El desafío independentista

El tío de la Vara

Declarar la independencia una minoría en contra de la mayoría es un absurdo democrático que no va a aceptar nadie. La afirmación de que es una rebelión pacífica queda desmontada por las propias acciones que los separatistas realizan.

El tío de la Vara
El tío de la Varalarazon

Declarar la independencia una minoría en contra de la mayoría es un absurdo democrático que no va a aceptar nadie.

Hace ya años que el humorista José Mota inventó un personaje cómico para sus programas. Consistía en un rústico que enarbolaba una vara y, al confiarse a ella, se autosugestionaba hasta creerse superpoderoso. El personaje destacaba por su dicción embarullada y unas incomprensibles expresiones del agro profundo detraídas de la noche de los tiempos, ininteligibles para el mundo moderno. La caricatura era de un infantilismo obvio y no de las mejores que ha creado el cómico, pero se hizo inmensamente popular por la facilidad conque la versión más radical del catetismo mueve a risa.

Ayer, en una de las ceremonias más grotescas que el parlamento catalán haya visto nunca bajo sus techos, éste se lleno de un montón de personas que, con una vara simbólica en la mano, se desplazaron hasta el edificio para pedir la independencia. Evidentemente, como iniciativa política resultaba un tanto elemental y recordaba un poco a aquel popular anuncio del año pasado en que un niño presumía de su juguete gritando contentísimo: “¡¡un palo!! ¡¡un palo!! ¡¡me han regalado un palo!!

Hay alcaldes de ayuntamientos muy pequeños que representan a muy poca población. Yo entiendo que para algunos de ellos sea toda una emocionante aventura que te citen en la capital para gritar y jalear todo lo que esté a bien mandar. Pero no deberían perder de vista que el independentismo les convoca porque no ha podido conseguir que le den la razón colectivos más importantes como la Unión Europea, la ONU, los medios de comunicación, el mundo empresarial, el resto de los españoles o toda la mitad de catalanes que son constitucionalistas, muchos de los cuales viven en municipios más grandes que los suyos. O sea, deberían asumir que, hasta para el propio independentismo, ellos pintan tanto como una defecación canina ensartada en la punta de un palo. Son, junto al sindicato de estudiantes (que tampoco representa a todos los estudiantes, sino a una parte muy pequeña de ellos), el único apoyo que los separatistas han podido conseguir para fingir un simulacro de respaldo social para el despropósito político y la insustancialidad legal de ayer. Los convocan porque no tienen nada mejor.Su ignorancia no debería eludir episodios tan significativos como la marcha sobre Roma de los fascistas italianos de Mussolini en los años veinte. Si se informan, descubrirán que los camisas negras de Mussolini se distinguían por cargar siempre encima un palo. Dadas las circunstancias desafortunadas que hemos vivido últimamente, no creo que sea muy razonable intentar persuadir a nadie enarbolando ningún tipo de vara, palo o porra, simbólicos o reales. Son utensilios un tanto rupestres que dudo mucho tengan ya ninguna utilidad en la era digital, como no sea la de hacer el ridículo más pueblerino y diminuto.

Así que vamos a intentar poner un poco de seriedad en todo esto. Declarar la independencia una minoría en contra de la mayoría es un absurdo democrático que no va a aceptar nadie. La afirmación de que es una rebelión pacífica queda desmontada por sus propias acciones; porque no es pacífico en absoluto declarar la calle de su propiedad, ni aún menos enviar mensajes conminando a parar las acciones de los agentes cuando velan por todos. A los policías les hemos autorizado todos por ley a llevar porra.

Pero a ningún alcalde se le ha dado la vara para que salga con ella (física o simbólicamente) a patrullar las aceras y aún menos a ocupar las instituciones. Un montón de tipos con palos en cualquier sitio, si no son agentes de la ley, deben ser considerados acoso y coerción salvo que estén ejecutando una danza folklórica, e incluso, en ese caso, dependerá de la belleza o torpeza del baile. Y ese comportamiento debería estar penado como lo está, en el código vial, no respetar la distancia de seguridad entre vehículos.

Darse cuenta de la propia insignificancia de uno en el universo siempre es necesario para encaminarse hacia la madurez. Bien, ya han hecho su catarsis colectiva, han desacreditado para siempre al parlamento regional como si fuera la consulta de un psicoanalista y se han quedado solos. De cara al resto del mundo y de sus paisanos, sus psicodramas con cánticos no significan nada que consiga hacernos sentir concernidos o vinculados. Es urgente que asuman esa realidad candente, sea en la consulta del psiquiatra o en la soledad nupcial.

Porque el resto de los catalanes, cuando se enarbolen delante de nosotros símbolos (sea una vara o una declaración) con la intención de inspirarnos a través de ella alguna supuesta autoridad moral o valor legal de algún tipo, lo único que haremos será cuchufleta y les obsequiaremos una sonora pedorreta. ¿Saben cómo se hace? Se cierran índice y pulgar en círculo. Se juntan ambos labios sobre ellos. El resto es fácil. Vayan acostumbrándose.