Aldama, Hidalgo, la Complutense, Barrabés, Jéssica «veinte minutos», mascarillas fake, fraude de hidrocarburos, ADIF y más. Lo peor es que ya no hay nadie por debajo a quién sacrificar. Lo mejor es que da para una buena serie.
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